Más allá de la simpatía que pudiera despertarme el manifiesto publicado hace un par de semanas, bajo el título Contra Franco. La Constitución única celebración posible, firmado por ochenta y tantas personas relevantes, entre las que se encuentra algún amigo mío, como inmediata contestación a la campaña estatal España en Libertad, inaugurada con distendida pompa —valga el oxímoron— por el actual presidente del Gobierno, dicho fasto, más que la neta desconfianza, me suscita primero la perplejidad y, de seguido, la sorna. Porque, como ya sabrán, su motivo es recordar al país que este noviembre se cumplen cincuenta años del fallecimiento, en un hospital madrileño y por un proceso agudo de tromboflebitis complicado con otras enfermedades, del general Franco; óbito seguido de populosas colas durante varios días para presentar los respetos al cadáver; circunstancia, esta última, que ignoro si recogerán o escamotearán en tal rememoración; si bien, opten por lo que opten, no servirá sino para rechifla de cuantos vivimos aquellos días. Por lo demás; cualquier fasto estatal que promueva este gobierno, como a los firmantes del manifiesto antes mencionado, no me granjea sino la más negra suspicacia y razones para ello no me faltan.
Verán; en 2022 se cumplió el quingentésimo aniversario de dos acontecimientos que, por sus trascendentales consecuencias para la humanidad —o al menos, para los europeos—, constituyen hazañas de la mayor honra nacional, y apenas merecieron su favor. Es más; este gobierno, contra su obligación moral, ni pensó en divulgarlos con la debida solemnidad y amplitud entre la población española para avivar tanto su curiosidad por nuestra historia cuanto su orgullo de pertenencia al país. Me refiero, claro es, a la conmemoración del fallecimiento, el 5 de julio de 1522, de Elio Antonio de Nebrija, quien elaboró la primera gramática para una lengua vulgar, el castellano, que constituiría el preclaro modelo para cuantas se escribieron posteriormente sobre las otras lenguas continentales; y por supuesto, a la arribada a Sanlúcar de Barrameda, el 6 de septiembre de ese mismo año, de la nao Victoria, al timón de Juan Sebastián Elcano, para demostrar por primera vez al mundo —o sea, constatando las entonces acertadas conjeturas científicas— con su circunnavegación, que el planeta era esférico. Y si ni el homenaje a uno de los más sustanciales filólogos que hayan existido, ni la portentosa travesía que cambió la concepción del planeta, merecieron más que un tibio apoyo de este gobierno; ¿cómo pretende, ante esta probada indigencia intelectual, que cuanta celebración promueva ex novo no la sospeche como una truanesca artimaña para encubrir, con el clamor de la fanfarria y la lluvia del confeti, sus estrepitosos aprietos y en absoluto para agasajar cuanto proclama?
Además, si algo hubiera de celebrarse sería el cincuentenario de la restauración de la monarquía constitucional con Juan Carlos I, a la postre, máximo artífice de la actual democracia representativa, aunque su coronación en ese momento se debiese a la muerte de un anciano general, que con notable astucia se encaramó a la jefatura de una sublevación militar y civil fallida, prolongada después en una crudelísima guerra, con unas consecuencias escalofriantemente despiadadas, que le permitieron asentar una larga dictadura que no reparó nunca en fulminar a sus enemigos y que, a fuerza de adaptarse sigilosamente a los acontecimientos políticos internacionales, consiguió, gracias a algunas lumbreras de sus últimos gobiernos, elevar el nivel de vida de los españoles desde la más desastrosa y despótica pobreza a un desahogo hasta entonces desconocido. Pero como quiera que a don Juan Carlos, indecorosamente, lo arrojaron a un mal disimulado destierro y a este gobierno le mejora, por mera comparación, su estulto proceder, rescatar los terroríficos años de la llamada «España campamental», nos hallamos ante una patética, cuanto siniestra, mascarada. Y en cuanto a lo pronunciado en la mencionada inauguración, con voz de solícito escolapio, por el presidente del Gobierno, sobre las virtudes de esta campaña como eficacísimo instrumento para prevenir a los jóvenes de la ascensión galopante de la ultraderecha, me pregunto si tal hecho ¿no será consecuencia de su flagrante incapacidad —y, desde luego, de la de sus colegas europeos— para afrontar con la solvencia requerida los gravísimos retos que sacuden nuestra actualidad?
Bástenme como posibles respuestas a esta cuestión tanto su vergonzosa huida de Paiporta como su inepcia para socorrer con la diligencia exigida a los aquejados por la riada en aquellas tierras que suman, según el discurso navideño de Felipe VI, unos ochocientos mil compatriotas; por no mentar a los palmeros, que aún se hallan atribulados y desamparados entre las petrificadas lenguas de lava. Y todo esto sin hurgar demasiado en las demoradas y luego contradictorias decisiones para contener el covid, con sus evanescentes comités de expertos y la prometida auditoría aún por llegar, o la carencia, a estas fechas, de un cómputo fiable de fallecidos por su causa. En fin; que más le valdría a Pedro Sánchez Pérez-Castejón afanarse en sus tareas con pulcritud y severidad, si es que es capaz, y clausurar estas insolentes zarabandas necrofílicas, o necrofóbicas como él pretende.
Por lo demás; les ruego que disculpen estas líneas contra mi propósito, hasta ahora cumplido, de abstenerme en este par de páginas de mentar —salvo tangencialmente— el zafio y pringoso acontecer político de nuestro país, pero la situación ha llegado, por su desfachatez, a un extremo tan enojoso que ocultar mi juicio con la claridad precisa, no se me antojaba sino una desconsideración hacia todos ustedes.