Maestro ecologista: gracias por recordarnos contra viento y marea que la naturaleza es muy sabia, la prueba es que ya se ha ido de las ciudades y de nuestros ríos y mares.
Maestro puntual: llegar a tiempo a las citas es deber de caballeros, cortesía de reyes, hábito de gente de valer, costumbre de personas bien educadas y obligación de quien enseña. Quienes se hacen esperar revelan debilidad de carácter
Maestro justo: cualquiera puede enfadarse, eso es fácil, pero enojarse con la persona que se debe, en el grado correcto, a la hora precisa, por el motivo justo, y de la manera adecuada, eso tú lo has guardado celosamente en tu corazón para todos nosotros. Tu magisterio ha superado la monotonía, pues nos has hecho saber y saborear que existen aspiraciones elevadas, expectativas moderadas y necesidades pequeñas,
Maestro valiente: Ahora no somos tan miedosos, pues la humildad de corazón no exige que nos humillemos, sino que actuemos. En tu bendita escuela es mejor ser la viuda de un héroe que la mujer de un cobarde; en ella es fuerte quien sabe quebrar sus deseos; rico quien se contenta con su suerte; honrado aquel que honra a los demás. Para los débiles es lo inalcanzable, para los temerosos lo desconocido, para los valientes la oportunidad.
Maestro dialogante: tus sentimientos son otra persona dentro de la nuestra. Quien calla no siempre otorga, a veces simplemente no quiere discutir tonterías; tú inscribes los agravios en el polvo, las palabras de bien en el mármol. El maestro que no sabe hacer pensar es un fanático, el que no osa pensar es un bobo.
Maestro esencial: más valen quintaesencias que fárragos. Tu claridad es el ornamento de tus pensamientos profundos. Nunca consideraste el estudio como un deber, sino como una oportunidad: todos nacemos iguales, pero gracias a tu memorable educación es la última vez que lo somos.
Maestro perenne: Tú eres nuestro clásico. Pese al cansancio y la rutina, en cada paso que das has abierto cien senderos distintos, pues la experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que le sucede. Todos los días contigo son años, todos los años días. Uno detrás de otro, cada paso es una meta sin dejar de ser un paso.
Maestro posconvencional: gracias a tus viajes alrededor de tu habitación nos has regalado la llave del mundo; de ti hemos aprendido: que el hombre es un nudo de relaciones con el cuerpo orgánico de la naturaleza; que la lucha a favor de la justicia no es una sabiduría hecha a trompicones, y que preferible es sufrir antes que abstenerse. Lo que tú nos has regalado es duración, no mera historia, has sembrado nuestra memoria.
Maestro empático: no sabíamos todo lo que valíamos hasta que no pudimos ser junto a ti todo lo que somos. Abrazados a la confianza que has suscitado en nosotros sabemos que siempre es más noble engañarse alguna vez que desconfiar sistemáticamente; que quien se guarda un elogio se queda en el fondo con algo ajeno. Tu conversación ha sido el estiércol que sobre nuestro seco ingenio nos ha enriquecido. Tu capacitación no se mide por la cantidad de escepticismo que somos capaces de soportar, sino por la urgencia con que acudes al llamado.
Maestro bueno: gracias por haberte agachado para regalarnos este ramillete de florecillas que hoy y siempre llevamos agradecidos al pie de tu altar y cosido como Pascal al forro de nuestra chaquetas: sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos; lo esencial de una costumbre, de un rito, de una regla de juego, es el sentido de la vida que crean; amar no es mirarnos uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección; nos aman por los defectos, pues el amor verdadero es el esfuerzo necesario para digerirlos; hay que aprender a razonar, pero también a no razonar demasiado; las estrellas miden para nosotros las verdaderas distancias; al otro nunca se le puede visitar, es un territorio sin fronteras; si se pierde a un amigo son sus defectos los que lloramos; cuando donas recibes más de lo que donas, pues no eras nada y ahora llegas a ser: si no sigues donándote, nada has donado.
Maestro creyente: qué maravillosa aventura está corriendo Dios en cada uno de tus discípulos. También Dios tiene su infierno: su amor por nosotros. Maestro creyente, ruega por nosotros. Nuestra primera obligación es ser felices, la segunda hacer felices a los demás.
