En una de mis conversaciones con el enjundioso polemista y pensador Arturo Jauretche, al que me unió una relación de parentesco y amistad, a la vez que de secreto discípulo, destacó una de sus recomendaciones en alerta sobre la táctica usada por la sombría camándula de los “figurones”, a quienes él consideraba nefastos”: “La afirmación de estos caraduras, por llamarlos de alguna manera -calificaba don Arturo-, viene de muy atrás y en nuestra Argentina ya hacen historia. Siguen brotando como yuyos y aparecen con frecuencia destacándose en los distintos frentes políticos y burocráticos. Son eficaces en promoverse y movilizar en torno a ellos una cierta fama, que les sirve para postularse en cargos públicos con propósitos nefastos y destructivos. A estos sujetos, yo los llamo ‘figurones en función colonizadora’, ya que discurren afirmando su presencia en Instituciones y Academias, siempre a la pesca de algún cargo y de premios científicos, periodísticos o literarios”.
Buen observador de la cuestión social, no le faltaba razón don Arturo, ya que estos abundantes personajes pululan obteniendo beneficios y sacando provecho de los sitios donde se enquistan. Se favorecen de cargos y hasta con falsedades intelectuales emergen publicando artículos y libros, donde difunden una construcción artificiosa que los acredita de manera falsa y obsecuente; a la vez que revestidos de cierta fama que los encumbra, y nada tienen que ver con el prestigio debidamente ganado por las personas serias; la de los figurones es una categoría muy distinta, por supuesto.
En Los Profetas del Odio (y la Yapa), uno de sus libros esenciales, Jauretche desenmascara a estos artificiosos personajes y denuncia la vieja estrategia utilizada por los “figurones” para trepar todo el tiempo y flotar en defensa de sus privilegios y prebendas. No por menos conocida, viene como anillo al dedo recordar épocas en que los sectores más corruptos de la sociedad intentan cerrar cualquier camino de reivindicación social que, por supuesto, los pone al descubierto y sin careta.
Al meterme en este odioso asunto no puedo dejar de mencionar también a otro admirado amigo, Ricardo Noseda, autor de varios libros en el que sobresale el que lleva como título: Los figurones, donde desarrolla un contundente alegato que retrata a esta caterva muy argentina y, sin duda, muy universal, siempre predispuesta para asumir un rol público con el principal afán de exhibirse y beneficiarse en propio beneficio. Al ‘figurón’ algunos lo comparan con el chajá, esa ave de patas descomunales que habita en buena parte del sur y centro de nuestra América, y para desconcertar grita tan fuerte en un sitio, al tiempo que pone sus huevos en otro. Eso sí, el chajá nunca pasa inadvertido y logra lo único que se propone, confundir y que se note su presencia.
Pero lo peor del chajá -y por ende del ‘figurón’- acaso no es su grito, sino su astucia para comer el grano destinado a otros pájaros útiles y encantadores; lo peor es que siempre lo hace metido bajo el ala de la trampa y la traición. Es así como en la zoología argentina se han expandido con tanta facilidad. Cualquier asociación, de cualquier tipo que sea, tiene algún ‘figurón’ dispuesto a dar un paso al frente para ocupar un cargo altisonante, sin importar si es apto o inoperante para cumplirlo; eso sí el cacareo de los personajes nunca deja de llamar la atención, y hacer que su nombre se destaque aunque se sepa muy bien la razón de fondo.
Que los ‘figurones’ son inoperantes, nadie lo duda, pues ni siquiera se les ha ocurrido organizarse en una asociación profesional que podría publicar un “Anuario del figuronato”, o una suerte de “Almanaque Gotha” del inútil ilustre, siempre en procura de hacer sus infames negociados para favorecerse y sacar la cabeza del resto de la tribu. Ese figuronato, sin duda podría ser de utilidad cada vez que se necesite un “figurón” para llenar un hueco. En esta misteriosa y compleja existencia que nos ha sido concedida, todos hemos tenido que lidiar con figurones. Jauretche y Noseda los catalogan con una precisión admirable y con ejemplos irrebatibles y asombrosos.
Hace algunos años, cuando ocupé un modesto cargo en el Ministerio de Educación, me tocó lidiar con estos sujetos fraudulentos, remolones burócratas, enquistados en la función pública, de la que son muy afines; la mayoría de ellos disimulados, pero con atavío y corona de ‘figurones’, imposibles de ocultar. Se suelen destacar en estos casos por exonerar a ciudadanos eficaces y prudentes, tan intachables como talentosos, pero confiados y sin pretensiones de ganar espacios fraudulentos. Superficiales cargos que a los ‘figurones’ les bastan y sobran como antecedentes para llegar -¿y por qué no?- a ser Presidentes, Gobernadores, Ministros, Secretarios de Estado, Jefes de Gabinete o beneficiados funcionarios funcionales a cualquier función. El nombre de los ‘figurones’, enquistados en el Estado, aparece obligatoriamente en todas las listas pertinentes del panorama político y parlamentario.
Como viven a la pesca, logran una cátedra universitaria, por lo general a través de influencias, no de concursos; y a pesar de no haber leído los necesarios libros sobre la materia a la que aspiran, dictan cursos sobre temas que ni siquiera conocen de oído. Jamás tienen una idea propia, salvo la de conseguir esas cátedras; también, por lo general, cultivan amistades influyentes, lo que en nuestra Argentina sirve más que la experiencia y el saber.
Los ‘figurones’ son solemnes por naturaleza y estudiada compostura. Y además sumisos, otra condición requerida, y dependen planamente de la circunstancia, aunque son previsores y firman todas las declaraciones de apoyo al Gobierno de turno que los emplea. Gracias a este servilismo, nunca los echan de sus cargos ni tienen que renunciar; se jubilan en ellos con las jubilaciones más altas, y a merced de semejantes cúmulos de antecedentes, luego presiden entidades de bien comunitario y congresos, y hasta son elegidos académicos. En las fotografías, se destacan por alargar la cara con dentifricadas sonrisas en primera fila. Ni hablar de la televisión que todo el tiempo los usa de comodines, que no agregan nada a lo ya dicho o consabido.
Para que no se crea que veo a los ‘figurones’ sólo en el mundo subdesarrollado, mencionaré a un sujeto, que ahora me viene a la memoria, llamado Richard Dawkins, autor del famoso best-sellers El gen egoísta, cuyas tesis centrales son dos. Una, que los genes son egoístas y se sirven del cuerpo para propagarse (“mansa novedad huevón”, como diría mi ya difunto y genial amigo Nicanor Parra); la otra, que todos somos portadores y productores del genoma con que venimos al mundo y que ni el medio ni el esfuerzo propio cuentan gran cosa. El hecho de que ambas tesis hayan sido ridiculizadas repetidamente durante más dos décadas por eminentes biólogos, psicólogos y sociólogos no ha empañado el lustre del profesor Dawkins que, como si fuera poco, sigue ocupando una cátedra en Oxford, y es el equivalente académico de la canonización universitaria.
En todos lados, como dice el añejo refrán, se cuecen habas; en el mientras tanto, la caterva de los ‘figurones’ se multiplica por el mundo, cada vez más, sin pudor y a cara descubierta, en otros casos han cambiado el disfraz de mansos corderos por el de provocadores leones. Desquicios de los poderes de turno y la época insólita que nos ha tocado.
Estos grotescos personajes, ganadores de elecciones, logran el ‘figuronato’ más alto y encumbrado de este loco tiempo que nos ha tocado en suerte.