La partidocracia, como la peor versión de la democracia representativa (Alexander Hamilton/Jeremy Bentham), ha eliminado por completo la esencia de la democracia, esto es, que la preocupación (epiméleia) por los asuntos públicos no sea una obligación para todos los ciudadanos, convirtiendo a cada uno de ellos en un ciudadano inútil (achreîon), tal como nos dijera Pericles en su “Discurso Fúnebre”, al impedirle tomar parte (metecheîn) en los asuntos públicos. Hoy somos todos “achreîoi”, autómatas inútiles, a los que se les ha despojado de aquel derecho consagrado en nuestra Constitución en el Artículo 23: “Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos, directamente o…” Es por ello que me parece magníficamente cívico, propio de la civis virtus, que mi amigo, el gran jurista y abogado Juan Ignacio García de Jaime, haya denunciado mediante querella, ya ante la Sala Especial del Art. 61 LOPJ del Tribunal Supremo – que nunca se ha reunido desde el comienzo de este régimen para sentenciar una querella de este tipo -, a los tres últimos presidentes del gobierno español, por mantener la “estafa bastante” y engaño del voto y transgredir flagrantemente, todos los días, el Artículo 23 de la propia Constitución. Nuestra partidocracia padece una continua voluntad delictiva mediante falsos representantes de los ciudadanos y una falsa representación política que impiden la realización formal del referido artículo constitucional.
Siguiendo la terminología marxista, la Democracia Clásica – Atenas y Roma, fundamentalmente – no conoció la división del trabajo en relación con lo público y lo privado. No se distinguían los objetivos de la pólis y los suyos propios – lo mismo que los gerifaltes autonómicos en Santander -, y esa indiferenciación constituía la fuente de la grandeza de la ciudad. Cuanto más se parezca un Estado/pólis a la colectividad que lo fundamenta, en virtud de la participación política directa del mayor número de ciudadanos, más arraigado estará y más seguro.
La labor de todo buen ciudadano activo – ciudadano ordinario – en una Democracia consistiría en una constante modulación del entendimiento político en respuesta a la experiencia personal, extremo este imposible por no haberse desarrollado el mencionado artículo 23, y por las corrientes sectarias de todos los partidos políticos, que transigen en su doctrina a condición sólo de ocupar poder como botín de Estado. En esta “democracia” sin ciudadanos la oligarquía política detenta el monopolio del control tanto de la respuesta como de la interpretación de los acontecimientos. Los partidos no pueden sustituir jamás su análisis por el de la ciudadanía. No desafían nunca a un público de juicio independiente, sino que con desprecio pasan de él, considerando a todos los ciudadanos que carecen de cargos en los partidos, de “hypomeiônes”, por seguir con la terminología política del Mundo Clásico. El hipomeyón era el ciudadano con derecho a votar a los magistrados, pero sin derecho a ser candidato.
El discurso y los argumentos de Pericles, así como su ejemplo, se dirigían desde dentro de una comunidad a individuos que compartían con él una vida política; los discursos y argumentos de Sánchez, por el contrario y por ejemplo, se dirigen a hipomeyones temporal y espacialmente cercanos, pero infinitamente lejanos de los intereses y la experiencia política que interpreta. Los líderes políticos de la Antigüedad democrática, y, en parte, de los EEUU, hablan desde dentro de una práctica política a aquellos que comparten sus supuestos y hábitos de pensamiento. Defienden y ejemplifican las virtudes de la comunidad, incluso ante quienes, como Platón o Calicles, se sentían alejados de ella. Siempre tratan de persuadir a sus conciudadanos para que reconozcan y participen imaginariamente en los bienes internos de la práctica política, y por “práctica política” entendemos lo mismo que MacIntire: «una forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa socialmente establecida a través de la cual los bienes internos a esa forma de actividad se realizan en el curso del intento de alcanzar los niveles de excelencia que son apropiados para, y parcialmente definitivos de, esa forma de actividad, con el resultado de que los poderes humanos para alcanzar la excelencia, y las concepciones humanas de los fines y bienes implicados, constituyen un sistema» (After Virtue, a Study in Moral Theory). La práctica política es ajena a los bienes externos (prestigio, estatus, dinero), que pueden conseguirse en otras esferas de la sociedad, mientras que los bienes internos, los que fundan nuestra humanidad, no pueden asegurarse de ninguna otra forma, y sólo pueden especificarse en términos de la propia práctica y sólo pueden «identificarse y reconocerse por la experiencia de participar en la práctica en cuestión» (MacIntyre, op. cit.).
Es verdad que puede entrañar algún riesgo depender siempre para el orden político del ejercicio constante del juicio colectivo, pero es mucho más peligroso e inhumano no hacerlo. Además, la confianza en el buen juicio (gnômê) de la inmensa mayoría de los ciudadanos es la única manera que nos permite la flexibilidad, la adaptabilidad y la capacidad de responder a circunstancias cambiantes.
Nuestro sistema ilegítimo se defiende a sí mismo desde todos los poderes públicos ocupados ilícitamente por los propios individuos del sistema negando su ilicitud e ilegitimidad, constituido en juez y parte inexpugnable, inatacable para mantener y perpetuar la eliminación de los ciudadanos y la estafa absoluta de los ciudadanos falsamente representados. El artefacto fundacional ilegítimo e ilícito (La Santa Transición) generará necesariamente constantes acciones ilegítimas e ilicitud constante para perpetuarse.
El único consuelo que tenemos los vasallos españoles es el que al vivir bajo una falsa representación política, la repugnante maldad innata de este sistema político no puede vincularnos. La perversión política no es vinculante. La Nación no se ha ensuciado. Claro, que esto no nos puede servir de autocomplacencia. Estamos moldeados por acontecimientos pasados que aún no hemos sabido superar por el engaño, y que nos impiden el acceso verdadero a la ciudadanía. Sólo nos podremos enfrentar bien a nuestro futuro si la evaluación de nuestro pasado y nuestro presente es correcta. Sólo entendiendo bien nuestro agónico presente, de escándalo diario, nos enfrentaremos bien equipados intelectualmente al futuro. Y la forma probable de este futuro está implícita en la digna compresión de nuestro presente.