Por evitar que hiciese comentarios sobre sus muy personales manejos y percepciones del tiempo en lo referido a establecer una hora y lugar en el que citarse, mi amiga Candela llegó pronto. Bastante, siendo sinceros, asombrándose ella misma de su proeza, habiéndose batido desde su venida del trabajo contra autobuses y líneas de metro para conseguir encontrarnos en la boca de La Latina no ya a la hora convenida, sino antes. Le supo a triunfo olímpico. La ocasión que nos juntó aquella tarde de mediados de semana era la presentación de un acto en un pequeño salón de unos grandes almacenes. Cada uno había preparado su parte y puesto en común los turnos de palabra para equilibrar la cantidad de información y la ligereza que evitase el sopor de los asistentes, más allá de los amigos o conocidos que fueran, que ellos siempre son más permisivos. La buena sintonía nos recompensó con un merecido momento de recreo tomando algo en una terraza. El clima acompañaba. La luz meliflua sobre los dobles y las servilletas que reflejaban con nitidez las manchas de grasa que se quedaban en ellas, más que absorberlas al limpiarse, asumían nuestra satisfacción, si bien estaba todo por hacerse.
Hablamos de nuestros gustos en relación a los libros que habíamos seleccionado para la charla y si ese entusiasmo conseguiría ser contagiado, observamos a quienes pasaban, pero Candela no permitió que se nos fueran muchos santos al cielo, pues tenía otro recado que hacer aprovechando la anticipación. Teníamos tres cuartos de hora todavía. Antes de que el camarero volviese con el datáfono, me enseñó sus pulgares. Se excusaba en que era una tontería, pero no quería ir al acto con una de las pinturas de sus uñas a medio quitar, en discordancia estética con la otra. Pagamos y fuimos a un salón chino de manicura a la vuelta de la esquina. Tardaremos poco, me tranquilizó, sabiéndome un agonías del llegar a los sitios con cierta antelación. Serán cinco minutos como mucho, aseguró.
Uno nunca había entrado en uno de estos locales. Desde hace años han proliferado como las matas silvestres sobre cualquier tejado. Todos, desde sus grandes ventanales, muestran con voluntad entomológica su incansable clientela. Mi amiga es asidua. Hace sus visitas cada semana y media, más o menos. El trabajo que llevan a cabo suele traducirse en verdaderas exquisiteces, igual que los monjes miniando en los códices medievales. Algo de ese mismo aire sombrío medieval se conserva. Las paredes eran de un blanco conventual, recubiertas con ripios en las esquinas y pintadas de otro blanco más úrico. Esos pormenores, una vez bajabas la vista, perdían importancia ante la cantidad de maquinitas y carteles y cacharros y álbumes con tonos de esmaltes y muestras macabras de uñas y figuritas y miembros de maniquíes rechazados. Ninguna de las trabajadoras te miraba más de dos segundos. Permanecían atentas a la aplicación de lo que fuese sobre la uña en cuestión, de la cutícula que tratar o, en el lado derecho de la tienda, de regular los asientos-cabinas para los baños de pies sacados de una película de ciencia ficción.
Había que pagar en efectivo. Dos euros. Yo invité. Nos sentamos frente a una tabla con su estuche de herramientas pulidoras y frascos. Debajo, a la altura del ombligo, una abertura con luz celeste que hacía las veces de secadora. Retomamos el tema de los libros que habíamos elegido en un intento de mi amiga por sacarme del estado hiperestésico en el que me encontraba. Candela desgranó sus nombres y títulos muy pendiente de cómo maniobraba el diminuto pincel. Para que no cayera en temores de si saldría bien o mal la restauración de sus uñas, le dije que el libro de Piquero que había escogido para citar al principio, Tienes que irte, me parecía el indicado por la divertida forma en que alternaba seriedad y acidez en sus creaciones. Disculpe, señora, no era ése. Nos giramos. ¿Perdón?, respondió Candela. No, no era ese color: ese es tierra mojada y el que señaló en el álbum era este, el suyo es tierra sémola. Ah, bueno… La compañera no dio tiempo de reacción y comenzó a pasar sobre los dedos un bastoncillo con ungüento. Éste sí, ahora sí, tierra sémola. Empezamos de nuevo. Te decía, que hay algunos, como los de la penúltima parte, que oscilan entre la tristeza más áspera y un absurdo que descoloca… La compañera pidió a Candela que metiera la mano izquierda en la secadora azul. Un piar de electrodoméstico y una mirada felina impidió que dijéramos nada durante la operación. ¿Ya está? Te comentaba, hacia el final, aun con la división de… Otra vez, mano en secadora, por favor. Mano en la secadora. Después lo mismo con la derecha y en riguroso silencio. Candela y yo nos mirábamos apretando los labios para que no escapara la risa. ¿Y del otro libro, el de Bernier?, atajó para reconducir la conversación. Pues Árboles con tronco pintado de blanco me ha encantado porque lo escribió estando muy enamorado, y sus poemas tan breves recogen esa místi… Una de las señoras en los asientos-cabinas volcó al intentar levantarse, tirando carritos con esmaltes y espejos. Ay, ay que me muero, ay que me muero, ay, no puedo levantarme, no puedo, ay ayúdenme, por favor, ayúdenme que me ahogo, ay. Entre varias de las trabajadoras intentaron recostarla. Sacaron uno de los pies que se le había quedado atascado en el cubículo con agua bullente. La señora, antes de perder el conocimiento, sólo acertó a decir que qué frío al rozar su pie mojado contra el suelo.
Candela metió las manos en la secadora una última vez. Otras voces, otros ruidos de la ambulancia, de curiosos de la calle que se asomaban, disiparon cualquier aspiración de contarse sobre la corrosividad de Piquero o la minimalísitca musicalidad de Bernier. Ya está, muchas gracias, y la compañera se levantó para acercarse diligentemente a la zona accidentada del local. Nos desearon una muy buena tarde. Nos despedimos sin respuesta. Quedaba más de media hora para el acto. En un paso de cebra me fijé en las relucientes uñas de Candela cuando sacó el móvil para decirme de nuevo la hora. Juraría que seguían siendo como tierra mojada.