El acuerdo entre el PSOE y Junts para traspasar las competencias de inmigración a Cataluña es, como decíamos en nuestro último editorial, inconstitucional por tratarse de una competencia exclusiva del Estado y por ir contra la igualdad de los españoles. Pero es también racista y supremacista. Pues, al igual que Trump, expulsa y desprecia a los extranjeros, a los “nacidos fuera de Cataluña”, que, en este caso incluiría al resto de españoles. En el acuerdo avalado por los socialistas se llega a decir que “se trata de asegurar el futuro de la identidad nacional catalana”. Una frase que parece un remedo del “America first” del mismísimo presidente americano al que tanto odia Pedro Sánchez. Y es que, por esencia, el nacionalismo es pura xenofobia y seña de identidad de la “fachosfera” que dirían los voceros de Moncloa.
Se trata de una prueba más de la falacia del Gobierno “progresista”. Pues uno de los grandes protagonistas de la existencia de ese Gobierno es Junts que se alinea con la derecha pura y dura que defiende el racismo más antidemocrático y retrógrado y cuyo gran rival político es el partido de ultraderecha Alianza Catalana.
Pero Puigemont se regodea de su independentismo “facha” gracias al poder que le otorga Sánchez. Hasta el punto de convertir Cataluña en un Estado independiente sin necesidad de otro amago de golpe de Estado. Porque el golpe de Estado ya lo da el presidente del Gobierno por él. Como recordábamos en nuestro último editorial, desde la amnistía, la soberanía fiscal y la quita de la deuda hasta llegar a la transferencia de las competencias de inmigración, Cataluña cada día da un paso más hacia la independencia total. Y con recochineo y arrogancia, Puigdemont lo reconoce y alardea de sus éxitos secesionistas cuando declara que la gestión integral de la inmigración es “una competencia que normalmente ejercen los Estados", por lo que “Cataluña estará mucho más preparada para su futuro como nación.”
En efecto, lo que intenta ocultar Pedro Sánchez es que el acuerdo es racista y, por tanto, es una aberración que lo apruebe un “Gobierno progresista.” Y, además de racista, es golpista. Un golpismo de guante blanco, pues no es siquiera imprescindible ejecutar la asonada tomando las calles como el 1-O. Pero convierte Cataluña en un Estado al borde de la independencia y, por tanto, incumple la Constitución.