www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

De la guerra del Líbano

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 27 de septiembre de 2024, 19:15h

Decía el gran teólogo francés François Fénelon que la guerra es un mal que deshonra al género humano, sobre todo si esa guerra mata en una de las cunas de la civilización “occidental”. Sí, porque para mí la metrópoli de Tiro, una talasocracia anterior a la griega, es la introductora o, por lo menos, antecesora de lo que los historiadores de filosofía han llamado el “lógos”. Nadie pone en duda el efecto civilizador del comercio exterior, y en ese sentido la Fenicia y sus grandes ciudades-estado ( Tiro, Sidón, Ugarit, Biblos, Beirut, etc. ) fueron las primeras sociedades mercaderes y marineras que civilizaron el Mediterráneo. Creadores de la escritura silabográfica más desarrollada y simplificada, gracias a los signos diacríticos de las “matres lectionis”, estuvieron a punto de crear el primer alfabeto, que finalmente inventaron los griegos con la introducción de las vocales. Constructores de las primeras ciudades, fueron también los grandes plutócratas de su época. La riqueza durante toda la época clásica tenía una naturaleza fruitiva, que inició Fenicia. La riqueza se nos presenta siempre en el Mundo Clásico como despilfarro ilimitado, que procuraba incluir al propio disfrute en la imaginaria carencia de límites, devorando ensaladas de perlas, etc. Todavía se discute si el dinero fue inventado por los lidios de la dinastía Mérmnada o, por Tiro, en la época del rey Hiram II. El origen de la moneda hay que buscarlos en el comercio de metales preciosos, fundidos en bloques de tamaño manejable y contrastados con un sello como garantía de calidad. Las primeras monedad se hicieron de électron ( aleación de oro y plata ). La introducción del dinero alteró la naturaleza de la riqueza, que ya podía existir independientemente de la propiedad rústica. Una de las colonias de Fenicia fue Cartago, que como gran hegemón compitió con la campesina Roma durante más de dos siglos por el poder en el Mediterráneo, disputándose hasta el imperio de los aires. Y es una lástima que los modernos fenicios – púnicos en latín – se estén a esta hora matando con hermanos tan hermanos como los actuales cananeos. Tan hermanos, tan hermanos, que hasta Fenicia tiene la misma etimología, probablemente, que Canaan, esto es, “tierra roja”. ¿Será roja por la sangre que unos y otros derraman? Formando parte Líbano del imperio del levante francés, De Gaulle sostenía en sus Memorias de la esperanza que Francia no iba a desentenderles en su suerte, cosa que no ha sido así, cuando Israel ha agredido al Líbano en tres ocasiones desde 1970, y la legión extranjera de Irán, que es Hezbolá, se enseñorea hoy de la antigua Suiza bañada por el mar de Chipre, que quisieron hacer los franceses. El míkron Macron hasta ahora no ha dicho “esta boca es mía”. Libia es un país tomado por intereses extranjeros. Y la verdad es que sólo la ONU podría imponer la paz en este pequeño lugar del mundo. Pero hoy la ONU tiene mucho menos poder y mucho menos prestigio que cuando unos cuantos terroristas judíos, entre los que estaba Yitzhak Shamir, que llegaría a ser Primer Ministro de Israel, asesinaron al conde Bernardotte, sobrino carnal del Rey de Suecia, y enviado por la ONU en 1948 con la idea de estudiar la posibilidad de construir dos estados vecinos, el israelí y el palestino. El que ahora judíos y palestinos no tengan que matar a los comisarios de las Naciones Unidas no significa que ambos bandos se han civilizado, sino que la ONU ya no sirve para nada. La irracionalidad del odio cerval entre judíos y palestinos hace, además, que los instrumentalicen como cabezas de turco distintos hegemones que ven las cosas con más cálculo y razón sin la niebla del odio, como son los EEUU, Arabia, Irán, China o Rusia. No existe más manejable marioneta que la que se mueve por el odio. ¿Seguro que los palestinos mueren sólo por Palestina? ¿Seguro que los israelíes dan la vida sólo por Israel? Me temo que no. Son tantos los intereses de tan distintos actores que ya no son sólo banderas nacionales las que salen flameando en el campo del honor. Efectivamente, en mayo de 1970 las tropas israelíes penetraron por vez primera en el Líbano, pero tuvieron que retirarse porque entonces la ONU aún tenía algún poder. Cuando Burguiba, jefe del Estado tunecino, propuso un plan de paz, en que se consideraba la posibilidad de construir dos estados vecinos ( Israel/Palestina) con constitución democrática – valga el pleonasmo burguibiano – los árabes rechazaron el plan con toda la pasión, porque quizás lo que quieren los antijudíos no es que se llegue a un Estado palestino, sino que el conflicto se congele, se eternice, se mantenga perenne, primero, para hacer daño a Israel – los palestinos deben importarles poco a los antijudíos -, y segundo, porque un conflicto permanente en esa zona posibilita que los hegemones mangoneen la correlación de fuerzas a favor de sus intereses geoestratégicos. Pocos pueblos hay en el mundo más dependientes de otros que los judíos y los palestinos. Hasta tal punto que cuesta pensar que Benjamín Netanyahu sólo sirva a intereses judíos, nacionales, y Mahmud Abbas a intereses palestinos, nacionales. Israel no puede permitirse hoy una guerra de desgaste en el Líbano; no le interesa, necesita por imperiosas razones económicas que sus soldados vuelvan pronto a sus fábricas. Tan sólo quiere dejar seguras las zonas en donde están establecidas las colonias judías de la Galilea, encerradas en el triángulo Akka-Sefad-Tiberias, abortando así lo que era un inminente ataque de Hezbolá. Israel hoy se conforma con impedir un ataque simultáneo de Gaza en dirección a Askalón, y de Hezbolá en dirección Galilea. Y, además, tiene suerte: Hezbolá y Hamas son incompatibles, y quizás se odien más entre sí que a los propios judíos. En general, los israelíes siguen siempre esa prudencia realista que es consustancial con el espíritu judío y que, entre nosotros, es señera la obra del gran Sem Tob de Carrión, Proverbios morales. Que sigan así sin caer jamás en una soberbia que suponga su perdición. Mientas, la mano de Dios parece defender a los judíos, cuando el guijarro que sale de la honda de Hezbolá, en un giro de boomerang predestinado, vuelve a la frente del Goliat persa.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (19)    No(0)

+
1 comentarios