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TRIBUNA

Abierto al azahar

domingo 01 de diciembre de 2024, 19:31h

El planteamiento es el siguiente: de la tierra ha desaparecido la humanidad, no queda rastro alguno, pero la inteligencia virtual del ChatGPT continúa en funcionamiento, sigue indagando en cuestiones que ya nadie puede preguntar. Su aislamiento, en pugna con el simulacro de su conocimiento, termina por ser una viva representación de la extinguida voluntad poética humana; esa necesidad, esa insistencia por levantar palabras a un vuelo siempre rasante en decepcionante comparación al que se pretende. Pero no acaba ahí. Nunca lo hace. Sólo la muerte se permite acostumbrarse, segura del dominio heredado. Se le ha cedido todo el sitio. Sin oponentes, si acaso un débil y remoto recuerdo de todo lo que fue, de la existencia que era un ‘marco de lo terrible’, intentando una vez más ese sobrevolar como entonces hacía sobre las conciencias aunque nadie prestase atención, hasta ser demasiado tarde.

Los nuevos poemas de Juan Ángel Asensio han detenido su rítmica y su rima en la inmensidad que representa ese páramo. Breve tratado sobre la profundidad de los cuerpos demuestra una preferencia por la seriedad y la hondura, si tenemos en cuenta que el título publicado meses atrás, Los restos del rayo, apostaba su voz por la construcción y las fuerzas entregadas a la seguridad amorosa —capitaneada por los impulsos sensuales más que por un verdadero cimiento que posibilitase que el amor encontrara su sitio, aun disfrutando de esa dulce incertidumbre por lo que el futuro deparase—, pero esta última remesa evita los versos largos y el remolonear en imágenes donde la esperanza era fácilmente alcanzable y se colaba su alegría sin mayores impedimentos.

En este Breve tratado, el poeta madrileño se embarca en la meditación sobre todos los cuerpos, que escritos son el mismo sin cambio alguno, pero bien mirados suponen un paseo por sus afueras, supone definir sus dimensiones y la jerarquía que justamente o no han ocupado en el mundo. Sus presencias son turbadoras, igual que sus ausencias y sus acciones: ‘estatuas que se sacuden he soñado/ con los hombres esta noche madre/ necesito tu consuelo/ son tan crueles/ no les caben más palabras en la boca/ que es de trigo/ que es de tiniebla tierna/ que son/ tan crueles madre/ por qué dudan porque/ caminan/ hacia la más inmóvil de las noches’.

Tienen que desaparecer para reconocerse. De esta manera, Asensio comienza a escribir la hermosura de esos brotes que se adjudican cuantos adjetivos crean necesarios —inexpertos, agraces, limpios, amargos— para enfrentarse a la inminente borradura. La mística, una vez más, trae una oportunidad de nombrar lo que se escapa de las leyes físicas y adquiere sobre las estrofas la misma luz y espectacularidad de lo angélico para caer de bruces sobre nuestras piedras que son nuestro lenguaje, dispuestas para la erosión. Uno se encuentra en fuga ‘hacia la transparencia de la lumbre/ hacia las ínsulas extrañas’, y aun así reconoce que muere ‘de no haber partido’, que ‘no hay enfermedad más grave/ que la del agua quieta/ por eso muero/ muero de no haber caminado/ lo suficientemente lejos’. ¿Qué cree que aguarda al final de esa travesía? Imposible que una respuesta se acerque siquiera un mínimo a esclarecer. No debería atreverse. Nadie.

Juan Ángel Asensio escribe su poesía abriéndose al azahar, utilizando el juego de palabras que el profesor Ángel García Galiano mencionó en la presentación de este libro, porque es la manera correcta de recibir esos manantiales funestos, sin atreverse a beberlos, sólo contemplando su descenso, mientras los dioses a cambio nos entregan edades y carnes que se trasforman a contrarreloj, sin tiempo de oponerse, y se meten dentro de los cuerpos y tornan sus vidas en manjares, frutos, asombros, nos dice. Será la constatación de un absoluto. Un aliento disuelto por la belleza que pudo equivocarse. La muerte no. Ella se confirma y prevalece.

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