Un darwinista conocido tiene un mono al que denomina Adán; ahora anda buscando a la mona Eva para redondear la parejita. Algo debe de estar fallando estrepitosamente entre los enemigos de la evolución de las especies, pues ¿cómo podrían explicarme de forma convincente que yo haya logrado escribir cosas casi tan monas, pese a descender del filum antropomonoide? En ocasiones llego a pensar que quien escribe con tan gran modestia y lubricación de ideas elegantes como yo lo hago modestamente, lo escribe el mono que hay en mí. La rivalidad crece en crueldad entre mi homo sapiens y mi mono sapiens, neoencéfalo contra arquiencéfalo, y, por más que me mire la todavía abierta fontanela infantil, no doy claramente con la cresta reptiliana que separa ambos hemisferios cerebrales. ¿Me iré de este mundo sin saber si soy más hombre que mono, o más hombre que mono, o una subespecie malograda de ambos?
El cuerpo de la mona se resiste a no ser la bella. Las gentes obsesionadas por su imagen ante el espejo espejito mágico es un esparajismo de la nueva lingüística, pues nadie sabe que las insatisfacciones interiores no se operan, aunque algunos embaucadores tengan en sus cláusulas contractuales “detendré tu instante, eres tan bello”.
“Me he puesto culo, ¿es que acaso no lo ves? Es indignante que no te hayas dado cuenta de que estreno tetas, voy a dejarte por alguien que al menos se fije en que yo lo valgo. Lo he hecho todo por ti, y mira cómo pagas”. Siempre hay alguien nuevo a quien embaucar a tiro de whatsapp a quien puedes enseñarlo en Facebook después de mucho gimnasio. Para muchas jóvenes, el premio al terminar el bachillerato es cambiarse los pechos, un auténtico do de pecho. “Te has hecho algo y no me lo estás contando. Tu cara ya no me suena”. Cantidades crecientes de monos sabios “se han hecho algo”, en 2022 306.000 intervenciones, un negocio multimillonario transgeneracional. En España el 85% de las hembras se retocan u operan, mientras que los machos pasan por el quirófano son un 15%, aunque al 28,2% de los españoles todavía suele dar pudor confesarlo abiertamente, por lo cual las cifras reales deben ser bastante más altas que las confesadas.
Dentro de este caladero existen dos grupos de pacientes. Los más jóvenes early adopters tienen expectativas menos realistas, y sus demandas dopadas se llevan a cabo a través de las redes sociales. No son muy conscientes de si los cambios que piden pueden hacerse o no realidad, pues piensan que todo es posible y ajustable a sus deseos. La presión es tan grande, que Marilyn Monroe no daría hoy la talla para modelo sobre una pasarela. Las pobres azafatas tienen que sobresalir por sus huesos picudos. Y que no se caigan de la pasarela porque si por desgracia lo hacen tendrán que ser escayoladas de cuerpo entero, o por mejor decir, de hueso entero.
A partir de los 45 empiezan las mentiras piadosas: “duermo muchas horas”, “bebo dos litros y medio de agua”, “tengo buena cara”, “hago retiros espirituales” pero engordo, doctor. Cualquier cosa antes que confesar que se pertenece al grupo enorme que vende su alma al menos una vez en la vida al transformador de cuerpos. Buscando una estética anti/envejecimiento remodelan sus cuerpos y sus rostros mediante “cambios naturales”, por ejemplo la blefaroplastia para eliminar el exceso de piel del párpado, o corregir las bolsas de los ojos y recuperar la apertura de la mirada, o las intervenciones con láser de luz pulsada intensa, rápido y poco invasivo para eliminar manchas, venas, imperfecciones, o el vello no deseado. Las exigencias en estos terrenos se han vuelto perentorias, baste con decir que la inyección preventiva que paraliza un músculo para que no marque una arruga antes de que aparezca es cada vez más frecuente.
