He citado a lo largo de mi vida mil veces a Lenin para presumir un poco de católico heterodoxo, pero casi ninguna al papa actual, así que perdónenme la osadía de traer a colación este texto hermoso de su Autobiografía aunque me pongan a caer de un burro algunos talibanes:
“Un amigo del abuelo, que era vendedor ambulante de anilinas, los colorantes para la madera, visitaba el taller todas las semanas. Se sentaban en el patio y charlaban mucho rato mientras bebían largos sorbos de té mezclado con vino. Para mí solo era un señor amable, de larga barba blanca, que lucía un traje oscuro y modales impecables y a quien las cosas no parecían irle muy bien. Me sorprendí cuando los mayores me dijeron que ese hombre, que se presentaba simplemente como don Elpidio, había llegado a ser vicepresidente de la nación primero y luego ministro del Interior con Hipólito Yrigoyen, en el gobierno de la Unión Cívica Radical que en 1930 sería derrocado por el primero de una larga serie de golpes militares. Se llamaba Elpidio González. Estuvo preso dos años, y cuando salió de la cárcel, pobre de solemnidad, rechazó la pensión de jubilación y cualquier otro vitalicio. Dormía en un hotel de mala muerte de la calle 9 de Julio, que más tarde derribarían para transformar esa calle en avenida. La mayor parte de sus ocupantes sería trasladada al Hotel de Inmigrantes, que era una ratonera aún peor que la primera. Cuando llegó el día del desahucio, don Elpidio recogió las cuatro cosas que poseía, las metió en una maleta ajada, salió y emprendió su acostumbrada ronda de clientes, como siempre. Contaron que poco antes un emisario del nuevo presidente, probablemente preocupado por las complicaciones que la situación habría podido causar en el ambiente político, se había presentado en el hotel con un abultado sobre lleno de billetes para el señor Elpidio, tantos que le habrían permitido adquirir cualquier vivienda de Buenos Aires. Pero él los rechazó tajantemente y le comunicó a su interlocutor que si se atrevía a insistir denunciaría el hecho como un intento de cerrarle la boca. Asimismo, cuando el Congreso de la Nación Argentina promulgó una ley que permitiría a todos aquellos que habían desempeñado cargos ejecutivos beneficiarse de una importante pensión, él la rechazó. Murió pobre, una mañana de octubre de 1951, tres años antes que su amigo Francisco. El abuelo acostumbraría a poner de ejemplo la historia de don Elpidio para inculcar en nosotros, los jóvenes, el deber de la honradez política”.
Para lo bueno y para lo malo, hay personas que más bien parecen personajes de sus propias personas, por lo que no caben siquiera en sus propios moldes habituales, y esa inhabitualidad se agiganta en las situaciones límite de las macabras cárceles comunistas: “¿vale pensar en que la comida será mejor esta noche? No, porque siempre es igual, mala y escasa. ¿Es mejor pensar en poder lavarte hoy y mañana? No, porque nada apunta a que puedan traer una cantidad suficiente de agua. ¿En qué otra cosa pensar, pues? En nada. Porque no existe nada más”, escribe Grigore Dumitrescu desde las cárceles rumanas ocupadas por la Unión Soviética[1]. Escribir sobre lo ocurrido no es fácil pero, aun así, en comparación con ello vivir es a veces lo verdaderamente difícil. En medio de las más grandes torturas diarias, las ganas de vivir llevaron a Dumitrescu a hacer con su lengua en el propio paladar la señal de la cruz, pues en la celda estaba prohibido mover los brazos.
A quienes se acogen a la franquicia de las Asociaciones de Somnolencia para la gestión del ego orondo yo les diría: “quiero el tocino en la sartén, quemándose”, aunque a ellos les parezca una crudeza casi abyecta que llega hasta la autoparodia. A mí Bukowski no es un escritor que me guste como tal, y mucho menos aún su forma de vivir, pero hay cosas que merecen mi respeto en todo ser humano; en efecto, antes de su desmesurada fama (traducido a más de 20 idiomas y con millones de libros vendidos en todo el mundo, hasta el punto de que tanto Genet como Sartre lo denominaron “mejor poeta de América”), calculó haber ganado dos dólares anuales por el oficio de escribir, “eran publicaciones en las que no había anuncios, en las que nadie cobraba nada y se escribía en libertad”. Sin embargo, a pesar de que sus valores no coincidían con los sociales, él habla de los desafíos de crecer en un mundo que parece desvinculado de significado y de sentido más profundos: “si no escribo durante una semana, enfermo; no puedo caminar, me mareo. Si me cortaras las manos, escribiría con los pies”, afirmaba y así era.
Lo suyo fue una proeza existencial: sin la ayuda de un diploma universitario, sin el colegueo de los profesores o de la mafia editorial de Nueva York, a base de talento y de una inaudita perseverancia, en 25 años pasó de ser un don nadie —que se dedicó a narrar las vidas de los nadies como él mismo, que a nadie importaban— a convertirse en un escritor de renombre internacional. Bukowski enviaba sus escritos a todo tipo de revistas: las prestigiosas, las académicas, las vanguardistas, las experimentales, las conservadoras, las locales, las regionales o las nacionales, y también las distribuidas en hipódromos o barberías. Quería que sus poemas sirvieran a cualquier persona en cualquier parte. A lo que no estuvo nunca dispuesto fue a pedir permiso para vivir y para escribir.
Alcohólico casi siempre, desharrapado, hiperbohemio, a algunas personas pudo influirles, algo al menos entre los marginados más perdidos de su sociedad, sirviéndoles incluso de ejemplo, tanto que algunos le decían: “Bukowski, estás tan jodido y todavía sobrevives y luchas, así que siguiendo tu ejemplo he decidido no suicidarme”, o “eres un imbécil, amigo, me diste el valor para vivir”. Sus lectores eran los derrotados, los condenados, los dementes, y se sentían profundamente orgullosos de él. En realidad, puso a todo el mundo a ras de tierra, a los demonios y a los ángeles. Pero con semejante fealdad compasiva todo lo igualaba, se incluía a sí mismo, a sus amigos, a sus compañeros de trabajo o barra de bar, a vecinas, a amantes y a novias. En su obra el primero que sale mal parado es el propio Bukowski pero con una auténtica actitud compasiva.
Como se ha dicho, Bukowski fue un “poeta laureado de lo cutre”, la experiencia humana con todas las tripas a la vista. El arte de mostrar compasivamente la realidad desgarrada sin la filosofía del Cabezagacha exige un permanente estado de purificación propia y ajena, aunque sea mediante la crítica: “a la vida tengo que limpiarle los dientes/eliminarles las caries, examinarles ojos y oídos, pesarlos, operarlos, hacerles transfusiones, y enviarlos de nuevo al mundo enfermizo de la poesía”. Una senda nada fácil que no le llevaba a sublimar su propia mediocridad: “estoy más cerca de lavar platos que de dar clases en la universidad”, le dijo a uno que le alabó su escritura… Mi única regla es: tienes que escribir mierda mala para poder escribir mierda buena”.
De todos modos, esto de hablar de la muerte sin su correspondiente experiencia no pasa de ser un farol
[1] Dumitrescu, G: El hombre nuevo. Ed. Omen, Madrid, 2024, p. 222.