El ministro se jacta de la red de transporte ferroviario, con trenes que congrega el embudismo de las vías férreas –muchos trenes, poquitas vías– y su calidad de congosto entre andenes. En el profundo valle gris y blanco de la estación, los pasajeros –15.000, no los 8.000 que ha contabilizado Renfe– vuelven de la resaca del caos de Chamartín y Atocha del pasado fin de semana, que eran sitios nobles donde los viajeros ramoneaban leyendo una revista o comiendo un bocadillo… o paseando simplemente. Ahora se corre, se frena, se muerde uno los labios y el kiosco está a trasmano, debajo de unas escaleras mecánicas nuevas, y cerrado por descanso casi siempre. En el estado en que está la circulación en las paradas más célebres de Madrid, ver la muchedumbre desesperada que trajina es pensar automáticamente que el tren involucionará. Más de treinta trenes de Renfe, Ouigo e Iryo fueron suprimidos ayer y más de 1.000 viajeros fueron reubicados. Cercanías y Alta velocidad se aglomeran sin espacio vital, ya son intangiles de la memoria y un pálido recuerdo de aquella máxima del placer de viajar en tren.
El sábado descarriló a las cinco de la tarde en el túnel que recorre Madrid de Norte a Sur un tren sin pasajeros, marchando deprisa contra la integridad física de su conductor que, arregostado, observó cómo su máquina se tumbaba; mientras, un hombre amenazó con suicidarse tirándose a las vías del tren en Atocha sobre las siete de la tarde. No es para menos. Los responsables del transporte saborean en sus despachos el gran merengue de la desgracia popular, el espectáculo de los gritos pidiendo su indemnización, la falta de comidas y refrigerios gratis a que las empresas ferroviarias están obligadas a ofrecer si el retraso supera la hora de espera. Tan solo cancelaciones y retrasos, megafonía ininteligible, colas en los garitos de información al cliente del que salen huyendo sus responsables. Cuántas veces no hemos visto vacío uno de estos puestos de cartón piedra que desatienden al indignado. Cuando se llega al Poder, uno se vuelve más contemplativo y con la inacción se va conminando lo que podría haber de maléfico delito contra el ciudadano, de laxitud e inoperancia frente a la sospechosa avidez con la que obtuvieron el cargo ministerial o consejero en su día.
La verbena ferroviaria se adorna con estos momentos tragicómicos y comunican una sensación de confianza en el telediario de que en algún momento se arreglará este escándalo, de que la España de la nueva (a)normalidad salió más fuerte de la pandemia y que los trenes, en algún momento, circularán con normalidad, como lo hacían hace cien años, cuando nuestros abuelos iban a Santander. Ahora un vagón se desprende en el vientre subterráneo de la capital de España y termina chocándose contra un túnel: es el nuevo exprés del siglo XXI. ¡Qué lejos aquellos compartimentos de primera, con su mesita y su lámpara, su colación y sus bandeja portaequipajes de madera, su puerta corredera con mangos dorados! ¡Sin apretados coros de pobres viajeros que se amontonan iracundos para subir, al fin, tras cinco o seis horas! De tales minucias no pueden ocuparse los amos del transporte, porque son cosas que podrían volver a ocurrir, detalles fáciles de producirse, porque el mundo marcha, señores, a una gran velocidad. Ellos, asépticos y altisidóricos, desdeñando un poco al viajante doliente, tirado en la estacada, sacan su comunicado en el que esperan que los hechos, tan “graves” e inconcebibles, se esclarezcan. ¿Pero cuándo? En algún momento; calma, mi querido Watson.