Querido maestro insoportable, estas reflexiones, queriendo ser empáticas y aunque no lo parezcan amorosas, son una severa crítica. Te rogamos la asumas con la misma benevolencia terapéutica con que son formuladas aquí para ti mismo.
Maestro incoherente: el prior jugaba a los naipes, pero ¿qué mientras los frailes? Por no actuar como dices que piensas has terminado alcohólico y has revalidado la sentencia “yo no tengo prejuicios, odio a todo el mundo por igual”. Tú no dices lo que piensas, ni haces lo que dices, ¿por qué sabes lo que tienes que hacer y no lo haces?
Maestro embustero: tu castigo es no ser creído cuando digas la verdad. Ni siquiera has aprendido el arte diplomático de engañar a los discípulos, les dices la verdad y nunca te creen, quitas al tuerto y das al ciego.
Maestro superficial: lo que más te inquieta no son las cosas, sino las opiniones sociales acerca de las cosas. No te enseñaron que la moda es lo que pasa de moda, por eso te repites y resultas tanto más previsible cuanto más cambias. Pero, aun vestido de seda, mono eres y mono te has de quedar. Los vicios que enseñas serán virtudes sociales.
Maestro insidioso: advierte con Cervantes que “es desatino /siendo de vidrio el tejado, / tomar piedras en la mano/ para tirar al vecino”. Quien cava un agujero para su prójimo puede caer en él. Si el cántaro da en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro y para el cantarero: quien ha quebrado el respeto de sí mismo no sabe ya acarrear agua para los sedientos.
Maestro procrastinador: el corazón del alumnado no perdona lo que se hace fuera de su tiempo. Por la calle del “ya voy”, nos llevas a la casa del nunca, pues cuando llega el tiempo en que se podría, ha pasado el que se pudo. Si no quieres rejuvenecer con el estudio, cásate con un arqueólogo o con una arqueóloga, cuanto más viejo o vieja te hagas, más encantador o encantadora te encontrará.
Maestro agachado: dile a tu amo que en César solamente manda César. En la sumisión puedes detenerte cuando subes, pero no cuando desciendes. Cuidado con la avalancha que tú mismo provocas, pues antes o después te arrastrará la estampida.
Maestro cobarde: lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos. Tu dictadura es el sistema de gobierno de férula y tono de dómine donde lo no prohibido es obligatorio.
Maestro relativista: no marees más con tu permanente mutación axiológica: “estos son mis valores, pero si no les gustan tengo otros”.
Maestro violento: jamás se penetra por la fuerza en un corazón, con el puño cerrado no se intercambia un apretón de manos. Por no haber enseñado que es forzoso obedecer a la justicia buena, has posibilitado que sea justo obedecer a golpes.
Maestro pusilánime: temes padecer, por lo cual ya padeces antes de padecer lo que temes. Por eso, cuando haces algo que no debes, siempre declaras que es tu deber.
Maestro inmaduro: nunca sabrás si el cariño que dices profesar a tus alumnos es paternal, maternal, o fraternal, por eso ellos tampoco sabrán a qué atenerse contigo. Por lo demás, tu odio está cegado por el fuego que llevas dentro de ti.
Maestrillo con tu simplista librillo: ¿por qué te empeñas cada día en hacerlo un poco peor, y en venderlo un poco más barato? Como la televisión, eres el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural.
Maestro autoritario: no hay riqueza más peligrosa que una pobreza presuntuosa. Presumes de águila, sin embargo no cazas ni moscas. Quisiste los mejores elogios, pero al paso que vas habrás de morirte antes. No siempre alguien de carácter tiene buen carácter, y no sirve alegar que cada cual tiene su modo de matar pulgas. El río abre un cauce y luego el cauce esclaviza al río, con tu mal efluvio naufragamos.
Maestro mercenario: vete ya, o comienza de una vez por todas a ser adulto. Sabemos que ponías excusas para ir al colegio, y que tu mamá tenía que levantarte cada día de la cama con la misma letanía: tienes que ir al colegio, Pepito, primero porque tienes cuarenta años, y segundo porque eres el director del colegio