La Unión Europea quiere ir a la guerra y ha hecho eso que se llama una provisión de fondos. Entonces, el Gobierno, que quiere ser más europeo que Ursula von der Leyen, ha anunciado que va a “reordenar” el presupuesto vigente y va a poner en marcha un plan de rearme de 3.500 millones de euros para defensa e industria. La inyección será de miles de millones de euros, entre 3.500 y 5.000, en las partidas de Defensa. Por qué hacer el amor, se preguntan en el Ejecutivo, pudiendo hacer la guerra, que es más rentable que tener al personal “romantizando” la existencia, como dicen ahora. La castiza guerra de los monumentales desfiles de los generalísimos vende muy bien, aunque sea un conflicto ajeno, y los pacifistas vemos con mucho recelo cualquier movimiento de tropas, porque la historia nos enseña que, en ese afrontar las beligerancias, solo espera la desolación, la muerte y la desgracia. Parece mentira que, especialmente por aquí, no lo sepamos.
El artículo 9 de la ley de Presupuestos de 2023, actualmente prorrogados, permite mover partidas de una rúbrica a otra de las cuentas públicas; y los planes del Ejecutivo, que siempre coinciden con los que dicen otros por encima, pasan por esta ampliación: y necesitada esta España de tanta ayuda en educación, en empleabilidad y en desarrollo, resulta que van ahora y prevén abrir una línea de financiación del Ministerioo de Industria por un monto de otros mil millones en programas tecnológicos en materia de defensa y seguridad; para la conflagración, vamos. Y adiós al cambio climático y a las acogidas de extranjerías varias, porque los gobernantes insolados que reparten ejecutiva insolación, enseñan al paseante que aquí mandan los señores de la guerra, y que llegado el momento, las agendas y el medio ambiente son papel mojado. En esta España en que muchas generaciones se frustran de tabardillos educativos, puesto que el sistema está hecho unos zorros y el profesorado pide ayuda desde el campanario del cole, o los médicos y enfermeras solicitan de manera urgente más dinero, nos engalanamos de uniforme milmillonario porque nos vamos a la guerra con nuestros impuestos, Maricarmen.
Toda la fuerza y el orgullo del mes de marzo está en estas gigantescas cuentas que, por arte de birlibirloque, los que mandan han ido a aplicarlas a los cañones antiaéreos, los tanques y la balística, que donde ponen el ojo… ya saben. El misil cotiza al alza, más que un libro o una comedia en el teatro, y luchar con el lanzamisiles al hombro es lo que se lleva, que hay presupuesto en abundancia para repartir por toda Ucrania. Solo que esos artistas e intelectuales que se suponen que dan la tabarra del infortunio bélico, de la apoteosis nuclear, del salir al encuentro con las pancartas por el Buen Retiro y el no a la guerra, callan y otorgan esta vez. Las dinastías progresistas están hoy como más a la sombra, más al pairo, en sus cosas del sexo y lo woke, la cancelación y el señalamiento, que son más cómodas y se pueden abordar soslayadamente. La gran evidencia del vivir español es contemplar la miseria del contraste, la incapacidad, una vez más, de salirse de la fotografía partidista y señalarse una docena de contradicciones. La protesta pacifista es ya ese recuerdo fúlgido, entre árboles del paseo del Prado, atados con cadenas para que Aznar, por ejemplo, viese a los sansebastianes del puño y la rosa, de la hoz y el martillo, los verdes y otras especies… Hoy, el silencio lo invade todo y no sirve el combate social de otro tiempo. Nuestro pasaporte del buen ciudadano tendrá validez si acatamos las decisiones de este Ejecutivo esencialmente pragmático. Como todos los gobiernos, por otra parte. Por eso nos dan tanto asco, porque padecemos por estos gestos indecentes, y nuestra osadía se vuelve cada vez más heroica, como si los revolucionarios que quedan solo lo son por llevar la contraria a la clase dirigente gracias, simplemente, al sentido común.