A pesar del alud comercial, a pesar de las desenfrenadas apelaciones de la...
A pesar del alud comercial, a pesar de las desenfrenadas apelaciones de la televisión al consumo, a pesar del despliegue comercial, lo que predomina hoy es la reunión familiar, el encuentro con los hijos, con los padres, con los hermanos, el calor del hogar. El mensaje evangélico lo invade todo y en los templos cristianos se reza porque se encuentren fórmulas que establezcan la paz en Gaza y Uganda. Aquellas tierras despedazadas colisionan con la noche de amor, con la noche de paz que se celebra en una buena parte del mundo.
La Navidad religiosa y familiar se impone a pesar del atolondrado tsunami comercial para el que lo más importante de esta fecha consiste en vender. Tal vez eso sea aceptable en otras celebraciones. Pero en Navidad prevalece el sentido familiar. Lo que se canta en las casas son los villancicos y las niñas y los niños tiene conciencia de celebrar una fiesta con connotaciones diferentes a las de otras del año. El árbol navideño se ha extendido, pero no ha podido con el belén que con mayor o menor envergadura se instala en todas las casas. Los oficios religiosos, sobre todo la misa del Gallo, abarrotan los templos y desde el Vaticano se robustece el mensaje de paz y amor que la Nochebuena, que la Navidad supone.
Es cierto que, en Madrid, el alcalde de forma absurda ha aceptado que las iluminaciones olviden a la Virgen María, al Niño Jesús y a San José, pero ese laicismo cutre no impide que el nacimiento del Hijo de Dios se celebre en toda su extensión. La Navidad como la Nochebuena son fiestas religiosas. La Nochevieja es una festividad pagana. Y a cada uno lo suyo. El pueblo español sabe muy bien a qué atenerse y está por encima de sectarismos y exclusiones.
Noche de paz, noche de amor… Y día de Navidad que 2024 años después sigue conmemorando el nacimiento en un portal de Belén que transformó el mundo.