Desde su iniciación en la novela, con Un crimen argentino (2002), Reynaldo Sietecase, de profesión periodista, ha cultivado una narrativa en la que el género policial se emplea ―siguiendo una senda que se remonta, al menos, al Rodolfo Walsh de Operación masacre (1957)― como una lente con la que aproximarse a las entrañas de la sociedad argentina, una lente en la que el reportaje se mezcla obstinadamente con el thriller. Con su última novela, La Rey, este dispositivo narrativo se profundiza y suma un componente, el del misterio y el horror, género que ―esta vez en la línea, acaso, de lo que vemos en obras como Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez― se pone también al servicio de la construcción de un lenguaje que hace aflorar el hedor de las catacumbas; de un mundo violento, cruel, injusto. El nuestro.
La Rey cuenta la historia de Blanca Rosa (La Rey), una chica paraguaya con raíces guaraníes, que desde su infancia sufre la agresión y el maltrato. A los trece años es violada (será la primera vez de una costumbre brutal) por el marido de su abuela. Algunos años después consigue vengarse y huir, bajo la guía de su leal amiga Maruca, a Buenos Aires. Allí, lejos de alcanzar el descanso improbable de una vida digna, comenzará una rocambolesca seguidilla de aventuras en las que se mezcla el mundo del narco, la trata de personas y la postergación social. Esa primera agresión sexual será, pues, la muestra inicial de una existencia condenada a la opresión por parte de hombres que, no muy lejos de los diáfanos espacios de la urbanidad, disponen de las mujeres como de una mercancía cuya humillación parece, siguiendo los principios de una perversa economía, consolidar o aumentar su valor.
Hasta más o menos la mitad del libro, el autor parece tentarnos con una versión latinoamericana ―que se ahorra la coreografía gore, pero no la brutalidad― de Kill Bill, siguiendo la ruta hacia la venganza de una atractiva heroína que solo sabe hacer bien tres cosas: “limpiar, coger y matar”. La tensión se acumula con la expectativa de que, en algún momento, La Rey romperá sus cadenas y, en una apoteosis de violencia catártica, repartirá mamporros, balazos y cuchilladas a esa tropa de mafiosos testosterónicos que por fin será puesta en su sitio. El origen feroz del narcomatriarcado.
Afortunadamente, no es esa clase de redención, todavía enmarcada, por lo demás, en una fantasía masculina, la que acaba vertebrando los hechos, sino otra, acaso menos espectacular, pero en cambio más ajustada al carácter de una mujer que interioriza los códigos de la violencia patriarcal solo en la justa medida para encontrar una fisura y planear una vía de escape. Durante la primera mitad del libro predomina en la conciencia de La Rey la voz de su novio muerto (a manos de sus rivales en el hampa), quien deja caer en su memoria breves lecciones de un fragmentario manual de supervivencia (“Es mejor tener un arma y no necesitarla, que necesitarla y no tenerla […]”); en la segunda se da paso, cada vez más, a una distancia, un desencanto, que buscará la sangre ajena solo como una forma de restablecer el orden y la posibilidad ―cuando ya es muy tarde para el amor, cuando ya es muy tarde para todo― de un nuevo comienzo.
Y es que La Rey no se ve atraída por, ni reflejada en la lucha territorial masculina. La Rey se mira en un espejo negro, un espejo de obsidiana. Aquí encontramos, pues, el segundo ingrediente de la fórmula narrativa de esta novela: el ocultismo y el terror. Desde pequeña, y como herencia de sus ancestros, Blanca lleva consigo una pequeña piedra de obsidiana, el material con que en diversas culturas precolombinas ―ese “espejo enterrado”, para usar la expresión de Carlos Fuentes― se confeccionaron armas, joyas y, en especial en la civilización azteca, espejos. Ese espejo negro funcionará como una ventana siniestra, enigmática, que mantendrá abierta una alternativa a la violencia circundante. Sobre ella arrojará una luz sombría y purgadora que ―si se quiere, como un Deus precolombinus ex machina― emerge desde un sustrato más antiguo, más profundo que el que ocupa, en los abultados márgenes del neoliberalismo, el submundo mafioso que acecha a Blanca.
La Rey es un libro provisto de una maquinaria narrativa bien aceitada, que fluye y proporciona, ante todo, una historia que capta la atención del lector: una confluencia de marginalidades ―sociales, étnicas, epistemológicas― que nuestra cotidianidad, como una frágil cáscara que apenas puede contenerlas, quiere mantener silenciadas y separadas, pero que aquí, bajo una trama arriesgada y atractiva, colisionan. Como Blanca mirando su espejo negro de obsidiana, el lector podrá sumergirse unas horas en el negativo omnipresente de eso que se ha acostumbrado a llamar normalidad.