Ayer mientras conducía, escuché en la radio una noticia que me dejó helado: habían encontrado el cuerpo sin vida de un hombre en el trastero donde vivía. No se especificaban muchos detalles, solo que llevaba allí días sin que nadie se percatara de su ausencia.
Mi hija de 9 años, que iba conmigo, preguntó: “Papá, ¿qué es un trastero?” Le expliqué que era un espacio pequeño, oscuro, donde la gente guarda cosas que ya no usa pero tampoco quiere tirar. Ella se quedó en silencio. Yo también. Porque me di cuenta de que, más allá de la explicación, había algo muy duro: la historia de un hombre que terminó viviendo entre lo que otros habían decidido olvidar. Una historia que quizás nunca sea escrita y que, creo, merece unas pocas líneas de tinta digital dentro del océano de tristeza que ello conlleva, y sí; es cierto, hay gente que no tiene ni un techo donde resguardarse, que el hombre del trastero quizás no era tan desgraciado porque, al menos, no dormía a la intemperie, pero, qué quieren que les diga, la imagen de una persona en la soledad de un hueco como ese día tras día me destroza el corazón.
Hannah Arendt, advertía en La condición humana que el trabajo y el consumo se han convertido en las únicas actividades que nos definen. En ese modelo, quien no produce ni consume deja de existir para la sociedad. No es casualidad que, en las ciudades modernas, las personas sin hogar sean prácticamente invisibles. No encajan en la narrativa del éxito, no generan beneficios, no tienen lugar en la conversación pública. Son invisibles, extranjeros, en el sentido que Georg Simmel le da a esa palabra, no solo como aquel que viene de lejos, sino como quien, estando cerca, nunca llega a integrarse del todo. En la ciudad moderna, decía Simmel, las relaciones son superficiales, los vínculos débiles y la velocidad de la vida impide la empatía con quienes no entran en la lógica del sistema. En ese esquema, la prisa no es solo un rasgo de la vida urbana, sino una forma de olvido.
Sin embargo, la literatura está llena de personajes que, como ese hombre en el trastero, habitan en los márgenes de la historia. En Dublineses, de James Joyce, los protagonistas son seres atrapados en existencias grises, e inútiles, incapaces de escapar de su destino. En Esperando a Godot, de Beckett, los personajes esperan algo que nunca llega, en una metáfora de la inercia de nuestro tiempo.
Los antihéroes de la literatura suelen ser figuras del fracaso: Perico de Alejandría en Las Pirañas, Meursault en El extranjero, Roquentin en La náusea de Sartre o Emilia de Nuestra parte de la noche, escrita por Mariana Enríquez. Son personajes que el mundo deja atrás, figuras sin épica, que habitan una sociedad que no tiene sitio para ellos.
Pero los antihéroes no están solo en los libros. Están en nuestras ciudades, en las estaciones de tren, en los albergues, en los portales donde alguien deja una manta para la noche. También en esos trasteros donde alguien pasa sus últimos días sin que nadie lo eche de menos.
Adela Cortina acuñó el término aporofobia para describir el rechazo estructural hacia los pobres. No es solo que la pobreza moleste, sino que la sociedad se organiza para apartarla de la vista. Usted y yo lo haremos. Volveré a mirar para otro lado cuando me salude el chico que pide a las puertas del súper o bajo el arco del ayuntamiento. Pensaré que ese problema es de otros, que ya está Cáritas y las paguitas y que ¡bah!, yo a lo mío. No me tocaría tan adentro si no supiera que el riesgo de estar ahí al otro lado es real. Usted o yo podemos estar ahí, pidiendo, si se nos da mal tres o cuatro cosas en la vida y no logramos levantar cabeza.
Mi hija no preguntó más. Tal vez intuyó que, más allá del diccionario, había una tristeza que no podía explicarle. Pero la imagen me sigue pesando: un trastero no es un hogar. Es el último refugio de quienes han quedado fuera de la historia. Y mientras sigamos corriendo sin mirar atrás, seguirán acumulándose vidas en los márgenes, vidas que merecían ser escuchadas, vidas que merecen un chorro pequeño, minusculo, de tinta digital para que les digamos que no se preocupen más de nada y que, al fin, descansen.