Aunque Pascal pudiera “pensar sin dificultad un hombre sin manos, pies, ni cabeza, pero no un hombre sin pensamiento”, eso son cosas del mismo circo en que Descartes rechazaba “todas esas partes o todos esos miembros que constituyen la máquina humana; yo me concibo a mí mismo sin brazos, sin piernas, sin cabeza, en una palabra, sin cuerpo”. Al renegar de lo corporal para evitar sus frustraciones se hace el tonto por angelismo.
Rompiendo con el hebreo del Antiguo Testamento, San Pablo traduce basar por sôma, sarx (la carne): “las tendencias de la carne llevan a la enemistad con Dios” (Rm 8, 7). Descalificada la carne (“los enemigos del alma son tres: mundo demonio y carne”), a partir del siglo II, cuando se hibrida el pensamiento hebreo con el helenístico dualista, se utiliza el término gûf, alusivo al vientre considerado como espacio corporal que a duras penas sirve de receptáculo al alma. Gregorio Nacianceno escribe una oda Contra la carne perniciosa, diabólica, viciosa, infiel, indómita, sepulcro y cadena del alma.
Uno de los personajes de la novela fantástica de C-S Lewis, That hideous strenght, imagina un mundo donde el humano logra servirse de un sustrato menos grosero que el cuerpo sexuado, cuyo delirio se crispa en el paroxismo orgásmico. En su fascinante Los demonios de Loudun analiza A. Huxley el efecto en aquellas generaciones de semejante antropología. Uno de los personajes femeninos de García Márquez recibe de su director espiritual antes de contraer matrimonio un anuario en que aparecen tachados los días de abstinencia de toda relación sexual, reducida a 42 días desperdigados en una maraña de cruces moradas. Muchos moralistas prohibían las relaciones sexuales casi todos los días de la semana: el domingo, por conmemorar la resurrección de Cristo; el lunes, por ser consagrado a los difuntos; el jueves por conmemorar la pasión de Jesús; el viernes, para conmemorar su muerte; y el sábado, para honrar a la Virgen. Sólo el martes y el miércoles resultaban hábiles... para los más hábiles. Tal menosprecio[1], abre la puerta del toril a una fronda de cuernos. Charles Fourier censó ochenta especies de maridos engañados: cabrón en ciernes, cabrón imaginario, cabrón marcial, cabrón fatalista, cabrón mental, cabrón recíproco, cabrón propagandista, cabrón portaestandarte, cabrón místico, repartidos en tres clases: cornudos, cornúpetas y acornados, y subdivididos en trece géneros. Dicen que el antílope macho de Asia se rodea de cien hembras; por eso tiene unos cuernos enormes: para gozar de esa corte tuvo que eliminar a muchos pretendientes, aunque ese número sigue siendo muy inferior al alcanzado por el sabio rey Salomón, que tenía setecientas esposas y trescientas concubinas, un deportista evidentemente[2]. My body, right or wrong, “los años de nuestra vida son setenta, y ochenta si hay vigor” (Sal 90,19).
En That hideous strenght (C-S. Lewis), o en La granja de los animales (G. Orwell), “el hombre es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado enclenque para tirar el arado y su velocidad no le permite atrapar conejos; sin embargo, es amo y señor de todos los animales, les hace trabajar, les da el mínimo necesario para mantenerlos y lo demás lo almacena para él; nuestro trabajo animal labra la tierra, nuestro estiércol la abona, y aun así ninguno tiene algo más que su propio pellejo todos los hombres son enemigos, todos los animales son camaradas, tened siempre presente vuestro deber de enemistad hacia el hombre. Todo lo que se desplace sobre dos pies es un enemigo, lo que se mueva en cuatro patas es un aliado. En nuestra lucha contra el hombre no debemos parecernos a él, aunque lo hayáis derrotado, jamás adoptéis sus malas costumbres”[3]. Pero al final todos los animales serán iguales y algunos más que otros, porque detrás del hombre más refinado acecha el más vulgar, y todos van al matadero por comportarse como chorizos. Los peores hombres son los que mejor gruñen; si tuvieran dioses, su rostro sería cerdi/humano. Al “agridulces cerdántropos únanse” le sigue el “carniceros de todos los países, únanse; cerdos, el engorde os llama, cuelguen del gancho al carnicero”.
El pensamiento brota directamente de los genitales, del sexo sin seso, olvidado el consejo de Rabelais, que hoy parecería pacato, mentua tula habet mentem, también tu miembro viril debe tener inteligencia. Adiós al romanticismo, mi neocórtex está excitado en su área de Broca por los estímulos nerviosos causados por ese antropoide al que llamamos Pepe. Puedo unir mis hidrógenos a su oxígeno para ser una sola molécula de agua. Más que declaración de amor, declaración de la renta con virilidad de medio metro: “en el mes de los amores, la morsa no tiene más que respirar a su hembra con la total seguridad que le confiere su medio metro de hueso peneano. El hombre, en cambio, tiene que seducir a una suegra, soportar las larguísimas comidas familiares, desplegar tesoros de paciencia y diplomacia. Desea a Fredegunda, pero tiene que sonreír primero a su aburrido primo Beltrán. Quisiera tomarla entre sus brazos, pero su padre exige que se labre primero un porvenir”[4]. Pese a tanto enaltecimiento del cuerpo, anoréxico o esteatopígeo impera al fin quevedesco Gracias y desgracias del ojo del culo. Pobre Max Scheler, a quien parecía humillante que la naturaleza hubiera ligado de manera tan estrechamente anatómica y funcional los órganos de evacuación con los de reproducción: ¿por qué no decir sexo en lugar de corazón y con todo mi corazón, en lugar de con todo mi sexo?
