El aforismo −como el diario que revisa días pasados− tiene mucho de género mixto que nos proporciona cierto goce o satisfacción. Puede ser una frase memorable y cruda, una máxima sin lenguaje rudo, un proverbio con el temor de no ser bien comprendido, una sentencia que queremos que valga (o se derrumbe) por sus propios méritos, etc. Tiene a veces relación con textos completos, y tiene que ver también con el haiku que, pese a su brevedad, nos deja la cabeza rebosante, saturada de grandes temas. Pese a su engañosa facilidad “es extraordinario porque todavía contiene un elemento de misterio, que llena la imaginación con algo que tiene categoría de éxtasis” (Henry Miller). Si no veo mi rostro (Polibea), de Juan José Martín Ramos, encierra grandes frases maravillosas que nos deleitan por su precisión y claridad.
En este volumen leemos nada más abrirlo a F. Scott Fitzgerald: “Uno debe saber ver que las cosas son imposibles y, sin embargo, estar absolutamente dispuesto a intentarlas”. El confesionalismo es como si nos plantara en un desierto en el que nos encargan un recado: “A mí me ha tocado ser yo”, “¿De verdad tengo algo que decir?”, “Se es como se delira”, Más de un tercio de los aforismos de Si no veo mi rostro, si el lector atento se fija, hace mención al intruso, a las relaciones, a la religión, al deseo. Muchos tonos tiene este libro en el que nada queda en suspenso. Qué espléndidos los dedicados a la fe: “¿Qué dios existe sin mí?”, “Frente a las creencias las evidencias”.
Sobre las promesas incumplidas y los errores hay muchos aforismos. “Yo prometía. No he cumplido”, “El fallo de un jurado siempre es un error”. Hay aforistas muy conscientes de lo que debe ser el aforismo y de lo que no quieren que sea un aforismo. Martín Ramos tiene las ideas claras cuando nos ofrece su visión de la muerte: “Llegado a esta edad, ¿cómo enfrentarse a lo que ya no será?”, “Retirarse con la alegría de no dejar nada atrás”, “¿Qué recordaré de todo esto cuando muera?”.
Algunos de los aforismos nos producen un alivio misterioso y nos hacen frotarnos las manos llenas de esperanza: “El que se queda quieto ya ha llegado”, “Pase lo que pase, ya lo sabías”, “Nada es un destino”.
En otro nivel, ya en el prólogo nos advierte José Ángel Cilleruelo: “Martín Ramos se desenvuelve con holgura en el aforismo clásico −el que tiene su origen en los proverbios sapienciales y su desarrollo a la sombra de la filosofía− Lo adereza con trazos contemporáneos”. Así cuando dice: “Escribo porque (soy) Leo”, “Cuando alguien dice dios yo pienso en el horóscopo”.
Juan José Martín Ramos editaba en los años 90 la revista Versión Celeste donde pausadamente iban saliendo poemas y relatos de autores desconocidos que nadaban en la abundancia.
Juan José Martín Ramos dirigió la editorial Polibea a partir de 2009 con colecciones de prosa, poesía, traducción y aforismos que son familiares de una manera superior a todo conocimiento.
Juan José Martín Ramos es autor de Negar la luz, su único libro de poemas hasta la fecha, una novela corta, La curiosidad del espía, a la que seguirán, probando varios estilos, La noche calma mi ansiedad o Légamo del amor y de los libros.
Recupera Martín Ramos para este último libro de brevedades, con generoso e inagotable amor a la literatura, la belleza, el recuerdo y el desarraigo. Es antes que nada un buen lector sin desánimo y con honestidad.
Resulta discutible el aforismo “Si en el más allá no hay sexo, ¿para qué lo querríamos?”. Muy atinados, en cambio, resultan sus observaciones sobre el fantasma: “Cierras los ojos, tus fantasmas bailan en la oscuridad”.
José Martín Ramos es un aforista del amor y de la memoria. Tiene en sus aforismos compromiso, un compromiso con el género, pensado pausadamente, con sensatez, meditando la cuestión desde cualquier posible ángulo. La línea en la que se incluye tiene como referentes principales a Cioran o Julio Cortázar.
Difícil resulta leer sin conmoverse: “En el amor siempre hay un cuerpo que se deteriora”. Aforismos espléndidos con aire misterioso, textos breves con ideas, sentimientos, planes, ocurrencias chistosas, deseos que estallan dentro de la cabeza de su autor.
Los buenos aforismos hablan del apogeo de la muerte en la vida, del callejón sin salida posmoderno, levantando un monumento con un toque sensacional. Hechizo deslumbrante, inteligencia inconmensurable, jardín romántico.
Leemos Si no veo mi rostro y no perdemos el tiempo, miramos sus líneas con la boca abierta buscando nuestro rostro entre la multitud y preguntándonos: “Si no veo mi rostro, ¿cómo sé que soy yo?”.