Apenas persuadido del sentido de mis pasos, estoy convencido de la impotencia de mis propósitos. Acaso conozco el norte y creo estar bien orientado, pero sé que no lo alcanzaré. No me consuela una fe débil que ni espera una victoria póstuma, ni una aniquiladora ausencia. Continuamente titubeo sin arriesgar una decisión. Ni cambio de rumbo ni avanzo en la ruta trazada, pero no conozco la quietud. Es una tensión pasiva, una inquietud malsana, contrafigura de la serenidad o del sosiego. Es posible, querido lector, que reconozcas ese estado porque – me parece – es el fruto de nuestro tiempo, es la condición de nuestra subjetividad desquiciada, errática y trastornada.
Es un estado de agotamiento nervioso, efecto del pánico ante un espacio infinito en el que toda referencia ha desaparecido. Creo que conozco el lugar donde estuvo el camino que hoy se ha borrado. Mis pasos son necesariamente tentativos y, aunque adivino vagamente la huella de quienes lo trazaron, carezco de la firmeza del heredero que puede prometer que habrá un mañana. Cualquier paso podría ser el último, ya apenas escucho el eco erosionado de las voces que me antecedieron.
Nuestro presente se ha desprendido de su pasado y carece de porvenir. Ignoramos cuál es nuestra condición y no tenemos descendientes. Todavía puedo evocar los viejos discursos que hablaban de la tierra del ocaso, alguna vez he recordado la voz de las gentes del altiplano saturado de murallas, de los viejos herederos de una lengua sagrada en la que se había vertido la sangre de Jerusalén. Alguna vez he creído percibir la voz casi mineral de quienes sabían que Aníbal no venció a Escipión, que el emir Muza no se impuso a la Cruz, que el turco fue vencido frente a las costas de Naupacto. Ese eco remoto es la fuente frágil que nutría nuestra existencia, pero – definitivamente apagada – hace mucho tiempo que no he vuelto a escuchar su agónica llamada.
Se escuchan nuevamente tambores de guerra y se nos exigirán gestos de entrega. ¿Los haremos en nombre de fantasmas? ¿Qué patria defenderemos, qué justicia, qué realidad inexpugnable? Malo es ignorar quién nos ataca, peor desconocer qué defendemos.
El reciente discurso de J. D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos ante la conferencia de seguridad ha herido la sensibilidad de muchos prohombres de la Unión Europea, pero ha estimulado también a numerosos europeos. Sería preciso superar esa oposición entre los dolidos y los estimulados recuperando la atmósfera en que pueda respirarse el sentido común. No veo cómo lograr esa restauración, aunque entiendo que de una restauración se trata, aunque haya de ser una restauración revolucionaria.
Hemos crecido en la popperiana sociedad abierta, una sociedad a la intemperie que pretende germinar en el aire. Se ha promovido un cosmopolitismo insustancial que convirtió en delito toda referencia al suelo y la comunidad en la que nos encontramos siempre situados o al cuerpo que nos arraiga y nos trasciende. El individualismo cosmopolita asimiló ese lazo esencial por el que fondeamos con un ideológico Blut und Boden; del mismo modo que toda apelación a la realidad se recibía con el sambenito de “fascismo”. Se extendió un espiritualismo atroz que hacía valer unas identidades capaces de sacarse del pozo de la voluntad absoluta tirándose de la coleta. El espiritualismo – que Chesterton juzgaba obra del diablo – se presenta hoy bajo la forma de un sociologismo constructivista que declara soberana nuestra libre elección, aplaudido naturalmente por el mercado que cuenta entre sus nuevas mercancías con un abundante catálogo de identidades.
Un liberal de los de antes señalaba hace muchos meses, tras leer el libro de James D. Vance que “se puede ser muy privatista, individualista y liberal, e incluso defender la soledad individual hasta la misantropía y por encima de cualquier tipo de comunitarismo, pero nadie, como diría Pedro de Tena, puede negar su origen, su madre… Somos individuos imposibles de vivir con dignidad sin los otros, en primer lugar, sin la familia…”
Agapito Maestre evocaba hace meses a los hillbillies europeos conminándonos a hacer algo para mejorar las cosas lejos del resentimiento y la decadencia. Pues bien, es ya el momento de recuperar la voz de alarma. Chesterton clamaba hace un siglo: “hay que salvar la familia, hay que revolucionar la nación”. Hoy, con la familia, hay que recuperar también la nación: para ello hay que revolucionar Europa, lo que es tanto como restaurar una Europa secuestrada por unas élites en rebelión contra su gente. Otro americano – Christopher Lasch – levantó acta hace décadas de una rebelión de las élites que no es, por tanto, reciente.
En fin, sólo desde ahí podemos responder a la conmoción que, al parecer, ha supuesto el discurso americano que tanto ha dolido a los elegantes rebeldes a cargo de nuestra seguridad. Son los zorros cuidando el gallinero: ¿Qué gente? Se preguntan hoy conmocionados esos portavoces de la nada.