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TRIBUNA

Derribar el muro anticonstitucional con moderación democrática

sábado 01 de marzo de 2025, 19:24h

La moderación no es el punto medio de la línea, lo que llaman centro político, sino el equilibrio entre diversas tendencias sociales. Aristóteles entendió la moderación como un ejercicio riguroso del sentido común, un sentido en que todos convenimos por ser humanos, no animales. La sensatez no exacerba emociones ajenas a menos que sea imprescindible responder al amedrentador en legítima defensa ante el abuso. La sensatez supedita los impulsos emotivos a la reflexión rigurosa, no recurre a la soflama, como Tertsch en reciente artículo. El sensato se asegura de que el apagafuegos no tenga por fin propagar el incendio sustituyendo agua por gasóleo.

Vidal Quadras y González Quirós, con quienes me une sana amistad, optaron por vacunarse del virus que enfermó al Partido Popular. La consciencia del poder atrae la corrupción. La enfermedad no se cura desvitalizando al enfermo ante la enfermedad contrincante, sino limpiando la infección. Saneado el Partido Popular de la gangrena, Vox, que aspira a sustituirle animado por la complacencia sanchista, comienza a gangrenarse: no resistiría hoy una auditoría a fondo. La fiscalía del PSOE es un auditor que necesita dividir el voto liberal-conservador. Saldrá a escena solo cuando a Sánchez convenga para continuar en la Moncloa.

El Partido Popular de hoy no es el de antaño. Invité a Alejo a discutirlo cuando también polemicé con Contreras sobre este asunto. Ahora ni Vidal Quadras, ni Quirós, ni Contreras, ni Espinosa, ni Olona, ni Hernando, ni la cara de vicepresidente que se le puso a Gallardo, ni los de Salamanca están en Vox. Es más preocupante que no estén dentro, que dañino fue que Alejo y Quirós abrieran la puerta a Sánchez fracturando al PP. Donde solo cabe la voz de uno, no hay un partido, hay un órgano bucal bien alimentado desde fuera que impide el saneamiento por dentro. Quien anima patrióticamente a Abascal a abrazarse a Rusia ha silenciado las voces que podrían limpiarlo. Calca la táctica de Putin.

Tampoco hay diferencia e del control de Vox por Abascal que el de Sánchez para dominar lo que llaman PSOE. Tertscht exalta la bravuconada como ejemplo de liderazgo patriótico y califica como pusilanimidad y tibieza la moderación que encauza el equilibrio entre corrientes diversas con. Quiere “compañeros de armas”, no cauces de reflexión sobre cuándo usarlas. Invocarlas, fortalece el muro sanchista y debilita la convivencia entre españoles. Lo sabe todo el que sea aplicar una regla d’Hont. En un país democrático caben todos los que acepten las reglas del juego. En un corral, solo las ovejas que reconozca el perro guardián dentro de la alambrada.

La escisión del Partido Popular fue suficiente para que un Sánchez desalmado mande hoy en España en contra del sentir de la mayoría de españoles. Tertscht sabe que Vox se ha consolidado para unirse a los partidos que forman el europeísmo patriótico en una internacional beligerante, reverso especular del progresismo izquierdista. Patriotismo que enfunda armas similares a las del fanatismo woke para mantener los muros en las sociedades democráticas. Los nuevos patriotas se empeñan más en conservar el muro que en derribarlo.

La monarquía constitucional no es patriótica. Un tribunal constitucional no puede elegirse para que sus vocales sean prolongación del legislativo. La división de poderes no ha de estar al servicio de un patriotismo obligatorio. El juego electoral no es un lance entre quienes se disputan controlar un muro. Para que la monarquía parlamentaria sobreviva se requiere que las reglas del juego democrático, puestas en peligro por el sectarismo izquierdista, no estén tampoco al servicio de un patriotismo nacionalista. A medida que Vox va excluyendo disidentes, su rostro va mostrando la catadura de Sánchez. Si Sánchez tergiversa la democracia para ocultar su corrupción, necesita a Vox para disimular su autodefensa sectaria. Sus diferencias no evitan que se retroalimenten mutuamente. Sánchez es el espejo donde se refleja Vox.

Es tentador embriagarse viendo cómo Trump somete a la izquierda americana y europea a tragar la pócima que ha servido al progresismo para levantar un muro allá y acá. Responder a su acción represora con una reacción de signo contrario es un impulso emocional. Cabe esperar que los gestos de Trump y Milei tengan una finalidad más estratégica –para detener el ritmo de los competidores que se discuten el mando del mundo–, que ideológica, para imponer un nacionalismo patriótico en Argentina o Estados Unidos, aunque con Trump todo puede ser. Pero la cuestión de fondo es que Europa y USA no aportaron al mundo el patriotismo nacionalista, sino un patriotismo de convivencia democrática entre discrepantes para asumir las reglas del juego constitucional. único patriotismo en que caben todos los que no luchan para pervertir la democracia. El nacionalismo sea catalanista o españolista subordina la libertad personal al organicismo patriótico que sufraga Putin para controlar la justicia con el mismo descaro que el sanchismo subvenciona las deudas del independentismo.

Siguiendo con Aristóteles, la moderación por la prudencia no es incompatible con la eficacia de la decisión. Lo entiende así el profesor y consultor bonaerense Luciano Elizalde. Milei habla de la motosierra, pero no la aplica al desguace. Aclara los números macroeconómicos para que a los subvencionados les sea más provechoso lanzarse al mercado que seguir manteniéndose en el pesebre. La verborrea de Trump es innecesariamente agresiva si no sirve a un pragmatismo similar. Porque no se trata de acabar con el contrincante si acepta las reglas constitucionales. Si el fin de la realpolitik fuera acabar con el pluralismo, el realismo político acabaría disolviendo su fundamento democrático. Lo que se decide es cómo convivir con quienes se disputan la hegemonía electoral interna, o con quien colaborar entre quienes rivalizan por el mando en el mundo global. Si Occidente subordina sus principios democráticos a obtener la supremacía sin importar las reglas que dividen el poder para que no sea dictatorial, no valdrá la pena llamarse occidental, bastará ser ruso o chino.

Para mantenerse occidentales, las reglas del juego han de fortalecerse desde dentro: lavar la carcoma interna cosiendo las vestiduras rasgadas por el nacionalismo catalanista y las sanguijuelas sanchistas. Eso no lo garantiza la bravuconería patriótica, sino la lealtad constitucional a la monarquía parlamentaria. También hay que regular la avalancha de fuera sin exigir a la emigración que sea patriotera. Basta filtrar que no introduzcan delincuentes o fanatismo emboscado. Si un emigrante pretende ser reconocido, es obligado que reconozca y respete las reglas que facilitan su reconocimiento.

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