www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Tiempos nuevos, tiempos salvajes

domingo 26 de enero de 2025, 19:20h

En aras de cumplir con alguna novedad por el año que comienza, hice una videollamada con la marquesa de S. No sabía si me estaba aventurando demasiado o no lo suficiente para estar acorde a las energías positivas a las que hay que acogerse cuando se tuerce el aparejo, pero la marquesa tiene un iPhone —lo saca poco, sí, aparece más el galgo, incluso—, así que probamos y conseguí llamarla desde una de las mesitas del Pandora, recién abierto y recuperado el personal de una de esas gripes de temporada.

Se escuchaba raro, no dejaba de interponerse a cada frase un reverbero acuoso que impedía completar palabra alguna. Perdona, querido, un segundo, y la marquesa se sacó y volvió a colocar los auriculares inalámbricos, del mismo color de sus pendientes —no esperaba menos— y en contraste con los bigudíes que le recogían el cabello, mientras uno se sintió desfasado por lucir en la pantalla los cables sin desenredar de los míos. Salvado este pequeño bache, me di cuenta, le pregunté, por ese fondo tras de sí. Tres o cuatro escalones con su ligera pendiente y un prado y una pasarela de árboles al fondo. Finalmente, me dijo, había conseguido movilizar a sus amigas y se habían ido a una casa rural en la comarca de la Vera. Si no se les saca de casa, se quedarían apolilladas, querido, que tampoco nos queda mucho y hay que aprovechar. Sin que se lo pidiera, giró el móvil para que pudiese contemplar el paisaje. El pulso hacía de las suyas, pero se adivinaban algunos muretes comidos de verdín serpenteando los prados, vigilados por las incansables ramas de los árboles desnudos y perennes. La marquesa guardó silencio mientras uno observaba el campo. Antes de girar de nuevo la pantalla, me dijo que es probable que nevara por la noche.

¿Y cómo has convencido a las demás? Ah, no concreté las fechas ni el sitio, simplemente les insté a que era un viaje que debíamos hacer, por todo, por ser exprés, por las fechas, por el lugar. Por comentar lo justo. Tú sabrás mejor que yo de esas cosas, ¿no?, que te dedicas a escribir, me dijo. Sí, bueno, hablando de ser explícito o no, de qué se puede contar o no, por eso te llamaba, porque me han invitado a no colaborar más en uno de los sitios en los que estaba. La marquesa tomó asiento en el porche. Las vigas de madera del techado reforzaban los colores de sus bigudíes y la bata que se percibía ahora que el plano se alejaba un tanto. ¿Y qué ha ocurrido? Nada, nada, si tampoco ha sido tan grave, pero bueno, supongo que señalar el elefante en la habitación es un gesto que sólo los de la opinión contraria se deciden a calificarlo de corrosivo, de deleznable; palabras, por otro lado, que lucirían estupendas en una de esas fajas que ponen a los libros recién editados, a veces recordando más a las coronas que se posan sobre las tumbas.

Bueno, no te tienes que preocupar. Si estabas a disgusto con las condiciones, igual has pecado de ser implacable en los juicios, no lo sé, no he leído lo que ha hecho que se cabreen, pero si lo has sentido necesario, pues ya está, no tienes que remontarte más en ese curso. Ahora a mirar para otro lado.

Sería envidiable notar su misma despreocupación, pensaba mientras escuchaba a la marquesa; que en esos instantes de decisión uno no se sintiera como una flecha que no sabe muy bien adónde ha sido lanzada. ¿Es permisible la mordacidad para retratar lo que es de natural y habitual injusto? No me parece mala opción, nunca me lo ha dejado de parecer. Las consecuencias pueden venir igualmente, actuemos o no, si es que gestos como ese, que no alzamientos de voz ni llamados a las barricadas ni nada de eso, sólo apretados de trazo para reflejar lo grueso de esa realidad, pueden considerarse acciones. Para uno tienen más valor por ser susceptibles de sátira, y eso es algo que enfada más o doblemente a quienes se dan por aludidos. En este mundo somos todos orgullosos, y cuando algunos se notan la herida por lo dicho o lo omitido, qué rápido se toman medidas, qué veloces se apresuran en dar explicaciones para quedar en —su— buen lugar.

Escribir, en esos casos, sí, desde luego que sirve. Los tiempos están mal, basta con asomarse a cualquier noticia de actualidad para liarse la manta a la cabeza y comenzar con los vahos de VapoRub que alivien la falta de aire limpio. A pesar de su escasa repercusión, unas palabras pueden agrupar lo intenso de lo vivido y pensado, y en los malos tiempos, este sencillo aunque precario refugio nos incita a mantener lo esencial: el decoro hacia uno mismo por no quedarse con nada por decir, el valor que hay que buscar entre las cuestiones de hartazgo para que no queden simplemente en eso. No decaer. Intentarlo, al menos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios