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TRIBUNA

Lectores sin corazón

jueves 12 de diciembre de 2024, 20:04h

He leído al paso palabras de una autora de éxito muy merecido, que lanza su anatema contra los desesperanzados agoreros que acusamos a los más jóvenes de huir de la lectura. Es una persona erudita y autora de un libro magnífico lo cual permite, sin duda, albergar alguna esperanza en que esa vieja competencia de la lectura y la escritura no se ha de perder. Irene Vallejo, cuyo “El infinito en un junco” merece – a mi parecer – todos los aplausos que ha recibido, no acepta un diagnóstico tan melancólico como el que suelo expresar. No quiero pecar de un dogmatismo fácil y, de hecho, el valor que reconozco a la autora me hace dudar de lo acertado de mi juicio. Desde luego, no comparto la abominación senil de la juventud, como tampoco su glorificación ideológica. Conozco, no sólo a causa de mi oficio, un número alto de adolescentes y jóvenes entre los que siempre encuentro lectores voraces. Tampoco doy por sentado que esa voracidad sea, por sí misma, digna de mayor estima. La naturaleza de su alimento no deja de tener su importancia.

Pese a todo hay muchas consideraciones que contribuyen a mi impresión negativa en relación con el porvenir de ciertos géneros de lectura y escritura. Estas consideraciones no se detienen en el desdén hacia las letras que pudiera haber tomado a la población más joven.

Me pregunto si el libro de Irene Vallejo no es una excepción a la condición de lo que hoy demanda el mercado editorial. Su éxito pone en entredicho la validez de esa demanda, pero si hay que impugnar los criterios del mercado es porque son hegemónicos y el libro de Vallejo resulta excepcional. Su riqueza literaria, su elegancia expresiva, su erudición ordenada se sobreponen a las acostumbradas exigencias comerciales. En cualquier caso, su éxito da fe de la realidad de un público que aprecia el trabajo bien hecho. Ignoro el dato relativo a la formación y edad media de sus lectores, me gusta creer que son asombrosamente jóvenes. En todo caso, si la media de edad es más alta mediarán en la transmisión de esa práctica. Concedo, en conclusión, que no está todo perdido.

Arriesgaré, pese a todo, otra consideración. El libro magistral de Irene Vallejo es, por así decir, translúcido. No es arduo, lo cual es una bendición, pero tampoco tiene aristas. No es cortante como la obra intempestiva de quien no se encuentra cómodo en el presente, no hiere nuestras convenciones, no agrieta el suelo bajo nuestros pies. Es más difícil ser bien recibido cuando se viene a negar las convicciones compartidas. El escritor debe distinguir, sin duda, el error del que yerra y, por mi parte, nunca he podido odiar otra cosa que una idea. Y, sin embargo, al impugnar convicciones – erigidas en verdades indudables – se señala su asimilación acrítica y la reacción del señalado no es generalmente amable.

Naturalmente la defensa de la verdad no exige ir siempre a la contra. Hoy es necesario añadir que, al hablar de la verdad, no pretendo una posesión ni indudable, ni exclusiva. En cada página me arriesgo a una enmienda que pudiera conmover mis posiciones de partida, pero no pertenezco a ese género ultramoderno de personas que se expresan titubeantes y se disculpan de antemano por defender sus ideas. Chesterton anunciaba hace un siglo una nueva raza de hombres “demasiado modestos para creer en la tabla de multiplicar”. Hoy son la norma, pero si es verdad que el escepticismo es el principio, también lo es que todo escéptico es un principiante.

Por lo demás, decía, no es necesario ir siempre a la contra. En ocasiones asumimos la verdad de una opinión ampliamente compartida, también hay ocasiones en que los apocalípticos nos sentimos integrados. Ciertamente, son muy raras ocasiones.

El libro del que hablaba es de una magistral delicadeza y, por mi parte, agradezco profundamente una escritura que expresa una personalidad sosegada, no condescendiente, y una sutil visión de la historia. Hay, sin embargo, escritores de estilo abrasivo y árido, con los que todo diálogo es una pelea. Puede ser un combate caballeresco o una peligrosa danza que puede degenerar en una refriega desordenada. No suelen ser bien recibidos porque nos objetan y rechazan. Su lectura no es dulce porque esconde el riesgo de una conmoción personal. Ésta es, a mi juicio, una función esencial de la filosofía que, por su naturaleza, no se compadece con un mercado abundante ofrecido a la libre elección en una sociedad afectada de infinita tolerancia. Esa función es signo, sin embargo, de una democracia real, muy distinta de esta sociedad vacía bajo gobierno de lejanas élites tecno-económicas.

¿Sería mucho pedir que ese amplio público lector, cuya existencia demuestra el libro de Irene Vallejo, supiera además encajar? Asumir el golpe y disponerse a la defensa, pero no abandonar el campo o apelar a las fuerzas de seguridad. Aceptaré que existe un público lector de manos delicadas. No me parece que exista, sin embargo, un público magnánimo o de gran corazón. Manos delicadas y corazón pequeño hacen mala figura. Es, me parece, la característica no ya de los lectores españoles actuales, sino del hombre moderno en general. Añadiría nuevas consideraciones, pero no quisiera que ninguna desmereciera el excelente “El infinito en un junco” por más que – es el destino de los incorregibles – tanta consideración consiga indisponer contra mí el ánimo de sus muchos lectores y tal vez me reporte, ¡ay! como tantas veces, un doloroso desacuerdo.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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