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TRIBUNA

Donde el rincón de los muertos

domingo 05 de enero de 2025, 17:14h

Seguramente lo leyeron en las, por breves, desmerecidas gacetillas que algunos diarios nacionales publicaron ese día, pero no quería trasponer el 2024 sin recordarles que el pasado 9 de diciembre se cumplió el bicentenario de la batalla de Ayacucho, tan determinante para la historia de España, pues comúnmente señala el punto y final de su gobernación sobre el continente americano. Y aunque se mantuviesen todavía durante setenta y algunos años las provincias antillanas y hasta millares de islas en el Pacífico, cuyo blasón eran Las Filipinas, aquel jueves de diciembre se disipó para siempre, entre las humaredas sulfurosas de los fusiles y los híspidos clarinazos de la caballería, el dominio más extenso que haya conocido el planeta, o si prefieren y como me enseñaron en la escuela: el imperio donde «no se ponía el sol»; mote que, lamentablemente, hoy no provoca sino un encogerse de hombros, cuando no, una ceniza mirada de rencor entre quienes quisieran ver al país entelerido y desarraigado. Lástima de paisanaje; tras toda aquella temeridad derrochada corajudamente o tras aquel sincero empeño por imponer el humanismo grecorromano, aunque fuese bajo el embozo de la religión cristiana, encontrarse ahora, e incluso entre las más altas autoridades del Estado, con semejantes actitudes; como si aquella empresa no hubiese superado los trescientos años y hasta inculcado entre sus pueblos los ideales para su derrumbe.

¿Y qué queda de tanto afán, amén de ejecutorias sin fin en los legajos de los archivos, de crónicas que arrancaron por sus desvaríos las carcajadas de García Márquez y del trazado a tensa plomada de un rosario de ciudades y puertos? Una lengua que se habla y revive en cientos de modos ingeniosos y cantarines allá, y que las autoridades de acá, con la petulancia que las distingue, tratan a puntapiés sin que nadie se atreva a tachárselo; al contrario, hasta los tenderos las imitan para darse pote, cuando resultan, en su risible engolamiento, espantajos extraídos de El ruedo ibérico (1927-32).

En cuanto a aquella batalla, no aconteció en Huamanga —en quichua: el «lugar del estreno o del amanecido»—, como se llamaba entonces Ayacucho, que según el mismo habla es el «rincón de los muertos», sino a treinta y siete kilómetros al nordeste, en la campa del pueblín de Quinua —como la semilla tan popularizada ahora en nuestras cocinas—; una llanada en pendiente, atravesada por el zanjón del Pampas, que se recuesta a los pies del cerro Condorcunca, que en lengua inca significa el cuello del cóndor; tierras elevadísimas, de estampa árida y noches friolentas. Allí mismo, el caribeño Antonio José Sucre, con un ejercito apenas menor pero desvalido de artillería, venció al del último virrey, La Serna, nutrido por peruanos de toda condición, pues apenas los jefes eran peninsulares o criollos —si bien se mira, contingente en todo semejante a la armada independentista—. Y verán, no tanto por la mortandad de la jornada —unos dos mil doscientos fallecidos y mil quinientos heridos—, una de las más numerosas de aquella sublevación de doce años, sino por el credo se germinó el desbarate. Pues cuando, a principios de ese año, las tropas realistas habían casi sofocado a los insurgentes en el Perú, y podían avanzar contra Bolívar con desahogo, comenzaron los enfrentamientos entre el absolutista Olañeta y el liberal La Serna; claro reflejo del «Terror del Veinticuatro» que se vivía en la península tras la entrada de Los Cien mil hijos de San Luis. De facto, Olañeta acechaba la retaguardia de La Serna durante los días previos a la batalla.

Y si aquí, en la península, esta disputa entre ilustrados y meapilas se remontó a tres guerras civiles durante el s. XIX y aún se escuchan sus ariscos ecos en la del s. XX, en nuestra América, independizada y con los ideales republicanos conquistados, tampoco cundió el sosiego, cuya primera y más significativa víctima fue el propio Sucre, asesinado a traición, camino de Bogotá, cuando apenas se había cumplido un lustro de su memorable victoria en «el rincón de los muertos». Y desde entonces hasta hoy, aquellas repúblicas desmembradas de la Gran Colombia o de las Provincias Unidas del Río de la Plata han carecido de paz entre correrías de caudillos montunos y pronunciamientos cuarteleros, seguidos de las guerrillas selváticas o urbanas que pervivieron hasta la actualidad. Todo ha sido un desangrar de vidas y riquezas en aquellas colosales tierras para provecho de quienes instigaron la ya bicentenaria insurrección: los anglosajones, cuyos bancos, recién, aún cobraban sus empréstitos para la independencia. Y no crean que al norte, en la Nueva España, luego México, las cosas devinieron mejor: sobre dos emperadores fusilados, Iturbide y el Ausburgo, suman su cumplido puñado de matanzas hasta la revuelta de los cristeros, en los años veinte del siglo pasado, y aun hoy, con los narcos, el terror campa desmelenado.

Y ante tanto sangriento estrago, no puedo sino suponer que los hispanos de acá y de ultramar hemos condenado a la concordia a una mera aspiración, pues apenas la alcanzamos, surge, sinuosa y contumaz, la discordia con su redoble a venganza. Parece como si la razón, condición imprescindible para que impere la tolerancia y el acuerdo, nos fuese ajena, y una y otra vez nos envolviésemos en la vehemencia, tan dañina para lo cívico; ¿o acaso, hoy mismo y en nuestro país, no es la enceguecedora emoción quien domina el discurso político?

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