Dice en uno de los poemas finales que ‘la locura es elegante’, que siendo atravesada por la luz adecuada consigue poner de relieve todos los matices que no desplazan el temor que genera. Es un abismo y nos atrae y lo rechazamos al mismo tiempo, sin concreciones a priori sobre qué impulso tira más de nosotros, si el que nos acerca para mirar o el que nos detiene por querer evitar ese peligro inminente que, una vez aceptado, no admitirá vuelta atrás y nos dejará flotando lejos. Hablar de lo extraño que supone ese contacto con las emociones más complejas —las que sí merecen considerarse de tal modo porque enferman— es adentrarse en cuestiones muy delicadas, sujetas a la visión sesgada de esos horrores que no ofrecen más que una serie de imágenes calamitosas o una precaución que se arriesgue a quedarse corta en lo que se quiere reflejar.
La tentación de escribir sobre estos oscuros recovecos de la mente humana requiere una sensibilidad que muchas veces es mejor si proviene de unos conocimientos extraliterarios. Es el caso de María Paz Otero y su último libro, que recibió el Premio Adonáis en la pasada edición. De un título sacado de la poética de Piedad Bonnett, aunque tampoco le deslucen los ecos de novela de Dostoievski, Los Atormentados es una ronda por los distintos lenguajes y puntos en común de aquellos que se han sumido en la fragilidad absoluta, en las diferentes afecciones psiquiátricas que permiten que sean agrupados bajo este nombre, por todos los suyos que han ido borrándose, convirtiéndose en figuras pesarosas, atrapadas en su malestar, en la visión de lo que resiste a pesar de las feroces embestidas.
Es un libro bastante duro que pretende mostrar esa dificultosa y desconocida —para quienes no hemos tenido contacto directo o próximo con esas vivencias— faceta que es una realidad más que abarca la experiencia sigilosa de la psiquiatría, no apta para todas las sensibilidades. Paz Otero, entre la prudencia clínica y la sensitividad lírica, nos enseña el filo azulado que se dibuja en cualquier borrasca mental. ‘Un rostro sin afecto no es un rostro/ […] La extrañeza: una grieta imperceptible, un sendero,/ y al final sus ojos azules, agotados,/ cálidos como nidos y profundos’, escribe en uno de los iniciales, Capgras, que condensa, como el resto en las páginas siguientes, el estremecimiento que produce ver a quienes están idos, indefensos ante la lejanía desde la que observan distraídos nuestra orilla, tal vez ni siquiera eso; los días apilados que pasan ‘como cuando cae el sol/ templado en la ladera,/ sus tristes ojos sin luz la miran con desprecio/ y es su promesa otra vez solo una cáscara.’
Las cáscaras, el vuelo de las aves, sus caídas como los telones, las máscaras, el mar. Son el paisaje y los elementos que reaparecen para hacernos entender mejor los procedimientos de esas otras vidas que se han metido e interpuesto en el transcurso de las corrientes. El mundo deja de ser un lugar amable. Lo anodino se transmuta en algo fragmentado, en una tela ennegrecida que ha de evitar torpezas, que necesita ser cuidada de su propia fatiga. El mundo para los atormentados es ‘una oscura habitación inhabitable/ vaciada de eco y de memoria.’
Aun así, es difícil captar la verdadera totalidad del sufrimiento humano. Ninguna literatura puede. Pese a ello, este libro es lo suficientemente piadoso —evitando la tramposa y fácil condescendencia— sin desmerecer la parte reflexiva. En sus palabras, cuando uno lo termina, se aleja y entonces lo comprende: ‘el ruido está enterrado junto al llanto/ y no es lo mismo el silencio que la ausencia/ ni su dolor es esto que yo escribo.’