La palabra la palabra amor produce hoy más pudor que el sexo; cualquiera se compra la película pornográfica, pero tenemos que dar explicaciones para que no nos tomen por bobos si mencionamos el término amor. La Mettrie, el libertino epicúreo enemigo de Descartes, lo borda “bebe, come, duerme, ronca, sueña; y, si alguna vez piensas, que sea entre vino y vino, y siempre en el placer del momento presente; pero si, no contento con descollar en el gran arte de la voluptuosidad, no son suficientemente intensos para ti la crápula y el desenfreno, la obscenidad y la infamia están ahí para tu participación gloriosa; revuélcate como los cerdos y serás feliz a su manera”[5]. Cual colofón, el anarco-burgués É. Armand escribe, eso sí, con bella aliteración: l’homme n’est qu’une fleur de l’air tenue par la terre, maudite par les astres, respirée par la mort. El hombre es una flor del aire maldita por los astros y respirada por la muerte.
Pero la forma y grado de espiritualidad personal impregnan el sexo. El cuerpo es políglota, inteligente, capaz de profundidad, dinámico y plástico. Hasta un inhumanista consumado como Burrus F. Skinner reconoce que “la imagen que surge del análisis científico no es la de un cuerpo con una persona dentro, sino la de un cuerpo que es persona capaz de desplegar un complejo repertorio de conductas”[6]. Así pues, “la persona es toda entera cuerpo y toda entera espíritu, una tensión entre sus tres dimensiones: la que sale de lo bajo y se encarna en un cuerpo; la que se dirige hacia lo alto y lo lleva a lo universal; la que se dirige hacia lo extenso y la lleva hacia una comunión. Vocación, encarnación, comunión son las tres dimensiones de la persona”[7]. El cuerpo no es un objeto desechable, ni un instrumento; yo no me sirvo de mi cuerpo, soy mi cuerpo. Dime qué idea de tu persona tienes, y te diré qué idea tienes de tu cuerpo, ininteligible con un simple máster en dietología. Hermano cuerpo, no eres un amorfo montón de azarosa materia, sino una arquitectura sabia y frágil; si tuviésemos que pensar cómo coordinar el tráfico de los intestinos, no comeríamos. Sólo el cuerpo malcriado ejerce su tiranía sobre nosotros. En griego (epimeleia heautou) y en latín (cura sui) expresaron ya los cásicos el cuidado de sí mismo. Pero no basta con cuidarse a sí mismo, es menester también dejarse cuidar.
Mi cuerpo no busca nada en el mundo sin mí, quien busca algo soy yo cuerpo en su razón cálida, no como ídolo, sino como ícono. El ícono nos remite a otro disminuyendo y ocultándose permitiendo contemplar aquello hacia lo que remite, dejando espacio para que la otra persona crezca. No nos refleja sólo a nosotros mismos, no agota el misterio personal, pues, aún presentando lo visible, permanece invisible reconociendo la irreductibilidad del otro. El cuerpo icónico permite el intercambio de miradas y que la escucha rompa la imposición y la posesividad, se da en libertad, es un símbolo, y como tal une -aunque siempre hay separación limitando nuestra libertad- creando un terreno de juego común con el género humano en cada uno. Es un acto modélico, paradigmático, antítesis de la envidia.
El ídolo, por el contrario, es un espejo que sólo nos permite vernos a nosotros mismos, invisibles a los demás cual vampiros narcisistas. Haciendo que nuestra mirada constituya impositivamente al otro, le impone nuestra imagen y semejanza, con conocimiento controlador y amor de posesividad, y por eso se cobra, no es gratuito, sólo produce vértigo, dependencia, no éxtasis, buena vibración. Al ver a Margarita, Fausto exclama: tu cuerpo es el resumen de las maravillas de todo lo divino, un cosmos que alberga los reinos mineral, vegetal, humano y angélico, dejando de ser un obstáculo para abrirse infinitamente, pues ya todo en nosotros está activo y en plenitud de alegría.
[1] Ejemplo de voluptuosidad es la obra del foucaultiano Michel Onfry, ocho volúmenes de hedonismo barroco chez Grasset.
[2] Hadjadj, F: La profundidad de los sexos. Ed. Nuevo Inicio, Granada, 2009, p. 132.
[3] Orwell, G: Rebelión en la granja. Ed. Destino, 1976, pp. 54 y 57.
[4] Hadjadj, F: La profundidad de los sexos cit, pp. 76-77.
[5] La Mettrie: Antiséneca, o discurso sobre la felicidad. Ed. El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2005, p. 118.
[6] Skinner, B-F: Más allá de la libertad y la dignidad. Ed. Fontanella, Barcelona, 2001 p. 76.
[7] Mounier, E: Tratado del carácter. Obras, II. Ed. Sígueme, Salamanca, 1993, capítulo tres.