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LETRAS, CEROS Y UNOS

Darle una patada a una piedra y que salga un poeta

sábado 22 de marzo de 2025, 18:00h
Actualizado el: 22/03/2025 18:51h

En una de sus frases más citadas, Hölderlin escribió: “¿Para qué poetas en tiempos de penuria?” Hoy, la pregunta parece invertida: ¿para qué poetas en tiempos de sobreabundancia? Nunca ha habido tantos poetas ni tantos versos “tirados” a la red, y sin embargo, la utilidad de la poesía sigue siendo una pregunta abierta.

La filosofía, que a menudo dialoga con la poesía, también ha intentado responder. Platón expulsó a los poetas de su República ideal por considerarlos peligrosos imitadores de la realidad. Aristóteles, en cambio, los reivindicó: la poesía no copia el mundo, sino que lo reinventa. Heidegger vio en ella la vía privilegiada para el pensamiento, una forma de habitar el lenguaje antes de ser atrapado por la lógica.

Si la utilidad de algo se mide por su impacto medible, la poesía parecería estar en crisis: no alimenta cuerpos, no salva economías ni cura enfermedades, no consigue que haga mas burpees ni que me crezca el pelo. Pero si entendemos lo útil como aquello que transforma la percepción, que nombra lo innombrable y ensancha los límites del pensamiento, entonces la poesía es más necesaria que nunca.

Sí, es cierto, he acudido a recitales de poesía en los que todos éramos poetas. Me he encontrado indiferencia, bostezo y extrañeza. Un día fui castigado en el instituto por declarar mi amor con un rotulador permanente en una de las dependencias del centro. He comprado la poesía completa de Machado por cincuenta céntimos y le he regalado un libro de Alfonsina Stormi a mi dentista argentino porque me dijo que era de Rosario. He escuchado mil veces eso de que sobran poetas y es cierto, sobran poetas y sobra poesía, pero falta compromiso: compromiso con lo que se escribe o con la belleza misma de lo que se escribe. Sobra “poesía eres tú” y falta Gimferrer. Sobran poetas fingidores que se inventan pasados y antepasados para tirarse el moco en los copetines de los recitales. Aquellos que no reivindican, sino que hacen partidismo. Aquellos que pagan su autoedición sin plantearse ¿de verdad era necesario darle al mundo esto?...

Lo que me preocupa no es que haya un exceso de poesía, sino que muchas veces suene igual, que se vuelva predecible ybostezable. La poesía debería incomodar, sacudir, abrir grietas en el lenguaje y en la conciencia. No basta con escribir, hay que asumir la responsabilidad de la palabra. Un poeta que no arriesga es solo un amanuense de lo obvio. La poesía jamás puede ser comparsa.

Y sí, lo confieso, me aburre la poesía de la naturaleza, la de amor manido, la del pareado ripioso,la que intenta ser reivindicativa y no es más que un exabrupto. Reivindico el lujo en el lenguaje, reivindico a José Luis Rey por orfebre retorcido de las palabras, reivindico a Idea Vilariño por escalar almas, reivindico a Julio Rodríguez por ser la inteligencia reflejada en sus poemas. Reivindico Lorca, por haberme enseñado a leer y a escribir y dejarme su soniquete para siempre, reivindico a Gloria Fuertes por original y rompedora, reivindico a David González por hacer poema lo doloroso, lo desapercibido.

A veces pienso que la poesía es como una lámpara encendida en mitad de la niebla: podría ayudarnos a salir de ella o a entrar en la misma si a veces nos aburrimos de tanta claridad.

En última instancia, quizá la pregunta no sea para qué sirve la poesía, sino cómo estamos dispuestos a hacerla parte de nuestra vida, como actuamos para que cobre vida desde los libros, desde los cuadernos, y paser a ser un elemento fundamental de nuestra alma.

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