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Aniversarios de prestigio y catástrofes olvidadas en Galicia

Olga González Alonso
sábado 22 de noviembre de 2008, 13:38h
Galicia está de aniversarios en este frío mes de noviembre. Seis años se acaban de cumplir del hundimiento del Prestige, aquel petrolero herido de muerte que tiñó de negro las costas gallegas en 2002. Un desastre que algunos, como quienes ahora gobiernan aquí, recuerdan con grandes actos año tras año, con la excusa de no olvidar lo ocurrido y vender la moto de lo bien preparados que, gracias a ellos, estamos ahora para que no vuelva a ocurrir, por mucho que las gentes del mar, que saben mucho de esto, aseguran que estamos igual que estábamos entonces.

El presidente de la Xunta protagonizó, el otro día en Vilagarcía de Arousa, el acto-aniversario de este año, en el que, entre otras cosas, destacó la gran movilización social surgida en respuesta a aquella catástrofe. Y es precisamente eso, la movilización, lo que lleva a los bipartitos a no olvidar. Pero no la de los miles de voluntarios que llegaron de todas partes a limpiar el fuel de las playas; lo que celebran en cada aniversario es la movilización política que ellos mismos impulsaron, aprovechando el desastre para precipitar el declive de la era Fraga y auparse al poder. Tras el terrible impacto inicial, las consecuencias del Prestige fueron menores de las anunciadas por los peores agoreros. La costa se limpió en tiempo récord, pescadores y mariscadores recibieron ayudas inmediatas y pudieron volver a su trabajo a los tres o cuatro meses y el turismo no sólo no se resintió, sino que aumentó en el verano siguiente. Y las únicas víctimas mortales fueron aves marinas. Pero hubo quien vertió tal cantidad de chapapote político e interesado que aún ahora sigue incrustado y sale a la superficie cada noviembre.

Hay, en este mes, otro aniversario en Galicia. Hace dos años, el agua inundó varios pueblos y ciudades. La comarca de Arousa y, en especial Vilagarcía, sufrió las peores riadas de su historia. Pero Touriño no irá allí para rememorarlo. La principal causa de aquellas inundaciones se sitúa unos meses antes, en agosto de 2006, en el que esta Comunidad sufrió, con los incendios forestales, la peor catástrofe ecológica y social de sus últimos muchos años. Una nefasta gestión de la nacionalista Consejería de Medio Rural, responsable de la lucha contra el fuego en los montes, dio como resultado 100.000 hectáreas quemadas, zonas desalojadas, viviendas afectadas, fauna salvaje arrasada, animales domésticos sacrificados y, lo que nunca debiera olvidarse, cuatro personas muertas.

No hubo entonces manifestaciones de los Nunca Máis, ni reivindicaciones de responsabilidades políticas, ni banderas ecologistas llenando las calles. Hubo, en agosto de aquel año, una movilización callada por el miedo y la impotencia de ver cómo, por primera vez, eran los vecinos quienes tenían que apagar el fuego porque nadie venía en su auxilio. Y hubo, tres meses después, una queja silenciosa de comerciantes que vieron sus negocios destruidos y de vecinos que achicaban agua en sus casas con sus propios medios, que perdieron sus enseres y sus coches por culpa de unas lluvias que bajaron sin control por aquellos montes a los que el fuego del verano contra el que la Xunta no supo luchar dejó desnudos de vegetación.

Hechos catástroficos que ni los bipartitos ni sus altavoces ecolojetas que tanta revolución armaron con el Prestige quieren recordar. Son, ellos, interesadamente elitistas, y por ello hay, en Galicia, aniversarios de prestigio y catástrofes olvidadas.




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