La florista vuelve a su puesto en El manojo de rosas. También el insólito Espasa retorna a Honolulu, con su vocabulario pleno de neologismos —que ríase usted del esperanto como lengua—. Joaquín, el supuesto mecánico, al taller con su colega Capó, Clarita, a ayudar a Ascensión y, don Ricardo, al Getafe de los aviones y los aviadores. Es la magia del teatro, que recrea una y otra vez los mismos momentos en cada una de sus representaciones. En este caso, la maravillosa zarzuela La del manojo de rosas no podía ponerse de nuevo en escena sin la impresionante y ya mítica escenografía de Emilio Sagi —nieto de Emilio Sagi Barba y sobrino de Luis Sagi-Vela, responsables y partícipes de esta obra en su concepción y estreno, allá por el año treinta y cuatro (la friolera de 90 años ya)— ideada para la producción de 1990 —34 años la contemplan—. Unas fachadas de unas casas al más puro estilo Amalia Avia, recreadas de forma hiperrealista, incluyendo lo que sucede dentro y fuera de ellas; una escena en el piso superior de uno de estos bloques, donde la parte arquitectónica que impediría el visionado asciende para permitirnos ver, como excepcionales voyeurs, lo que sucede tras la cuarta pared; la recreación de la lluvia mediante una fina pantalla como velo inexistente. Todo para dar verismo a una parte de Madrid inventada: la plaza “Delquevenga”, surgida del ingenio único del libretista Francisco Ramos de Castro, cuyo innovador sentido del humor podría situarle como “precedente” de los doblajes “chanantes”; sólo hace falta visionar algunas de las películas silentes del slapstick a las que dio voz. El propio Ramos haría el papel del camarero “hiperbólico” y “trabalengüero” en alguna ocasión —una foto nos lo confirma, en la que aparece ataviado con aquel vendaje caricaturesco en la última parte de la obra—.
El Teatro de la Zarzuela ha tenido a bien servir de lugar para la nueva representación de este sainete mayúsculo, que confirmó a Pablo Sorozábal como lo que era: un compositor de los pies a la cabeza. Mi opinión no es muy objetiva, lo sé —le considero uno de los mejores compositores españoles de este género, si no el mejor—. Este juicio me lo inculcó mi padre, y antes que él mi abuelo. Su admiración por el músico donostiarra es algo que me llevaré al otro mundo, pues es también la mía. Nunca olvidaré, siendo niño, cuando fui con él como nieto a verla en dos ocasiones: la primera, en el Centro Cultural de la Villa, antes de cuya representación se guardó un minuto de silencio en respeto por Miguel Ángel Blanco, quien en esos momentos permanecía secuestrado por ETA; la segunda, invitados ambos por una amiga pianista, a la representación de esta misma zarzuela en el teatro de la Zarzuela. Le recuerdo llorando como un niño en la romanza No corté más que una rosa, que pone los pelos de punta. Él, que era un hombre duro de su tiempo —nacido en 1918 y habiendo participado en nuestra guerra—, era también todo sensibilidad. Vicente Mateo Rivero me hizo amar la música española en general y la zarzuela en particular. Mi padre también, además de la ópera y la música clásica en todo su espectro. Pero eso es ya otra historia.
La del manojo de rosas supone una heterogénea combinación de géneros y estilos, que van desde la comedia al drama en la dramaturgia, así como del chotis, la farruca, la mazurca, la habanera o el fox trot en la música. Con ella vamos de la risa a la emoción y, cuando no, al llanto. Nos habla de la dignidad por encima de las clases, del orgullo y de la humildad, de las confusiones o malentendidos y de las sabias y honrosas reparaciones morales. Se nos planta entre lo más castizo y lo más universal. Es de una época pero también atemporal. Es, en definitiva, un regalo para todo melómano y persona sensible que se precie.
En esta nueva representación, se ha contado con una batuta tan internacional y rigurosa como la de la mexicana Alondra de la Parra, cuya juventud y entusiasmo va ligada a su profesionalidad. Nueva y flamante directora artística y titular de la Orquesta y Coro regionales –ORCAM–, supo llevar a la orquesta a su terreno desde el foso, con elegancia y saber estar. En lo tocante a los intérpretes, brilló sin duda Ángel Ruiz en un papel difícil debido a su vis cómica, no pudiendo interpretarlo cualquiera. No lo tenía fácil, pues como precedentes tenía al gran Luis Varela, Rafael Castejón o David Muro, de quienes disfrutamos plenamente en sus interpretaciones pasadas. Seguimos con la soprano Beatriz Díaz, quien ha dejado su estela en escenarios como los del Festival de Salzburgo o la Ópera de Roma, refrendada por directores como Riccardo Muti. La acompañan el barítono David Menéndez como Joaquín o el tenor Gerardo López como Ricardo. Y, para los nostálgicos que aprecian estos detalles, la estupenda Milagros Martín interpretando a doña Mariana —madre de Joaquín—, siendo en los noventa la Ascensión junto con Carlos Álvarez como Joaquín en la antológica versión.
Quedan muchas puestas en escena más porque, como hemos dicho, se trata de una obra inmortal. El teatro, completo de público, aplaudió a rabiar. Para que luego digan que el mal llamado “género chico” y el teatro lírico tienen fecha de caducidad.