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TRIBUNA

Una suerte de fingidor

Javier Mateo Hidalgo
domingo 23 de marzo de 2025, 18:02h

Durante los años que llevo dando clases como profesor de Arte —ese arte con mayúsculas que siempre intento defender desde la enseñanza—, no he podido evitar sentir sobre mí el síndrome del impostor. No es que no quisiera dedicarme a dar clases, pues siento en ello algo vocacional. Me gusta estar en contacto con otras personas, sentir que puedo no solo transmitirles cosas nuevas e interesantes —aquellas que se pueden aprender con menos esfuerzo porque resultan atractivas al alumnado, que alimentan su espíritu sensible—, sino que también con mi profesión puedo enriquecerme a través de los demás. Nunca se termina de aprender, esto es algo evidente, pero hace falta disposición, carencia de cierto orgullo y, sobre todo, nulidad de prepotencia. Me gusta conocer cosas nuevas y, sobre todo, de la mano de los que supuestamente están ahí para aprender de mí. Esto te mantiene vivo, en contacto con el mundo. Como digo, no se trata de eso. El problema nuclear de ese extraño e inquietante complejo estriba en el interés que sobre mí ejercen otras cuestiones como la lectura, la escritura, el arte en general… De aquí a unos años he ido desarrollando la faceta creativa gracias a una mezcla de suerte y constancia: las publicaciones en forma de libros —en su mayoría poéticas— se han ido sucediendo, así como todo lo que conlleva en el plano de las relaciones sociales. He conocido editores y editoriales, tratado con otros autores y se han forjado amistades. También he ido forjando el elemento investigador, crítico y ensayístico, volcado en publicaciones de artículos académicos, de opinión y reseñas. La parte plástica ha encontrado hueco también desde la ilustración a través de distintos proyectos. Incluso la dramática, en concreto un libreto para su representación escénica y musical. Por todo ello, la función docente ha seguido estando presente pero compartiendo espacio con este desarrollo como autor o creador a nivel personal. Todo esto explica que haya podido sentir cierta conciencia culpable; el “Pepito Grillo” que te dice que, a lo mejor, debería dedicar un mayor espacio a la faceta profesional, la que —en román paladino— me da de comer. He ido equilibrando la balanza para acallar esta voz, demostrándome a mí mismo —juez y juzgado— que no hay que alarmarse a este respecto.

Por si fuera poco, existe además una autorreflexión constante en este escenario. Se trata de cómo me veo o cómo me pueden ver en las aulas o en las familias —a esto se une la faceta de tutor, que conlleva aún una mayor responsabilidad—. “¿Qué es ser profesor?”, me pregunto. Para mí, ser profesor supone ser una suerte de fingidor. Alguien que debe interpretar un papel cuando está ante los demás. No mostrar nunca vulnerabilidad, al contrario: representar seriedad y, si cabe, dureza, a fin de obtener respeto por parte de un alumnado en una fase de desarrollo bien compleja como es la adolescencia. A la vez, hay que ofrecer confianza y empatía, mostrarse comprensivo y cercano, logrando la aprobación del alumnado. Si no se consigue en algunos casos, también puede ser una buena señal, puesto que en determinadas ocasiones surge la rebeldía normal de la edad. Hay que tratar de enderezar en la medida en que sea posible lo que se puede torcer. Si el alumno se revuelve como parte de esa salida de los raíles, puede que coja cierta animadversión hacia el profesor, pero será temporal. Pronto se le hará comprender y entenderá que no se está en contra de él, al revés: se busca ayudar. Por eso, como decía Pessoa del poeta, un profesor puede ser ese fingidor: un actor en escena que interpreta un papel. No en vano, he conocido la experiencia sobre las tablas, así como delante y detrás de una cámara. Me gusta interpretar, jugar a medir al alumnado al igual que éste lo puede hacer conmigo. El humor está siempre presente cuando se puede dar pie a él —en otros casos, resulta suficiente con lograr sujetar la dinámica de una clase para que no se salga de madre, ejerciendo de bombero, policía e incluso barrendero (todo menos de profesor), tantas veces—. Resulta una tarea agotadora pero a su vez gratificante y estimuladora. La impotencia surge muchas veces, pero el sol sale cada mañana y las cosas se ven distintas al volver a empezar. No queda otra que ir hacia delante, aunque el alumnado se empeñe en quedarse estancado en su natural tendencia a la comodidad.

“¿Para qué sirve esto y aquello?”, pregunta tantas veces el alumnado que estriba entre la ESO y el Bachillerato. Yo contesto: “¿Y por qué todo tiene que servir para algo?” Claro, todo lo relacionado con lo artístico lleva tradicionalmente colgado su erróneo sambenito de inútil “María”. No obstante y por paradójico que resulte, es aquel ambiente “artístico” donde se suelen sentir más cómodos y libres, en el que se explayan más y se muestran como son. Es verdad que tanta sinceridad apabulla muchas veces. La confianza tiene sus límites y estos los pone el profesor como figura de autoridad. En mi caso, trato de enseñarles la importancia que cada cosa tiene, la seriedad que lleva implícita, aunque no siempre es fácil al deber atender otras cuestiones, como ya se ha comentado. Se aprecia una progresiva ausencia de madurez, una falta de compromiso hacia la tarea individual y la carencia del respeto que el adulto merece, en este caso el profesor. Esto resulta duro en quien se supone que es el encargado de formar a las futuras generaciones, pero no olvidemos que en ello tiene un papel crucial la educación aprendida en casa, difícil de obtener en las aulas. No es responsabilidad de los docentes este cometido, solo el de ampliar los conocimientos del alumnado y pulir un poco más si cabe ese saber estar, que sin duda necesitarán en posteriores años, culminando en la edad adulta y en la edad madura. ¡Aunque nunca se deje de aprender!

Este fingidor que aquí escribe se siente feliz con su doble vida, similar a la del Doctor Jekyll y Mister Hyde, o a la de Superman: por el día profesor y por la tarde creador. O las dos cosas a la vez, enseñando y aprendiendo a través de la creación o creando a través de la enseñanza.

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