A vueltas con los diarios estos últimos días. Con la publicación del propio, surgían las preguntas de los amigos acerca de un género literario y un tipo de escritura que, de tan normal de primera apariencia, parece encerrar incontables misterios acerca de su ejecución, de su lectura, no digamos de su práctica. Nada del otro mundo y a su vez todo uno contenido en la sucesión de días y eventos que deciden recogerse en un anodino cuaderno, esperando allí ser sacados de su hibernación. Todos hablan de lo mismo porque todos hacemos eso, precisamente. No hay diarios malos, como dijo Trapiello, sino vidas mal contadas.
Cuando la de uno parece no bastar, queda la alternativa de fijarse en la otra. De este modo, José Mateos fue anotando de octubre de 2013 a octubre de 2014, en idénticas fechas de salida y llegada, los días 13, lo que pasaba, lo que no se detenía, lo que regresaba incansablemente, rompiendo un año de abstinencia escritora, que no es poco, y compensándonos a los lectores con uno de sus títulos más bellos y de los que se pueden destacar en general entre el compendio de diarios o de literaturas breves. Un año en la otra vida es la narración del coste de la alegría. ‘Lentamente todo se borraba como la pátina de una medalla antigua. Todo se despedía de todo, acariciándose’, evoca por la vista de un atardecer en la playa, un escenario evidente y esperado, pero en cada entrada Mateos sabe esclarecer un detalle más que habíamos pasado por alto. Con dos o tres pinceladas, sus páginas componen un dibujo que nos traspasa por su sencillez, por la luz interior irradiándose —el sur de Mateos siempre es uno horizontal, unas cuerdas de las que brotan las músicas más finas al leve contacto—, por el descubrimiento que se vuelve todo. ‘Lo que espero puede venir de cualquier parte. Nunca se sabe de dónde. Es imprevisible. A veces de algo tan insignificante como un cristalito roto que brilla al sol o como el verdín de una charca. A veces, de algo grandioso y sublime, como el mar. Esta tarde el gran misterio lo han traído esas tres o cuatro hojas que quedaban aún en las ramas de un álamo: esa manera tan alegre, tan luminosa, de saberse frágiles’.
Sin embargo, esta relectura me lo ha presentado como un libro distinto. Es una historia de fantasmas, en realidad, y de vez en cuando se cruzan otras escenas, con diálogos de mucho pesar y otros de humor y caladura pictórica, como ese curso de esplendor y caducidad de unos membrillos en un plato de la cocina. Insisto en los fantasmas de Mateos. Se le aparecen en los paseos. Se sientan a su lado para rememorar juntos esas pequeñeces que en otro tiempo parecieron locuras. Los siente como aires acariciadores, esos aires difíciles del sur gaditano, de los alrededores jerezanos salpicados de cañas y alamedas, de las calles recibiendo los guiños de las jacarandas, escribiéndolo todo desde muy lejos aun encontrándose a unos palmos, inevitablemente siendo poeta aunque tire por la fantasía. Lo que ven sus ojos le devuelven a su sitio, a las vivas presencias —o revividas, mejor dicho—, a no temer las intensidades: ‘¿Qué realidad es esta que apenas nombramos, cuando ya se ha ido? ¿Qué es este saber tan puro que no admite expresión, que desconfía de cualquier vocabulario? Después de entregarse completamente, ¿por qué huye al ser nombrado? […] Como si sólo se dejase acariciar en un idioma que no es el nuestro y que tratamos de descubrir inútilmente, escribiendo. Un idioma abundante de pobreza. Un idioma hecho sólo de primeras palabras, de torpezas. El idioma, tal vez, de los árboles, de los idiotas, de los niños’.