Ésta es la afirmación que el presidente del PP viene haciendo cuando se le cuestiona acerca del porqué su grupo parlamentario no plantea la moción de censura en contra del gobierno de Pedro Sánchez. Y es cierto que Núñez Feijóo carece de los votos necesarios que permitirían su encumbramiento a la más alta responsabilidad ejecutiva del país, pero tampoco deja de ser cierto que el grado de deterioro de la situación política y de los casos de corrupción, investigados por la judicatura por parte de personas vinculadas, directa o indirectamente al gobierno o a la familia del presidente, se sitúan en el nivel más alto conocido en los últimos años de nuestra democracia.
El deterioro político trae su causa precisamente de la moción de censura -cumplirá pronto 7 años- que presentaría el actual presidente del gobierno contra el de Mariano Rajoy. Y no resulta ocioso advertir que el “leit motif” de la misma, contenido en el discurso del socialista, ahora investigado por la justicia, José Luis Ábalos, se basaba precisamente en la presunta corrupción que existiría en el PP como consecuencia de una sentencia judicial. Obtenido el objetivo de hacerse con el poder, el beneficiario de esta iniciativa no convocaría con carácter inmediato elecciones, en su lugar demoraría hasta más de diez meses su apelación al conjunto de la ciudadanía. Después de una legislatura sin formación de ejecutivo, el político español que “no podría dormir por las noches con Podemos en el gobierno”, lo haría seguramente con mayor tranquilidad a lo largo del día, ya que situaría a Pablo Iglesias en la vicepresidencia y a algunos destacados dirigentes morados en el ejecutivo; seguramente sufriría de recurrentes pesadillas Sánchez si alguien le hubiera sugerido que uno de sus principales valedores parlamentarios sería Bildu, coalición en la que se integra Otegui, un sujeto condenado por diversos delitos vinculados al terrorismo. Sería la legislatura del COVID y de las medidas de confinamiento -que no fueron cohonestadas por el Tribunal Constitucional-, la incesante investigación de las vacunas -abriéndose un nuevo factor de división en la población entre quienes se sometían a su administración y los que no estaban de acuerdo-, la ley del “sólo el sí es sí”, y los 85 días de la erupción del volcán de la Palma.
Y transcurrido ese tortuoso y extenuante periodo, a pesar de la victoria del partido presidido por Feijóo, lograría Sánchez formar gobierno, inaugurando un estilo de mando caracterizado por el sometimiento a unos socios que pondrían sobre la mesa todo un rosario de reclamaciones. La más importante de todas sería la amnistía, pero habría otras procedentes de otros partidos y coaliciones, muy en especial la de la solución que exigía Bildu de la excarcelación a plazo corto de los presos etarras. Otras tantas exigencias se han expresado y cumplido, algunas siguen en proceso de negociación por su complejo -¿imposible?- encaje constitucional -la transferencia de la competencia de inmigración- o además de, seguramente ilegal, devastadora en términos fiscales como es el Concierto económico para Cataluña.
Si la legislatura en la que Pedro Sánchez no llegaría a obtener la investidura sería la oportunidad perdida por Ciudadanos de mostrarse útil al país, la actual ha supuesto la irresponsabilidad del presidente de no propiciar un pacto de Estado impulsando toda una serie de acuerdos en materias tales como las pensiones, la educación, la política exterior, la reforma de la administración o la ley electoral. Por supuesto que, cuanto más vamos conociendo al personaje mayor resulta la consciencia de que no existen en él mimbres para elaborar esa cesta.
En el escaso tiempo de su reciente gobierno -poco más de 17 meses- la división y la polarización se han convertido en elementos principales de la política española, la judicatura independiente recibe toda clase de ataques, los medios de comunicación que no comparten la opinión del gobierno reciben la amonestación de éste por situarse en la “fachosfera”, las leyes más controvertidas se presentan por los grupos parlamentarios en abierto desprecio a los organismos de control, la intervención del gobierno en el ámbito de la empresa resulta cada vez más agobiante y estridente -véase el reciente caso de Telefónica-, la negociación colectiva -reducción de jornada, salario mínimo…- queda relegada al baúl de los recuerdos…
Es posible que en la historia de nuestra democracia no haya existido oportunidad más clara para que el principal partido de la oposición presente una moción de censura. Una moción que -más allá de los números- ponga en evidencia la existencia de una alternativa y un programa que no se reduzca al mero proyecto de sustitución del actual presidente, porque cualquiera lo haría mejor. Una iniciativa constitucional que devuelva a los españoles alguna parte de la ilusión que vamos perdiendo de forma progresiva.
Cada vez resulta más claro, sin embargo, que no existe tal programa; que lo que el presidente del PP no quiere es concretar posiciones y propuestas, porque cualquier referencia programática le podría conducir a la pérdida de apoyos hacia su derecha o hacia la abstención.
Buena prueba de lo que afirmo se sitúa en la timorata y carente de explicaciones que ha sido la posición del PP respecto de la primera y segunda versión Del Real Decreto “ómnibus”. Y es que nadie conoce muy bien qué parte en concreto no le gustó de la primera -más allá del caso de la cesión del palacete de París al PNV, en contra del criterio judicial- y qué le resulta aceptable de la segunda -que, por cierto, vuelve a introducir el otrora sangrante caso del inmueble de la avenida Marceau.
Que el seguramente peor gobierno de España se corresponda con la oposición mojigata que nos toca en suerte, no constituye desde luego motivo de alegría, menos de generar expectativas de un cambio en la manera de gestionar el país en el futuro. ¿Hasta qué punto lo mal hecho por Sánchez se convertirá en una oportunidad para Feijóo de mantener la intervención propiciada por aquél en tantos niveles de la vida política, económica o social como ha desarrollado?
Los números son eso, cifras. Pero la política -la buena política al menos- es otra cosa; se trata de la cualidad que los líderes tienen de acercar la esperanza y alejar el abatimiento, la de despertar ilusión frente a la desconfianza que nos aflige cuando observamos que los problemas crecen, quë las soluciones no se ven, y que el debate público se ha olvidado de unos y de otras.
Pero es cierto, la cosa es que a Feijóo no le salen los números.