Los mayores hacen un uso más responsable de la medicina estética, pero la inmensa mayoría tiene gran fobia a envejecer, pues no acepta su edad, no se retoca desde la libertad sino desde la búsqueda de aceptación social: “quíteme esta cara de viuda”, es decir, no me cambie las facciones ni la expresión, el cansancio, la tristeza o el enfado que he ido acumulando con los años. Víctimas del famoso edadismo, sienten que su estatus profesional y social peligra y deciden “hacerse algo”. Ahora bien, como el envejecimiento es inevitable e imparable, peregrinan de cirujano en cirujano para que les “arreglen” lo que habían estropeado, las sobreinfecciones, los rechazos y todo lo patéticamente imaginable. Empero, quien se metamorfosea física o mentalmente una vez lo hará siempre. La edad verdadera expulsa a la edad falsa, la desaloja de su propio lugar natural.
La arruga no es bella en última instancia, ni bien venida. Sin embargo, el paso del tiempo impone su inexorable ley y su rigidez escénica, razón por la cual las cirugías recién hechas duran menos de lo deseado, y las reparaciones que fueron últimas se convierten en penúltimas y éstas en antepenúltimas hasta que un día el quirurgo no puede más, entre otras cosas porque también él mismo se ha vuelto quirúrgicamente irrecuperable y está a punto de despedirse de este mundo sin poderte eternizar, misión imposible aunque hagas un pacto con Mefistófeles. La penúltima vez que acudiste al cirujano plástico te pareció un cirujano plasta, y la última se había muerto de puro abrurrido.
De tanto quitarse años, los algunos y las algunas llega un momento en que ya no saben cuándo han nacido, pues en lugar de ser las abuelitas o abuelitos con su correspondiente carga de edad, rivalizan sin es menester con sus propias hijas, o incluso con sus nietas. En estos procesos de desgaste del sentido de la vida, la decadencia emerge de las profundidades irreparable cual gangrena. Y, perdidos al río, no son pocos los que, tratando de compensar ese nihilismo irredento, se entregan de bruces al entusiasmo desenfrenado, a la exaltación del eructo (eructan, es decir, hacen ruido, rompen, irrumpen) en un ambiente anodino y obtuso. Les cavernicoles volem festa, corean en las fiestas de Elche, pero entre cavernícolas la chair est triste, hélas, et j’ai lu touts les livres, según lo escribió Mallarmé.
A falta de otras convicciones la mancha de la fiesta con otra nueva fiesta más grande no se quita, aunque, para compensar la gélida tristeza interior, la euforia exterior caliente y abrase los cuerpos. En esta alteración de los ritmos térmicos, y en la mala digestión ulterior de lo frito y lo cocido, vive la melaina jolé, bilis negra, mal humor, la melankholía, de mélas, ‘negro’, y kholé ‘bilis’, la tristeza o acedía.
¿Estamos, pues, dispuestos a dar importancia a lo importante, a desprendernos de lo innecesario para poner orden en la vida, soltar amarras, aligerar la carga y compartir lo necesario, o solamente estamos esperando a Godot, a salir del toril apenas nos abran la puerta para empitonar a quien se ponga delante, o a ser empitonado recibiendo a porta gaiola al animal que sale echando espuma por su boca incendiada?
¿Y antes qué? Bueno, aunque también había lo suyo, el Libro de Ordenanzas y etiquetas (1575) de Felipe II para el personal de la corte respecto a su esposa Ana de Austria contiene el ceremonial que debía cumplirse con la reina, y cuenta las funciones de todos los criados. Sobre la camarera mayor dice: “debe tener especial cargo y cuidado de estar a todas las horas con ella [la reina]. Cuando la reina fuere fuera y se pusiera a caballo o en su coche o litera o se apeare, no llegare el mayordomo mayor ni caballerizo ni ninguna otra persona a aderezarle las faldas ni a otra cosa, sino solo la camarera mayor”. Tal vez el amor monárquico pueda urdirse a la distancia de un metro, pero a veces tampoco.