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TRIBUNA

De libros, de etimologías y de latinajos

jueves 27 de febrero de 2025, 20:00h

Hablemos de la más importante cosa entre las menos importantes Cada vez que entro en alguna librería o en alguna iglesia busco biblias, libros de libros; hasta en la calle saludo a personas que me parecen bibliotecas que caminan. Soy scriturarius, librarius copista y bibliopola vendedor, porque los libros son semillas aladas en la salud y en la enfermedad, y no creo que a Don Quijote le enfermara el pasar los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio. Los veintiséis signos del alfabeto en fila sobre un fondo blanco no son trazos incomprensibles, sino preces: “¿hay algo más hermoso que ese libro que ha pasado por muchas manos a lo largo de los años sobreviviendo a mil avatares, muertes, herencias, almonedas, reventas, metido en una rueda que gira y gira incansable como la propia vida? Por el contrario ¿hay algo más triste que un libro que no se lee?, ¿imaginan aquella biblioteca a la que irían a parar todos los libros nunca pedidos en préstamo o consultados en los últimos cien años?”(1).

Me parece una falta de respeto situar los libros en doble fila como hetairas de segunda mano en el harem. Es repugnancia lo que provoca a mi estómago el manoseo de un libro con las manos pringosas, libro que no has de leer déjalo correr. Sin embargo, los ladrones de libros no me preocupan, jamás puse llave o candado para su preservación. En cierta ocasión los cacos robaron de mi biblioteca de Burgos unas maletas llenas de libros, que encontré descerrajados esparcidos por el suelo al poco en un descampado cercano. Ni siquiera apunto el nombre de aquellos a quienes se los “presto”, así me ahorro disgustos al reclamarlos, sólo me faltaría regalarles la estantería. Me gusta recomprar los de viejo, pero no revender los míos. Si no hay más remedio, los dejo al pie de los contenedores; una vez vi cómo se los llevó para su reventa un coche tirado por una mulilla tísica. En Latinoamérica no necesito llegar a ese dolor, y siempre regreso más ligero de equipaje de lo que fui. Pero las cien grandes cajas de libros enviadas a Guatemala, México, Argentina y Paraguay no siempre llegaron a su destino, o lo hacen destripadas, devastadas por aduaneros corruptos y por fielatos crueles. Hablar de mis libros con dedicatoria personal recomprados en librerías de viejo daría para un extenso anecdotario. Una vez localicé su rocambolesco itinerario hasta dar con la fuente del desagradecido.

Aún no he hallado cómo descongestionar mis bibliotecas; mis pobres libros un día compañeros de altar y expulsados de su lar, mutiladas sus páginas para reducir su espacio a su mínima expresión: comprados como amigos, expulsados como okupas. Ya no me queda tiempo para leer gruesos volúmenes, así que me ahorro su holocausto. Por cada libro que entra son dos los que salen, aunque no llego a comportarme como Dámaso Alonso: “mire, me levanto, desayuno, me aseo, me visto y luego me pongo ahí en la puerta toda la mañana para impedir que entre en esta casa un solo libro más”.

De todos modos mi afición al ex libris es nula, un libro no puede ser un ex. Aquel visir persa viajaba en el siglo X con sus 117.000 volúmenes en riguroso orden alfabético en una caravana de cuatrocientos camellos. Ortega localizaba desde el extranjero cualquier libro en su biblioteca de más de quince mil volúmenes; en alguno de sus viajes enviaba instrucciones precisas respecto de la balda, el estante y el lugar exacto que ocupaba el libro que necesitaba, y a veces hacía que lo copiaran o dictaran por teléfono. Una vez fue un operario a la casa de Andrés Trapiello a hacer algún arreglo, se paró sobrecogido ante su biblioteca y le preguntó a qué se dedicaba: ‘soy escritor’, A lo que el hombre añadió: ‘¿y los ha escrito usted todos?’. Trapiello le dijo que sí, que si no todos, casi: ¿“cómo iba a desanimarle?”. Cabrera Infante, a la pregunta “¿los ha leído todos?” respondió: “sí, pero sólo una vez, tranquilo”. Rulfo recomendaba malos libros, autores prescindibles, obras fallidas; sus amigos lo sabían y esquivaban sus sugerencias, pero siempre había alguien poco avisado, que picaba”(2).

