En 1992 Bille August nos regaló una maravillosa película, Las mejores intenciones, que se alzó con la Palma de Oro del Festival de Cannes. Pero, naturalmente, con ser excelente la filmación, no olvidemos que el guion lo firma Ingmar Bergman (Upsala, 1918-Farö, 2007) y que el asunto le tocaba de lleno, pues se basaba en la relación de sus padres. Una relación tormentosa y compleja que naufraga, a pesar de las ‘las buenas intenciones”, y que, sin duda, marcó las del propio cineasta sueco -cinco matrimonios, de los cuales cuatro fracasaron, e infinidad de affaires -, y su interés por diseccionar con escalpelo el sentimiento amoroso, y las relaciones conyugales, ya manifiesto en filmes primerizos como Llueve sobre nuestro amor y La sed, y continuado, entre otros, en Pasión, La carcoma, Secretos de un matrimonio, y Sarabad, en los que la incomunicación, una de las grandes obsesiones de Bergman en un mundo donde se palpa el silencio de Dios, tiene un prominente papel.
El guion de Bergman para Las buenas intenciones se apoya en la llamada “trilogía familiar”, tres espléndidas novelas en las que le descubrimos como gran escritor, una tarea que no debe verse opacada por la brillantez de su carrera cinematográfica, repleta de obras maestras: El séptimo sello, Fresas salvajes, El rostro, El manantial de la doncella, Gritos y susurros, Fanny y Alexander…
La “trilogía familiar”, de raigambre autobiográfica, la forman: La buena voluntad, Niños de domingo y Confesiones privadas que, con acierto, ha recuperado la benemérita editorial Fulgencio Pimentel en una nueva y cuidada traducción de Marina Torres y con ilustraciones de portada de Manuel Marsol. La trilogía bergmaniana, cuyos volúmenes pueden leerse de manera independiente, ha recibido múltiples adhesiones, entre otras la de Karl Ove Knausgård, autor de la monumental serie autoficcional Mi lucha, quien afirma: “La buena voluntad cambió mi manera de comprenderme a mí mismo y la de comprender a mi familia, en particular a mi padre. También fue importante para mi obra. De hecho, llamé Henrik al protagonista de mi primera novela y escribí doscientas páginas acerca de cómo se conocieron sus padres, con el libro de Bergman como modelo. Desde entonces he vuelto a La buena voluntad y al resto de la trilogía varias veces, la última hace unos pocos meses, y puedo decir sin temor a equivocarme que no he leído nada mejor, nada que se le pueda comparar, en todos estos años”.
La buena voluntad noveliza a la pareja y Niños de domingo se centra en el padre, mientras que Confesiones privadas aborda la figura de su madre, a través del personaje de Anna, trasunto de Karin Åkerblom, su progenitora, a quien el cineasta dedicó el documental El rostro de Karin, y nos da un elemento clave de la relación de sus padres.
Confesiones privadas se articula en torno a varias confesiones de Anna sobre su adulterio en diferentes momentos e interlocutores: su tío Jacob, también pastor, como su marido, quien es el segundo receptor. Luego su madre, su amante, un seminarista más joven que ella, y su mejor amiga. Como colofón, un "epílogo-prólogo", en el que Anna rememora su primera comunión.
Anna va sincerándose al revelar sus problemas matrimoniales y la falta de sintonía con su esposo, un rígido pastor luterano: «No estábamos en absoluto hechos el uno para el otro. Nos llevábamos muy mal. Henrik me rodeaba por todos lados con todas sus susceptibilidades». Y concluye: «Soy una esposa infiel. Estoy angustiada. No tengo remordimientos o cosas así. Sería ridículo. Pero sí angustia. Ya no sé qué hacer».
Confesiones privadas culmina una intensa trilogía, indispensable para conocer mejor al insigne cineasta, y también buen novelista.