www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Una sociedad sin Diodoto

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de enero de 2025, 18:57h

Desde la abrupta llegada al poder del mentiroso compulsivo y demagogo Pedro Sánchez, toda España vive una peligrosa polarización incontrolada, alimentada por los Cleones en que se han convertido todos los farsantes líderes de los partidos, y nunca refrenada por los Diodotos que en este país de locos parecen ya no existir o que se los ha tragado la tierra. Estamos viviendo la polarización de una guerra civil que si no estalla es porque, gracias a Dios, ya pocos se partirían la cara por los farsantes citados. Pero el mundo también está igual desde que llegase a la Casa Blanca Joe Biden, gracias a Dios ya superado. Los Cleones en el mundo exhiben una intemperancia peligrosa e impertinente, apelan a las viejas pasiones nacionales y a la pleonexía de los hegemones, se oponen a la piedad en sus propias lenguas con los adversarios, evitan la reconsideración reflexiva de toda decisión impetuosa, desaprueban que la reflexión, los argumentos y la razón puedan embotar el filo de la ira ( orgê ) programada, afirman que quienes se opongan a sus puntos de vista son corruptos, malnacidos, malvados e irresponsables sofistas cínicos, fomentan el miedo y la intriga, promueven la tensión entre bloques con armas nucleares, jugando al holocausto, defienden siempre la rigidez, la intransigencia y la inflexibilidad, extremos que pueden ser peligrosos en circunstancias críticas – como las presentes: Guerra Rusia/Ucrania, guerra palestino/israelí, etc -, que requieren prudencia, mucho tacto y delicadeza, y proponen siempre medidas que aumentan tanto la polarización nacional como internacional.

Y dado que no hay políticos Diodotos, al propio pueblo le toca hacer este papel. Los Diodotos, al contrario de los Cleones, abogan por la moderación, y por aquellas facultades humanas que nos ayudan a producir sabios consejos que se opongan a la fuerza bruta y suicida. Hoy los ciudadanos creen que la política se ha convertido esencialmente en el interés personal de los políticos, ni siquiera el del partido o del gobierno. Esta percepción es extraordinariamente perjudicial para todos y, como observaba Diodoto en la obra tucididea, se alimenta a sí misma y da lugar a un juego vicioso entre la sospecha y el engaño que socava la capacidad de los ciudadanos para concebir o ejecutar otra política y otra esperanza. Todo político, por bueno que sea – quizás dos o tres, y hasta cuatro – es hoy presa de la hostil atmósfera reinante. Pero para Diodoto la cuestión de la corrupción, o de la motivación última e inconfesable del político, deberían quedar aparte: “Si se sospecha que un político que nos da el mejor consejo político lo da por afán de lucro, entonces le guardamos rencor, y de este modo privamos a la pólis de una ventaja manifiesta” ( Tucídides, 3.43.1 ). Ahora bien, el único objetivo de una buena política es la integridad y la prosperidad de la pólis o estado nacional. En política la prudencia debe siempre sustituir a las convenciones sociales e incluso a veces a las propias leyes, dictando moderación. “No debemos ser jueces tan rigurosos contra los pecados de nuestros adversarios que nos perjudiquemos a nosotros mismos” ( Tucídides, 3.46.4 ). La continua y cada vez más intensa polarización o una política palmariamente frentista no puede promover el bienestar de “toda” la pólis. La polarización sólo promueve la ambición particular, la codicia privada, el fanatismo militante y la ignorancia. Y la discordia civil es el resultado genuino de la polarización sectaria y egoísta, y es un mal absoluto para todos. La división política debilita el poder nacional y acaba por destruirlo. Los partidos, sumidos en sus intereses de piratas, han perdido el contacto con la realidad. Son incapaces ya de ejercer el autocontrol, y la gente ya sólo pide que su presencia vomitiva en las televisiones y demás medios no coincida con las horas del desayuno, la comida y la cena.

En este ambiente enrarecido por un ambiente de polarización crispada y de guerra real entre los EEUU y Rusia, se hace muy difícil, quizás imposible, encontrar un buen político, un Diodoto, es decir, un líder que hace lo correcto, de la manera correcta y por razones correctas, un político que proporciona a sus conciudadanos información suficiente para que puedan emitir un juicio razonable y realista, un guía que insta a sus compatriotas a que utilicen su inteligencia y basen su decisión en hechos concretos. Los buenos dirigentes están siempre dispuestos a decir la desagradable verdad, que el Rey está desnudo, y nunca por el prurito de ser aclamado y querido por el pueblo hablar en contra de su propio juicio ( parà gnômên ).

