La burocracia es una de esas palabras que parece no necesitar presentación. Usted y yo participamos de ella. Malgastamos tiempo en papelotes, trámites, impresos, devengos, modelos 56 y demás basura documental que, como los buenos gérmenes, se reproducen cada vez haciéndose más y más grandes y más protagonistas. El proceso engulle el resultado. El triunfo de lo inútil.
El origen etimológico de esta palabra se remonta al francés bureau (escritorio) y al griego kratos (poder). Nació como una forma de organizar administrativamente el Estado, sistematizando procesos para garantizar orden, equidad y transparencia. Sin embargo, con el tiempo, la burocracia ha denostado su significado simbolizando las marañas de trámites que tantas veces dificultan más que facilitan la vida de ciudadanos y empresas.
En España, un informe del Instituto de Estudios Económicos estimó que la excesiva burocracia puede costar a las compañías hasta un 4% de su PIB anual, básicamente en términos de tiempo perdido. Para los ciudadanos, el gasto no solo es económico, sino también emocional. Los interminables trámites generan frustración, retrasan proyectos y pueden desincentivar la participación en procesos administrativos esenciales que, además, se acentúan con la brecha digital, ya que hay procesos que solo se pueden hacer con páginas webs obsoletas, aplicaciones hechas con BASIC (10 CLS, usted ya sabe) y sin optimización para móviles. Si no saca turno no se le atiende y el primero disponible es para dentro de tres jueves a las 11:37. Un coñazo, vamos.
En su esencia, la burocracia está diseñada para organizar lo complejo y garantizar que las decisiones se tomen de manera imparcial. Sin ella, dicen, sería casi imposible gestionar un sistema educativo, cobrar impuestos, garantizar servicios de salud o mantener el orden público. Es el esqueleto que sostiene al Estado moderno. Sin embargo, cuando los procedimientos se multiplican sin sentido, se alejan de su propósito inicial y se convierten en un obstáculo, máxime cuando, en realidad, hay burocracia generada que nadie lee jamás, y yo, que soy gamberro literario, les invito a recrearse en esa burocracia inútil pero “obligatoria”.
Jueguen a hacer palíndromos con algunas de sus frases, a utilizar patrones lingüísticos específicos (separando por puntos tantas palabras como tiene la secuencia de Fibonacci, por ejemplo), construyan frases sin sustantivos o sin adjetivos, o mejor, aún, prueben a ver qué tal sin verbos, homenajeen a Perec y prueben a no utilizar alguna de las vocales (“Solicité, cumplí con los tiempos, respondí, ¿y qué obtuve? Retornos inútiles.”), simulen el lenguaje decimonónico ("A la augusta consideración del excelentísimo órgano administrativo competente, elevo esta humilde súplica con el propósito de recabar su benévola intervención en el asunto que me ocupa…”) o utilicen sin paliativos el surrealismo y el Dadá. Pidan cosas imposibles, recréense en los detalles más estúpidos y manden expone-solicita exponiendo donde se solicita y solicitando donde se expone, por ejemplo.
No piensen que protestar frente a la burocracia con esta performance es un simple pataleo. Wittgenstein nos diría que la forma del lenguaje actúa como vehículo para encajar en el marco estructural que define la burocracia. Con la burla penetramos capilarmente en el absurdo que es el dejarnos llevar sin más oposición por la gran maraña. Qué decir de Foucault y el lenguaje del poder que llevan a cabo las instituciones. Para Kafka, la burocracia y sus rituales son representaciones absurdas de la condición humana: un intento vano de darle sentido al caos mediante procedimientos interminables. Una instancia podría entonces leerse como una especie de oración dirigida a un "dios administrativo", inalcanzable e indiferente.
Hablamos del absurdo, pero nuestros movimientos no lo serán jamás más delirantes que los de la institución. En el mayor de los colmos se nos informa que se reducirá la burocracia a quienes desempeñamos trabajos para la administración; y desde que se ha dicho esto la burocracia ha aumentado y no solo es eso, sino que además se empieza a poner de moda el meter prisa, el ASAP (as soon as possible) de la empresa privada. El problema crece y crece y usted y yo tragamos y tragamos. Kafka mostró lo que ocurre cuando un sistema pierde de vista su propósito: que se desmorona. La extrapolación está servida.
Si alguna vez Kafka imaginó a un hombre devorado por la maquinaria de los trámites, quizás vislumbró lo que hoy vivimos: un sistema donde cumplir las reglas parece más importante que el propósito mismo de la norma. El mejor maestro es el que rellena más planillas inútiles, ¡qué triste! La burocracia debe ser un medio, no un fin. Quizá, en un universo paralelo, infinitos monos tecleando sin descanso lograrían escribir el Quijote; en este solo han conseguido llenar el mundo de inútiles formularios, planillas absurdas y programaciones ficticias. Quién sabe si, entre toda esta basura intelectual hay alguna obra maestra literaria oculta como la que pudiera haber escrito uno de esos infinitos monos tecleando en infinitas máquinas de escribir.