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ORIENT EXPRESS

Celebración de Mishima

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 12 de enero de 2025, 20:30h
Empieza 2025 con el centenario del nacimiento de Yukio Mishima (1) (1925-1970), príncipe de la literatura universal cuyo nombre sólo debe pronunciarse acompañado de una profunda reverencia en señal de respeto. Nacido, como señala Isidro-Juan Palacio en su biografía «Yukio Mishima. Vida y muerte del último samurai» (La Esfera de los Libros, 2020), a las 9 de la noche del 14 de enero de 1925, nuestro escritor se suicidó ritualmente mediante el «seppuku» -el desentrañamiento empleando una daga llamada «Tantō»- característico de los samuráis como forma de procurarse una muerte honorable.

Niño prodigio, maltratado en el colegio, estrella rutilante en la cultura japonesa de posguerra, profundísimo conocedor de Occidente... La vida de Mishima -cuyo nombre de nacimiento fue Kimitake Hiraoka- fue atormentada, deslumbrante y trágica. Cuando presentó al editor la novela autobiográfica que lo lanzaría a la fama, «Confesiones de una máscara» (1949), le explicó que era «su primera autobiografía». No tenía ni veinticuatro años y ya se sabía genial: merecía una autobiografía que, además, no sería la única. Como los samuráis a los que admiraba, Mishima cultivo cierta excentricidad que él veía como parte de un compromiso radical con la vida y con su reverso: la muerte. En 1955, escribiría que «la persona tiene que ser excéntrica» y recordaba que «en el pasado, la mayor parte de los samuráis lo eran. Su excentricidad los llevaba a actos de arrojo y valor».

El arrojo y el valor parecían conceptos caducos en el Japón de la posguerra. Las nociones tradicionales del coraje, el sacrificio y el honor se asociaban al militarismo imperial. En un país que había sufrido una derrota terrible, el camino del guerrero parecía no sólo superado sino, de algún modo, culpable. El pacifismo era el nuevo signo de los tiempos. Frente a eso se alzó Mishima.

En «La ética del samurai en el Japón moderno», un ensayo publicado en 1968 que Alianza publicó en 2013, Mishima reflexiona, a partir del clásico «Oculto por las hojas» -un ensayo sobre la ética guerrera de los samuráis-, en torno a la pervivencia de la vieja cultura caballeresca en el Japón posterior a la guerra. Su diagnóstico es certero y doloroso: «Ha dejado de haber samuráis, contiendas bélicas; la economía se ha recuperado; reina la paz; la juventud bosteza». En esa sociedad, el declive no es sólo vital sino también moral. Mishima critica a los «aristócratas de los gastos sociales de la empresa, de cuya aparición es en gran parte responsable el sistema fiscal de hoy en día [...] La chispa del idealismo que brillaba en los ojos de los jóvenes se ha apagado y ahora tan sólo puede verse un pálido reflejo en esa "mirada furtiva de ladronzuelo". Son, en definitiva, jóvenes que sólo buscan el provecho propio y que están prisioneros de las pequeñeces de la vida cotidiana».

Frente a ese Japón del capitalismo el pacifismo y el consumismo, reivindicó los viejos ideales caballerescos, la acción y la vida entendida en un sentido casi nietzscheano: fuerza, impulso, ímpetu, pulsión de muerte. Una cita de «Oculto por las hojas», cuyo autor -el samurai Yamamoto Tsunetomo (1659-1719)- falleció ya muy mayor sobre un tatami después de haber abrazado una vida de monje budista, ejerció gran influencia en Mishima: «Descubrí que el Camino del Samurai es la muerte». A partir de esta reflexión -vivir es actuar, hacer, entregarse a algo superior- la vida y el fin del escritor cobran un nuevo sentido.

Mishima fue en este sentido, un hombre de acción a carta cabal: desde componer una ópera en dos días a ser campeón de esgrima y karate, de dirigir una orquesta sinfónica a organizar un pequeño ejército privado, Mishima no dejó nada sin vivir al extremo. Su homosexualidad fue motivo de escándalo. Su genio produjo admiración y asombro. Schirokauer, Lurie y Gay lo describen , en su «Breve historia de la civilización japonesa» (Bellaterra, 2006), como «prolífico, contradictorio e incluso autoparódico». Su muerte resultó atroz y coherente con su vida.

El 26 de noviembre de 1970, el jefe de las Fuerzas de Autodefensa Japoneses esperaba en su oficina la visita del escritor. Varios generales han llevado libros suyos para que el genio se los dedique. Terminado el encuentro, Mishima reaparece con cuatro hombres de su grupo paramilitar. Atan al general a una silla y reclama que se concentre a la tropa para dirigirse a ella. Fuera de la oficina, un grupo de funcionarios trata de abrirse paso derribando la puerta. Mishima les hace frente espada en mano. Hiere a varios de ellos. Se asoma a la terraza para pronunciar una proclama. Apenas hay unos cientos de hombres. Mucho ruido. Dice Isidro-Juan Palacios que «llegaba gente de todas partes, dos o tres helicópteros metían un ruido enorme cuando aparecían y reaparecían, muchos de los congregados insultaban a Mishima pensando que se trataba de otra de las endiabladas mascaradas del escritor». Es un fracaso espantoso. Es todo una astracanada. Nadie le hace caso. Sólo le queda morir con honor.

A cien años de su nacimiento, la vida de Mishima y su legado literario siguen inspirando la reivindicación de un orden moral más elevado que el de la sociedad de consumo, el materialismo y la ética pequeñoburguesa. Frente a la juventud que bosteza, Mishima propone una vida apurada al extremo, ebria de acción y coraje, profunda y, en cierto modo, «oculta por las hojas» como el amor tradicional.

Esta columna celebra, con una inclinación profunda y silenciosa, el centenario del nacimiento de Yukio Mishima.

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(1) Dada la popularidad del autor, mantengo su nombre tal como ha ganado fama en Occidente. En japonés, sería Mishima Yukio.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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