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TRIBUNA

Un siniestro vaticinio de McLuhan

martes 26 de noviembre de 2024, 19:02h

Un puñado de sobresalientes periodistas e incluso algunos reputados diarios han manifestado públicamente durante estos días la cancelación de sus cuentas en X (antes Twitter). Tales anuncios se me antojaron sorprendentes en profesionales de la información y, por tanto, de sobra conocedores de los intríngulis del asunto, pues dejaban traslucir como si, tras la aplastante victoria electoral de Donald Trump, hubiesen descubierto de súbito que tanto esta plataforma de microblogueo como sus semejantes Bluesky y Threads, o las otras aplicaciones digitales de comunicación, sea YouTube, o Instagram, o Wikipedia, o Facebook, o WhatsApp, pertenecían a sociedades privadas y, bajo tal circunstancia, sujetas a las preferencias y manipulaciones de sus dueños. Quizá su equívoco recién desvelado provenga de la repetidísima denominación con que las agrupamos corrientemente: redes sociales; disipando con el calificativo de sociales su primera y esencial función en tanto que empresas mercantiles: producir un beneficio a sus creadores y dueños, llámense Mark Zuckerberg o Elon Musk.

Añadiré, además, que ni como Twitter antes, ni como X ahora, he sentido la menor tentación de utilizarla, porque me resultó antipático un sistema de comunicación que imponía un número restringido de caracteres —originalmente, 140; y en este momento hasta 280—, cuanto permitía poco más que una soflama o, en el mejor de los casos, una felicitación; en definitiva, simple propaganda. Pero si yo adiviné entonces su chata y hasta burda función; ¿cómo personas mucho más duchas en el oficio de la divulgación no lo atisbaron de inmediato? De modo que dárselas ahora de ofendidos por cuánto haya contribuido su propietario desde los intestinos del sistema al triunfo comicial de Trump, suena más a mera pataleta que a benemérito arrebato en defensa de una supuesta ecuanimidad. Es más; en esa hipotética equidistancia, basada en la ilusa apariencia de que cuantos mensajes circulan por ese sistema son producto libre e individual de sus afiliados, es donde se halla la gran trampa, cuando es notoria, hasta para una persona del todo ajena a ese tinglado como servidor, la capacidad de primar los mensajes favorables a los intereses de la empresa, mientras son postergados y hasta suprimidos aquellos que la incomodan; eventualidad que los ahora escandalizados conocían o debían conocer suficientemente cuando participaban en Twitter o, recientemente, X.

Y este suceso no superaría la importancia que encierra el elegir esta o aquella cabecera de periódico ante el quiosco si no fuese porque las redes sociales en su conjunto, por el constante e íntimo uso del smartphone, han modificado decisivamente nuestros hábitos y, en muchos, hasta la mentalidad. Sobre tan espinosa coyuntura estábamos abundantemente avisados por Diego Hidalgo —quien, por cierto, recomienda el empleo de un teléfono portátil de los llamados «de concha» para prevenir esta dependencia— en Anestesiados (2021), donde expone con multitud de testimonios las estrategias y los mecanismos de esa ingeniería para coartar nuestra «capacidad de elegir», que, en palabras de Jean Paul Sartre, sería el sustrato último y definidor de la libertad. Al punto que me resulta hasta redundante repetir la sentencia de Marshall McLuhan, el gran tratadista de la comunicación, cuando, a la vista de los primeros balbuceos de las redes electrónicas, advirtió: «Una vez que hayamos supeditado nuestros sentidos y sistemas nerviosos a la manipulación privada de quienes intentarán beneficiarse a través de nuestros ojos, oídos e impulsos, no nos quedará ningún derecho».

Décadas antes, Martin Heidegger, al sopesar la irrupción de la tecnología en la historia, ya intentó proponer en sucesivos ensayos una nueva posición del hombre ante este avasallador fenómeno, no acabara «cosificándose» como ya había obrado la técnica a secas con la naturaleza. Esta poiesis radical heideggeriana —«vivir como si estuviésemos al borde de la muerte»— no surtió el menor efecto por la propia «facticidad» de la vida que, en la actualidad, nos impele sin receso a incurrir en las redes sociales como utilísimas muletas —o en la conceptualización de McLuhan, «prolongaciones»— de nuestra fisis. No obstante; este empleo como meros mensajeros se me figura prudente si lo comparo con la afición por las aplicaciones digitales que procuran una respuesta de la comunidad de «amigos» o seguidores —casi todos, desconocidos— y que han provocado una morbosa egolatría en sus adeptos —alimentada sin tregua con fotos o selfies, o con magnificaciones de celebraciones particulares, o con esos chistes (en su mayoría groseros) llamados memes—, quienes, persiguiendo un gratificante e inmediato reconocimiento, quedan viciosamente presos de estas plataformas, mientras su existencia se satura con un presente banal tan fugaz como apremiante.

Esta ansiedad por la rápida satisfacción individual anula cualquier aspiración hacia un porvenir común, cuanto deja a sus practicantes crédulos e indefensos ante las fulgurantes fake news y otras obnubilaciones perniciosas, al tiempo que los va sumergiendo, por simple abuso, en un solipsismo y su correlato: una realidad exclusivamente virtual; cuyas consecuencias más chocantes y extremas ya las estamos atisbando con noticias sobre alguna que otra reciente solicitud de matrimonio con un «avatar», fabricado mediante ordenador. Evidencias palpables de esa «cosificación» que temía Heidegger hace casi una centuria.

Dicho esto, les aseguro que no pretendo encaramarme sobre el estrado de los apocalípticos, sino describirles, desde mi formación entre los estertores de la Galaxia Gutenberg y los inicios de la Aldea global televisiva, el presente, además, con una resignación compadecida por las nuevas generaciones, inmersas desde la infancia en esta nueva Digitalización global, cuyo destino parece conducirse al cumplimiento del siniestro vaticinio de McLuhan.

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