Si existe alguna ventaja en la tercera edad, es la seguridad que se adquiere a la hora de echarle valor al toro para saltarse las reglas, aunque sean unas que poca importancia tiene incumplirlas. Uno ya ha visto y le ha pasado de todo, qué se le va a hacer por esa transgresión de andar por casa. Así debía pensar la marquesa de S. cuando acabamos entrando gratis al cine, esperándola cerca de la puerta de la sala, sujetándola, mientras otros espectadores iban pasando y me agradecían que la tuviera abierta, mientras no dejaba de mirar fijamente a la chica cruzada de brazos sobre su polo-uniforme y la manera en que iba siendo convencida por la marquesa con vete a saber qué razonamientos. Surtieron efecto. Sin mediar una palabra más, le cogió la mano con dulzura y le dejó la correa del galgo, que husmeaba aquí y allá con esa indiferencia perruna que nosotros solemos pensar que es su forma de saber estar, su buena disposición para ser llevado a cualquier lado ya que ha sido adiestrado, y no, únicamente le da igual.
Fuimos a ver la nueva película de Olivier Assayas. La nuestra ya empieza a ser una relación de amistad-abuela-nieto no establecida verbalmente pero sobradamente creíble cuando se dan estos lances. No quise preguntar qué milonga le había contado a la chica, pero que tuviese al galgo a su cuidado y el susodicho se dejase acariciar parecía demostrar que el embuste había sido todo un éxito. Salimos una hora y media después y se despidieron con dos besos, como si de una cliente asidua se tratase. Un beso, lindísima, adiós, adiós, de mayor queremos ser como usted, comentaban la de la taquilla y ella, haciendo esperar a los de la nueva fila para los siguientes pases.
Cruzamos la plaza de España, ya con el ajetreo de los preparativos de los puestos navideños y terrazas improvisadas donde temas musicales de Bizarrap y parecidos se mezclan con villancicos, luces ambarinas, muñecos de nieve, guirnaldas de pino, cervezas y mojitos a precios de tomarse varios para creerlos normales, conformando una armonía difícilmente sostenible más allá del cansancio y las ganas que la gente tiene cuando el año se termina, cuando, de nuevo, ya se ha visto y ha pasado de todo. En el fondo, cualquier fiesta acaba desembocando en una sola, en variaciones de un mismo carnaval.
La película de Assayas no nos entusiasmó. Hablaba de la pandemia, de los meses de confinamiento, donde se sitúan las semanas que pasan dos hermanos, uno director de cine y el otro periodista musical, en la casa campestre familiar de la pequeña localidad de Montabé, idílica y embriagante, donde ya hubiéramos querido muchos pasar el sopor y temor de aquellos días. Hablaba también de cómo cambió la perspectiva respecto al uso y trato de la cultura, del espejismo de salir mejores de todo ello; pasatiempos para después volver a lo de siempre, reflexiones que, a cuatro años de los hechos, no suscitan nuevos debates. En resumen, una película desfasada pero correcta, con sus gags para mantener un cierto interés hacia su reclamo de comedia, realmente disfrutable si uno es francófilo y sabe aguantar lo didáctico involuntario de varias escenas, si conoce los guiños directos o velados a la vida privada de Assayas.
Sí coincidimos la marquesa de S. y yo en la atención que ponían los personajes y el narrador, en secuencias que hacían de paréntesis entre la absurdidad humana, en la carga anímica y sensitiva del paisaje. Era lo mejor del largometraje. Se agradecía que, como remedio a la planicie de la historia en sí, el nombrar las plantas, los árboles, los recuerdos enraizados a las veredas y fincas deshabitadas, los paseos a solas o con la familia, la tumultuosa juventud que acogieron, se hiciera con un tempo descriptivo que realmente adquirió otra tesitura durante los meses del confinamiento. La naturaleza tuvo su tregua y nosotros pudimos tomar distancia para admirarla y temerla. El escenario de la pista de tenis, con su referencia al mundo perdido, estilo Finzi-Contini, donde seguir jugando, donde se espera volver a oír un rebote cuyo sonido golpee en distintas edades.
Algunas de las cartas que me había enseñado la última vez que me invitó a su casa de la calle Santa Isabel hablaban de lo mismo. Una de mediados o finales de un noviembre remoto, la marquesa desde la mansión en el campo, comentando a su marido unos trabajos que realizaban en una parcela cercana a la suya, no quedándome claro si de su pertenencia o no, relatando la poda de unos chopos. Tardaron varios días. La marquesa fue a echar un rato cada uno de ellos y hablar con los encargados. Supongo que algunos verían raro que una mujer de buena posición acudiera a presenciar los cortes en las ramas, si no es raro de por sí que se ordenase una poda cuando ya sus hojas hubieran caído. Las líneas de la carta hablaban insistentemente de la tala. Algo debió percibir en la junta de leña que le supuso un respiro, no me entretuve en averiguar de qué. Quizá de la propia escritura de esas cartas. Uno, cuando escribe, está más solo aún que lo que intenta reflejar. Quizá le fuera imposible explicarse, hacer inteligible su gana de reunirse con él, afrontar de ese modo la dureza climática de esos meses. Su angustia, seguramente no comunicada a nadie más, se manifestaba en intervalos más cortos, agrupándolos en esos papeles en los cajones de su buró o de su armario, igual que aquellos hombres con los haces de una madera próximamente destinada a las hogueras.