Aun así, hay que cultivarse. Morro no es abreviatura de chamorro, fusión de chateo, choteo y morreo, aunque todo se andará gracias al chat. Chamorro es un apellido extendido por muchos países, pero los mexicanos de apellido Chamorro llaman chamorro a la pantorrilla o parte posterior de la pierna humana, situado por debajo de la corva de la rodilla, no sé si por parentesco con el cerdo, pero sólo los muy ilustrados saben que la lengua chamorra del grupo malayo/polinesio se habla en las islas Marianas, situadas a medio camino entre Japón y Papúa Nueva Guinea(3). Todavía a principios de siglo XX los religiosos españoles vascos hablaban chamorro en su mayoría. Pero nadie puede evitar que, en cuanto pinchas en una palabra, te salpique toda la gramática: no habiendo palabra masculina que no tenga su correspondiente costilla femenina; chamorra es un denostativo leve, entre cariñoso y pintoresco, aplicable a las cabezas testarudas. El masculino y el femenino tienen su origen en el verbo chamorrar, esquilar o trasquilar, en atención a las disfunciones no tan infrecuentes entre las parejas. Por extensión podría aplicarse a quienes peinamos malos pelos, no por el artificio de las modas, sino por defecto de fábrica, razón por la cual podríamos pasar por humildes trasquilados, ya que vareados lo somos luego.

Etimologizar es voyerismo mágico, espionaje de las partes etimológicas ajenas con sus originales falsedades, y en eso se lleva la palma san Isidoro, cuyas Etimologías en dos volúmenes son hilarantes, ¡qué morro tenía el santo! Si en algún lugar se encuentran las cosquillas del lenguaje es en las etimologías. Chamorros famosos no han faltado en la historia de la cultura hispanoamericana, uno de ellos de nombre Juan, pintor español discípulo de Herrera el Viejo, cuya fama le alzó al pináculo al alcanzar la presidencia de Bellas Artes de Sevilla en 1669-1670(4). Consciente de mi impagable contribución al asunto, voy a ver si invento el Premio Etimologías para luego presentarme a él como candidato único.

¿Y los latinajos? La jerga embolismática de Johann Valentin Andreae no es un asunto marginal para explicar el sentido de su obra. Su latín es malo sin paliativos, y esto es lo más candoroso que se puede decir de él. Ya el vocabulario que emplea resulta sobrenatural por su modo de emplearlo en frases y períodos. El sentido de un texto suyo no es cosa que se pueda deducir así como así de la letra, sino que hay que proceder a un criptoanálisis concienzudo. Las palabras y frases que estila son tan excéntricas y el sentido tan abstruso e impenetrable como un idioma misterioso, esotérico, portador de un mensaje excitante y trascendental, a nada que el lector contribuya un poco con su fantasía. Las imágenes y las palabras se agolpan, las frases se solapan, la construcción gramatical a cada paso poblada de contradicciones lógicas, el sentido de los párrafos hay que buscarlo fatigosamente o averiguarlo tras una meditación honda y prolongada. En ese proceso alquímico una obra ininteligible por su mala redacción y la turbiedad de sus ideas se transforma en las manos de un fervoroso entusiasta en un producto hermético preñado de mensajes capitales y luminosos”(5).

Esta lengua censura a los absolutamente incapaces de dominarla, sin paciencia para cultivarla, insensible a su elegancia, un hombre, como suele reprocharse, bárbaro.

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1. Cfr. el fascinante libro de Marchamalo, J: Tocar los libros. Editorial Cátedra, Madrid, 2020.

2. Ibi, pp. 44 ss.

3. Fernández Vítores, D: Las afueras del español. El viaje de una lengua con escala en tres continentes. Editorial Peter Lang, Berlin, 2023, p. 41. Libro de etnolingüísmo sociopolítico primorosamente documentado y escrito.

4. Uno de los cuales, regalo impagable de Amando de Miguel, es el Diccionario general etimológico de R. Barcia, Seix Editor, Barcelona, 1880, cinco volúmenes, al primero de los cuales debo esta etimología.

5. Prólogo y traducción de Emilio García Estébanez a la obra de Johann Valentin Andreae Cristianópolis. Ed. Ayuso, Madrid, 1996, pp. 85-89. Mi amigo Emilio, dominico vallisoletano murió joven. Poseedor de una brillantez difícilmente superable. Bendita sea su memoria ya la de otros también amigos dominicos del Estudio de Estudios Filosóficos de Valladolid.

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