“Nadar contra corriente” es una expresión que señala cuando alguien se esfuerza por lograr lo que se propone aunque esto implique ir a contramano de todo lo que pareciera ser la lógica. Una manera de empecinamiento muy afín para ser aplicado a los outsiders de un modelo político que en manos de una Nueva Derecha detenta el poder en algunos países del mundo; pero que sorprende, porque los puntos de coincidencia entre unos y otros líderes resultan insuficientes para ser usados como elementos comparativos. Las excepciones de esas marchas y contramarchas pueden ser las de Georgia Meloni (la Primera Ministra de Italia, que flota todo el tiempo en el doble discurso), o el caso del húngaro Viktor Orbán que, al parecer, ha llegado a un límite y empieza a sufrir un desgaste parecido al que sucede con el presidente Javier Milei en la Argentina; en este caso por su personalidad extravagante y provocativa que lo convierte en una máquina incesante de generar enfrentamientos para demoler oponentes con desmesurados y ofensivo insultos personales en casi todos los casos.
Despojándonos de simpatías o antipatías y sopesando las batallas del poder en la Argentina, la pregunta es si el mero fanatismo y la agresión pueden ser una posibilidad de avance en medio de una crisis que en casi todos los frentes se vuelve más confusa y contradictoria. En especial por la actitud ofensiva que el Presidente utiliza hacia sus oponentes con un extraño empecinamiento que abre todo el tiempo inútiles conflictos en diversos frentes, tanto ajenos como propios. Un ejemplo son las últimas declaraciones en las que acusa al ex presidente Raúl Alfonsín de favorecer un golpe de Estado militar. Crítica injustificada y gratuita, además de irritante y fuera de lugar, que ofende a un sector del Partido Radical que lo acompaña. Las ideas presidenciales no deberían llegar a la descalificación, pues el pago puede ser devuelto con la misma moneda por parte de esos aliados. Pero el Presidente parece no medir consecuencias y se encarga de insultar a mansalva, expresándose con palabras descalificatorias en un lenguaje orillero y de barras bravas.
A cualquier periodista que crítica, sin pruebas concretas, el doctor Milei lo trata de “ensobrado”; vale decir, de coimero y si se refiere a una persona de mayor edad; digamos un jubilado, lo califica de “viejo meado”, entre tantos otros epítetos no menos despreciativos y casi irreproducibles que usa con violencia. Es así como legisladores y respetadas personalidades de la cultura son objeto de insultos; acciones que constituyen una clara versión de gratuita y vulgar ofensa, profundizando más “una grieta” basada en una antinomia, nefasta para toda la convivencia republicana en un momento que lo necesario es la unidad se enfrente. Quien no piensa como él es el anti-pueblo, pues él mismo se valora como el pueblo, o el gobernante del pueblo; aunque en la práctica su Gobierno se manifieste como enemigo del pueblo.
Así las cosas, todo depende en este momento de las fichas apostadas a un programa económico basado en un monumental ajuste, pretendidamente moralizador, que atenta contra el bolsillo de los más pobres. Ya que de nada sirve que Javier Milei acaricie el sueño de un reinado ecuménico que le permita gobernar a su antojo como paradigma universal si esto no se traduce en resultados contundentes y fundamentales de la economía interna, que más o menos equivalga a permitir un atisbo de prosperidad con bases en una distribución equitativa y un crecimiento sostenido.
Esta forma de gobernar nos retrotrae tristemente a los ya condenados regímenes dictatoriales por los que atravesó la Argentina y buen parte del mundo. De manera que este forzado movimiento, llamado “La Libertad Avanza” (LLA), tiene como propósito amalgamar palabras contradictorias como “liberalismo y anarquía”, con el propósito final de destruir el Estado desde adentro y obrando como un topo, encarnado en un modelo ideológico, que podemos definir como autoritarismo de extrema derecha con nostalgias fascistas y praxis gramsciana de pretendido fundamentalismo de mercado, que resulta difícil entender como algunos que se llaman demócratas apoyan.
No obstante, la coalición de aliados que lo acompaña (un poco para horror de Milei), son una suerte de “dime con quién te asocias y te diré quién eres”, fallido intento mayoritario integrado por oportunistas liberales, desarrollistas, socialdemócratas, radicales, librepensadores y -por qué no ya que todo cabe en la Viña del Señor-, algunos peronistas con pretensiones de recobrar vigencia; en este caso subyugados por la expectativa de una pericia macroeconómica que da muestra de escasa prosperidad que van tapando con un agujero para destapar otro.
También sería importante tener en cuenta lo que ocurre en el mundo dentro de este particular contexto que nos toca vivir, donde esta nueva derecha, en nombre de Occidente y en ocasiones bajo el uso de la palabra “liberal”, comienza a socavar precisamente a “las genuinas democracias liberales”; otra contradicción flagrante entre los restauradores de siempre y los saboteadores de ocasión.
Dentro de ese neoliberalismo agresivo, Milei intenta lucir un cetro, que cada día le resta seguidores y parece quedarle grande, aunque hace alarde de una retórica ridículamente populista, que resucita a un viejo Frankenstein disfrazado de Prometeo, con actores negativos que son aliados frágiles y temporales. Cuando se avanza por este camino se advierte la carencia de personas con cierto prestigio y algo de credibilidad, que ya de por sí ralean en la Argentina cada vez más. Curiosamente nadie es excluido “ni se quema”, como se dice en lenguaje popular; ni aún el más inflamable o explosivo. Detalles de la política de un país que cada día se enreda más en su propio lazo de decadencia.
Esto hace que la violencia verbal, sus errores y disparatadas políticas asombrosamente antisociales, se vean vigentes sobre una mesa donde todo vale y donde, hasta la doctora Kirchner, sea hoy una de las que manejan el caos desde la oposición con un partido que se resiste a ser dócil y obsecuente a sus ilusiones de poder, hasta el punto de ser descalificada por algunos gobernadores. En fin, no es nada alentador el oscuro panorama que se presenta; pero todo es posible en esta Argentina que repite la misma historia del eterno retorno, cada vez más intenso e inquietante, con máscaras cuarteadas, impresentables en este caso.
Mientras tanto, con su particular modo soez y ofensivo, siempre fuera de control, el doctor Milei de manera frenética no parece buscar aliados sino subordinados. Se obliga a nadar contra la corriente sin vislumbrar que esta crisis que padece el país solo puede encaminarse hacia una salida con la unidad de todos los argentinos. No con desencuentros y ofensas gratuitas, que tienen a universidades en pie de lucha, sumado a trabajadores a quienes cada día le cuesta más vivir. Se sigue cuesta abajo, cayendo por una pendiente de agresiones y despropósitos donde solo interesan las magnitudes financieras siempre en detrimento de las necesidades. Y donde la pobreza, la salud y la educación quedan, para otro momento, cada vez más relegadas. La lógica del capital financiero y de las corporaciones ha desatado una carrera imparable en la que no compiten los rezagados y donde el progreso se mide por estadísticas, con una noción ingenua o evasiva ante los hechos arrasadores. La incógnita, sin embargo, es si las medidas financieras alcanzarán para refundar la nueva Argentina que con tanta arrogancia prometió quien ahora gobierna.