El mundo espera que Trump triunfante sea con Rusia más parecido a Nicias que al alocado Alcibíades. Y la verdad es que Trump ha demostrado que al menos sabe evaluar las acciones gubernamentales relacionando siempre los recursos necesarios con los objetivos “imperiales”. A diferencia de Cleón, que pertenecía a un partido bastante doctrinario – el demótico -, Diodoto no pertenecía a ninguno; esto es, no era militante de una pasión colectiva, sino que obedecía sólo a su gnômê o buen juicio independiente. Un partido político es un artefacto para fabricar pasiones colectivas, y no razones; por lo que la lealtad perruna a un partido supone siempre una traición al interés público. La pasión partidista es un impulso para el crimen y para la mentira, infinitamente más poderosa y terrible que ninguna pasión individual, como la codicia. La disciplina exterior del partido acaba ahogando la voz interior de la razón individual inteligente. Pertenecer a un partido desde Cleón fuerza a la mentira y a la ilegalización o al ostracismo del partido contrario. Los partidos – nos recordaba Simone Weil - constituyen un mecanismo maravilloso en virtud del cual, a través de toda la extensión de un país, ni una sola mente otorga su atención al esfuerzo por discernir en los asuntos públicos el bien, la justicia y la verdad. El espíritu de partido ciega, polariza la sociedad, siembra la discordia civil, hace sorda la justicia, y empuja incluso a la gente honesta al más cruel escarnio contra inocentes. Las ideas están hechas para circular, no para confrontarse las unas con las otras.

El buen Nicias comprendió la naturaleza de la Atenas postpericlea, una democracia ebria de éxito. Sin embargo, no pudo frenar la letal tendencia de los atenienses, tanto en la asamblea como en el ejército en Sicilia, a reaccionar con ciega pasión en lugar de con buen juicio ante cualquier frustración de sus esperanzas ( cfr. el castigo de los generales que en 424 habían puesto fin a la anterior campaña contra Sicilia acordando un tratado de paz, y el comentario de Tucídides sobre la confianza ateniense ). Nicias representa como nadie la tragedia del buen patriota que luchando con toda su fuerza contra las ciegas pasiones de su pueblo, instiladas por el veneno de los nacientes partidos políticos, entregó, sin embargo, su vida en la locura siciliana, en defensa de los delirios de grandeza de un pueblo que ya no tocaba la realidad por culpa de las mentiras propaladas por los partidos políticos. Esperemos que Trump, el nuevo Nicias de América, no tenga el mismo fin, que es el de ser destruido por las pasiones y prejuicios que él mismo ha combatido durante toda su vida.

Si el antagonista del moderado Diodoto era Cleón, el antagonista del honesto Nicias fue Alcibíades, otro hombre de partido. El hijo de Clinias nunca apelaba a la razón cuando quería influir en el pueblo. Las técnicas persuasivas de Alcibíades se basaban exclusivamente en promover la «orgê» ( la pasión de la ira ), y no el «gnômê» ( el buen juicio), y le faltaba también la moderación de Diodoto. Lo mismo que hoy hace Pedro Sánchez, sin tener la inteligencia del atractivo discípulo de Sócrates, Alcibíades actuaba como si sólo se debiera lealtad a sí mismo. Sus cínicas contradicciones continuas – decir mañana lo contrario a lo que digo hoy - reflejan su creencia básica de que sus propias necesidades constituían el estándar supremo de su habilidad como estadista. Nadie niega – Tucídides tampoco – que los dioses habían otorgado excelentes dones a Alcibíades, discípulo de Sócrates. Así, por ejemplo, su acción en Samos, enfrentándose a la opinión errónea de los propios atenienses, salvó a la patria. Pero, a la postre, su tipo de comportamiento vanidoso y estrafalario fue el principal responsable de la destrucción de la pólis ateniense ante Esparta. En efecto, todas sus excepcionales capacidades militares, muy superiores a las del mismo Pericles, y su gran inteligencia para contribuir al bienestar de la pólis, fueron socavadas por su extremo egoísmo y sus pasiones desmesuradas y destructivas. Nadie niega que amaba a Atenas, pero para hacerla su amante en exclusiva.

Hoy quizás al mundo le sobren Alcibíades y esté más necesitado de la moderación patriótica de gentes como Diodoto o la trágica figura del viejo Nicias. Nos aburren ya los grititos de los más fogosos e incendiarios.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (26)    No(0)

+
2 comentarios