La caída de un dictador sanguinario y despiadado como Al Asad no va a convertir a Siria en una democracia de la noche a la mañana. Al Julani, el líder de los grupos rebeldes yihadistas que ha tomado el control en Damasco, en su día perteneció a los terroristas de Al Quaeda, y ahora depende de Turquía, el país que sale beneficiado de esta revolución. Rusia e Irán, sin embargo, son los grandes perjudicados. Putin ha perdido su principal salida al Mediterráneo y el país de los Ayatolás se ha quedado sin su base principal para atacar a Israel con los terroristas de Hizbulá.
Con la cobarde huida de Al Asad de Siria se mueve el tablero geopolítico en la región. Como escribe nuestro colaborador Ricardo Ruíz de la Serna, “el Eje de la Resistencia se ha roto y es difícil saber si Teherán podrá reconstruirlo. De momento, sólo acumula derrotas estratégicas en Gaza, en El Líbano y ahora en Siria. Rusia está ocupada en la guerra contra Ucrania. Israel ha tomado posiciones 14 kilómetros adentro del territorio sirio. Todo parece indicar que Turquía tutelará la Siria post Asad”.
La toma de Damasco por los rebeldes supone en buena parte el fin de la guerra civil siria que duraba ya 13 años y que el Ejército del sanguinario Al Asad había aprovechado para asesinar al menos a 300.000 personas, incluso, con el uso de armas químicas, y la expulsión de 5 millones de personas. Pero el futuro político y social de Siria es incierto. Hay que esperar la reacción de Rusia e Irán, tras perder su influencia así como los movimientos estratégicos de Israel en el territorio que acaba de ocupar. De ahí, que Estados Unidos y la UE, principalmente, deberían alentar a Turquía, el país que puede liderar el cambio de régimen, a que impulse una reconstrucción pacífica y la instauración de una democracia plena. Suena a utópico, tratándose de Oriente Medio y de Siria. Pues los yihadistas comandados por Al Julani han tomado el control del Gobierno de Damasco para quedarse con el poder desde sus radicales posiciones islamistas. Lo mejor, en todo caso, es la caída de un tirano genocida que gobernaba el país con puño de hierro desde hace 20 años. Hay que celebrar, pues, el fin del horror. Lo peor, sin embargo, es la irrupción de unos insurgentes de origen yihadista en medio del vacío de poder tras el exilio en Rusia del sátrapa Al Asad.