Según los animalistas, vivimos demasiado centrados en la singularidad humana, es decir, en el especismo de la especie, es decir de nuevo, en el antropocentrismo, que molesta la sensibilidad de los mascoteros. Para Aristóteles sólo el hombre era zoon politikón, animal político, pero ahora le ha salido un competidor, el perro y adláteres, pues sus señorías políticas se comportan claramente como perros rabiosos con los de la perrera opuesta. Todos en la misma jaula, fraternidad universal al fin.
Sus señorías española promulgaron en 2022 una ley que reconoce a perros, gatos y a otras mascotas como miembros oficiales de la familia, así como la obligación de hacer un cusillo de formación por parte de sus propietarios y la obligatoriedad de un seguro de responsabilidad civil para con sus mascotas. En 2023 un juzgado de Ponferrada admitió que una persona que iba a asistir a un juicio como víctima de la violencia de su vecino fuera acompañada por su perro Oreo para darle soporte emocional, ¿qué mejor testigo que su moralidad olfativa? Los tribunales de Madrid, para no ser menos, obligaron a indemnizar a una mujer porque su expareja le impidió todo contacto con el husky siberiano que habían criado juntos tiempo atrás: lo que la pareja ha unido, que no lo separe el husky siberiano.
No sólo estamos familiarizados con nuestros animales, somos sus verdaderos familiares. Aquel filósofo al que no veía hacía tiempo me preguntó a bocajarro: “¿todavía estás casado?” “–Sí. Desde hace 52 años”. “-¿Pero con la misma? ¡Qué barbaridad, a los que llevan más de siete años casados habría que penalizarles por carencia de imaginación”. Y, como sarcasmo con sarcasmo se paga, me vi obligado a preguntarle: “-¿Tampoco tienes hijos?” Y entonces señaló a dos caniches que portaba en sendos brazos: “-Estos son mis hijos”. –“Qué lindos son, contesté, ¿y como está su perra mamá?”. En muchos hogares los amorosamente humanizados por sus dueños son considerados miembros de pleno derecho -familia interespecie-, alimentados como marqueses, durmientes en la cama de de dosel de su dueña o dueño, y alguno hasta disfrutando de los placeres de un spa, como los olímpicos del Pritaneo. Antes estaban presentes en los paseos, ahora también en fiestas y celebraciones, en el metro, en hoteles, terrazas, restaurantes y oratorios. A veces, incluso, son enterrados en la tumba de quienes los amaron “para incluir a los seres vivos que tienen la característica moralmente significativa de ser creados y poseídos para formar fuertes lazos emocionales con sus dueños”.
España ha pasado de los cuarenta y nueve millones de habitantes gracias a los extranjeros, pero si contásemos con los nuevos ciudadanos, es decir, con perros, gatos, mascotas y demás familia, tendríamos más españoles que chinos. Fantástica conversión a la ciudadanía, ya lo dijo aquel Schopenhauer: si no existieran los perros él no querría vivir. Para pasión humana, la perruna. No importa que él fuera un misógeno radical.
En la mente simétrica de los animalistas ya es hora de animalizar los horarios humanos. Si existen animales nocturnos, ¿por qué no adaptarse a sus horarios, como los campesinos que se despiertan a la del alba para dar de comer a sus animales? Al menos a Sócrates no se le podrá reprochar nada al efecto, pues se calaba el jubón por la noche como el búho de Minerva para estudiar el comportamiento de los humanos. Con un poco de buena voluntad, cada trabajador debería acomodarse a los horarios ajenos, aunque fuera difícil, pues una hora duerme el gallo, dos el caballo, tres el santo, cuatro el que no lo es tanto, cinco el capuchino, seis el agustino, siete el caminante, ocho el estudiante, nueve el pollino, diez el gorrino, once el muchacho, doce el borracho, y el perro y el gato duermen cada rato. Normalmente atribuimos intenciones hostiles a las conductas animales que nos parecen problemáticas, pero no comprendemos la frustración de un animal molestado por el macho humano, ¿no es eso una injusticia en toda regla merecedora para el animal humano de tarjeta roja?
Si los animales pueden actuar a partir de emociones morales, ¿por qué negarles dimensión moral?, ¿y por qué no atribuir a las emociones dignidad ética, e incluso teológica, ya que el animal es “animal divino”, según el título del libro de mi amigo Gustavo Bueno? Nuevo paradigma, pues: la moralidad compartida con otros mamíferos sociales relacionadas en forma de justicia, empatía, confianza y compasión, ya que viven conforme a un código de lealtad y compañerismo que concede prioridad absoluta a su vínculo con sus compañeros humanos? Abolition Man.
Un nuevo Linneo nos está esperando si reconsideramos que nuestra madre más moderna fue una mona. Sobra, pues, el “dominad a los peces del mar, los pájaros del cielo y todo animal que se mueve sobre las tierras” del libro del Génesis. Más aún, malhaya quien pretenda comerse a ningún ser vivo, nada de lubina al horno, ni de churrasco de ternera, y ni siquiera de la apetecible ensalada de canónigos. Las piedras serán el único manjar humanitario convirtiendo los dientes en tenazas, ruina de los odontólogos. Y, por supuesto nada, de esa antropofagia del rico gordo devorando al animal flaco temporero, no hay mal que por bien no venga, se acabó el capitalismo voraz, lo que no pudieron lograr el movimiento obrero ni los profetas escatológicos.
¿Por qué, pues, cuesta tanto la relación yo-tú franciscana con ellos, si los animales son personas morales y las personas también somos animales? Si, por la equipolencia moral, dejamos de ver ya las personas como animales depravados, ¿por qué no pensar posible al animal humano como el más cariñoso y protector de cuantos pueblan la Tierra?, ¿por qué no café para todos? Además, la solución a este dilema nos fue dada hace siglos por Jean Jacques Rousseau con su teoría del buen salvaje, que nunca hubiera debido evolucionar hacia el homo sapiens, maldita Ilustración…
Mal está lo que con neolenguaje se ha denominado recientemente antroponegación, léxicamente disparado por la culata para caracterizar el rechazo a priori de rasgos humanos en otros animales, o de rasgos animales en los humanos, pues tal vocablo designa precisamente lo contrario de lo que pretende, a saber, la negación del hombre, y no al hombre negador. Lo cual no quita que haya que aprender de los perros por cuanto nos regalan una encantadora y cálida compañía. Los perros interpretan los gestos, las acciones y las emociones humanas, entablando una relación de comprensión. Y además, nos sirven contra la peste de la soledad. Más vale un perro sodalicio y compañero que un mal amigo humano. Pelillos a la mar: cuando hagamos del pulpo un animal de compañía, y sobre todo a una boa constrictora, ¡qué dulce y decoroso será morir asfixiado por ellos, pobrecitos animales inocentes! Hay que aprender a ser tolerantes, como los animales…
Otorgar mancomunidad al lobo y bl hombre por ser sociables, ir en grupo, ser inteligentes y organizados, más o menos monógamos, en el sentido de que macho y hembra se reproducen y se esfuerzan mano a mano en cuidar a su manada según subrayan los animalistas, eso será un futuro auténticamente líricobailable. En resumen que, en virtud del parentesco homo homini lupus, nada más lógico que atribuir al hombre su condición de lobo, y al lobo la de hombre. Aquí paz y después gloria.