Se aproxima otra Navidad en la que, bajo innumerables lucecillas, se eclipsa el valor religioso del acontecimiento que conmemora. La Encarnación – esa incalculable herejía para un monoteísmo espiritualista y abstracto – de la segunda persona de la Trinidad – esa incalculable desviación para un monoteísmo lógico y distante –. Todavía no hace muchos años podía oírse lo de “se armó la de Dios es Cristo”, que es la que se arma cuando se afirman esos dogmas esenciales ante un monoteísmo sin matices. No ya ante el monoteísmo musulmán o judío, sino especialmente ante el unitarismo newtoniano que asumen numerosos defensores de la moderna racionalización del mundo.
Conviene recordar el sentido que hoy se esconde bajo tanto luminoso comercio. Especialmente a los empeñados en olvidar que “Europa es la fe y la fe es Europa” como martilleaba H. Belloc es su breve visión de Europa, escrita hacia 1920, antes de la última gran guerra: antes del final definitivo de la vieja Europa. Seguimos llamando por ese nombre a esa realidad económica de indeterminada extensión geográfica a la que, por otro nombre, conocemos como Occidente. Es la nueva Europa insustancial que alcanza en el presente un extremo de vaciamiento y consunción que parecía impensable hace tan sólo unas décadas.
Al menos en un olvidado tratado para una constitución europea se mencionaba – silenciando toda referencia a mil años de Cristiandad – la filosofía académica de tradición platónica como un contenido esencial de la Europa que allí quería definirse. Hoy con el cristianismo se olvida también cualquier referencia no ya a una metafísica teológica, sino a las mismas Humanidades. Europa es, a lo sumo, el templo de las ciencias y las tecnologías en las que se manifiesta la apoteosis del hombre, capaz de producir cualquier fenómeno natural incluyendo al hombre mismo, mejorado y aumentado.
El progreso tecno-económico es la epifanía del dios de la nueva Europa: el hombre racional, el sujeto de las ciencias. “En cuestiones matemáticas – dice Galileo – nuestro conocimiento es igual al divino”. La racionalización del mundo que acompaña el progreso técnico o industrial resulta de la reducción de todos los fenómenos a los procedimientos de las ciencias, partiendo de la medición de cualquier aspecto de la realidad. Esta racionalización permitiría el dominio pleno del mundo natural que absorbe a la misma realidad humana, vacía de todo elemento trascendente.
La exaltación luminosa de estos días, el derroche de energía que enciende las calles, parece índice de la potencia industrial del hombre. La Navidad, por el contrario, se manifiesta mejor en el oscuro rincón de un establo o ante la cálida luz del hogar: lejos del abundante brillo de los escaparates y de las falsas estrellas de led. Tanta luz oculta la negación de toda condición humana y la consiguiente afirmación del superhombre diseñado por las más recientes ingenierías.
El programa de incesante racionalización del mundo arroja, contra el pronóstico progresista, un balance atroz. No me refiero a la conversión del paisaje en una interminable escombrera de desechos, sino a la torsión dolorosa de la vida humana. A este efecto problemático se pretende dar una respuesta tecnológica. En efecto, esperamos del mismo progreso tecnocientífico la resolución de los problemas que el progreso tecnocientífico ha producido. Hace años que F. Schumacher declaraba: “el problema que plantea el deterioro del medio ambiente no es principalmente un problema técnico. Si lo fuera, no se habría planteado en su forma aguda en las sociedades tecnológicamente más avanzadas. (…) Proviene del estilo de vida del mundo moderno, que a su vez surge de las creencias más básicas, si se quiere, de su metafísica” . El problema proviene de la metafísica que se encuentra tras el ejercicio mismo de las ciencias, aunque se quieran libres de semejante escoria. Allí se encuentra la raíz de los problemas que asfixian este nuevo mundo industrial y todo progreso en la misma dirección supondrá costes crecientes.
La Navidad es figura de una comprensión del mundo y del hombre cuyo brillo – sin necesidad de cualquier iluminación artificial – irá imponiéndose a medida que caigan sobre nosotros las tinieblas que vislumbramos.