En Tiempo de lobos. Alemania y los alemanes 1945-1955, Harald Jähner nos presenta una obra mayúscula, donde el centro de atención lo constituye la Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, conflicto bélico que ella había provocado. Sin incurrir en sensacionalismos descriptivos, el autor nos describe el escenario que caracterizó a ese país en los años que siguieron a su derrota frente a los aliados. Al respecto, el desorden cobró espacio mayúsculo, unido a una pobreza y devastación desconocida ya que hasta ese momento “la mayoría de los alemanes no conocieron el hambre hasta la posguerra. Hasta entonces habían vivido razonablemente bien de expoliar los territorios ocupados” (pág.175).
En íntima relación con el argumento anterior, ese cuadro doméstico se completó con la multiplicación de desplazados, refugiados, retornados del frente de batalla y trabajadores forzosos. El marco en el que todo esto acontecía era el de una atmósfera de bandidaje, donde el asesinato de judíos perpetrado por el nazismo no gozaba de gran cabida en el pensamiento ni tampoco en la realidad cotidiana alemana. En palabras de Harald Jähner: “Al hablar del pasado se presentaban muchas vías de escape para eludir la responsabilidad. Una de las más habituales consistía en convencerse de haber sido víctima del nacionalsocialismo como de un veneno narcótico. Se participaba en lo monstruoso haciéndose la víctima. Los alemanes de posguerra se aplicaron a ver el nazismo como una droga que habría hecho de ellos dóciles instrumentos” (págs. 326-327).
En este sentido, los aliados pusieron en marcha una serie de medidas con la finalidad de responsabilizar a los culpables, contando para ello con la ayuda de verdaderos opositores al nazismo, para que Alemania recuperara su lugar entre las naciones pacíficas. No obstante, durante mucho tiempo el escepticismo, sobre todo de los norteamericanos, prevaleció, partiendo aquel de una premisa clara: “Barruntaban en el alemán medio un carácter militarista, autoritario, despiadado, para el que la dictadura era la forma de gobierno más adecuada” (pág. 264).
En consecuencia, tras 1945 predominó, como subraya el autor, “encogerse de hombros” y defender la facilona meta de “borrón y cuenta nueva”, con pocas voces autocríticas. Dentro de estas últimas debe recalcarse la del joven de 27 años Achim von Beust, miembro fundador de la CDU (Democracia Cristiana), quien en 1947 no tuvo reparos en reconocer que la sociedad alemana fue culpable por desidia, por candor e incluso por falta de escrúpulos, sin olvidar que asumió que su nación era una especie privilegiada dentro de la sociedad humana. La revisión real de ese pasado tuvo lugar en 1968, con una generación que se había beneficiado del progreso material del país tras 1945, pero que cuestionaba de una forma naif la actitud de sus padres durante el nazismo, identificando de manera superficial y errónea fascismo con capitalismo.
Una parte de transversal de la obra la encontramos en la presencia internacional en “esa” Alemania derrotada. En efecto, Estados Unidos, la URSS, Reino Unido y Francia dividieron en cuatro zonas el país, para finalmente fusionarse las ocupadas por las tres democracias liberales. En este terreno se observó un cambio radical con respecto la Primera Guerra Mundial en lo relativo al trato de los vencedores sobre los vencidos. En efecto, en 1945 se persiguió la reconstrucción postbélica, descartando el revanchismo de Versalles en 1919, dentro de un contexto más amplio como fue la Guerra Fría.
En este sentido, destacó como figura de referencia Harry Truman, presidente de Estados Unidos: “La doctrina Truman pintaba el futuro como una competición entre dos formas de vida -capitalismo democrático frente a comunismo totalitario- y reordenaba, menos de dos años después de finalizar la guerra, las relaciones de fuerza entre la alianza vencedora y los vencidos” (pág. 213).
Con todo ello, uno de los elementos que sobresalió en la inmediata posguerra tiene que ver con el ansia por “consumir” cultura que caracterizó a los alemanes, sobresaliendo la notable proyección de comedias, no así la genial obra de Charles Chaplin, El gran dictador, entendiendo los norteamericanos que los alemanes no estaban preparados aún para verla. La razón de esta suerte de censura, la exponía en los siguientes términos The New York Times: “La gente ha admirado mucho tiempo a Hitler y hoy no quiere oír que siguió a un payaso” (pág. 291).
En la recta final de la obra, el autor aborda la rendición casi incondicional de los alemanes. En efecto, las llamadas de Goebbels a la inmolación no generaron nada parecido a una posible guerra de guerrillas, si bien el pueblo alemán tampoco mostró gran interés en los juicios de Núremberg, pese a la trascendencia que tuvieron para el Derecho Internacional. Frente a ello, los alemanes optaron por la cómoda vía consistente en presentarse como víctimas de Hitler, soflama sobre la que se vertebró la construcción de la nueva sociedad.