Con este titular ha calificado la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, el nuevo periodo que ha inaugurado para Europa el segundo mandato del presidente Trump. Una ilusión que quizás se cimentaba en que aún no se había producido la temida invasión de la Rusia de Putin sobre Ucrania. Sin embargo, sí había acontecido ese episodio sobre Crimea, pero, por supuesto, Crimea era Rusia antes de que algún delirio provocado por el vodka produjera a Kruschev su generosa concesión a Ucrania. Total -debía pensar el Secretario General del PCUS-, también Ucrania era Rusia… como también ocurría lo mismo en los casos de Donestsk y Lugansk, que serían finalmente anexionados a Rusia en 2022, también eran Ucrania, pero eran Rusia, porque existía una minoría pro-rusa, y eso proporcionaba al nuevo Zar motivo más que suficiente para exigir su reincorporación a la patria.
Con un cierto grado de candidez ha declarado Von Der Leyen ante el Parlamento Europeo que se pensaba que Europa “disfrutaba de los dividendos de la paz, pero en realidad estábamos en medio de un déficit de seguridad". Y es que no hay sordo peor que el que no quiere oír. Ya desde los lejanos tiempos de Bush hijo -que fuera presidente de los EEUU en el periodo 2001 a 2009- se formularía la advertencia dirigida a los restantes países de la OTAN de que deberían emplear más recursos presupuestarios en materia de defensa. Un consejo que reiteraría el demócrata Obama, el republicano Trump -aunque, eso sí, en términos más crudos- y el demócrata Biden.
¿Qué ha cambiado entonces para que ese cuento de los Reyes Magos haya dejado paso a la realidad de que los regalos no vienen de Sus Majestades de Oriente sino del contribuyente norteamericano? Ha ocurrido simplemente que Rusia ha desatado una ofensiva contra Ucrania, que el pueblo de ese país le ha hecho frente y que hemos regresado, de bruces, a revisitar la historia de un país que, desde muy antiguo, consideraba que su protección consistía en mantener una buena parte de su territorio limítrofe, bien sometido a sus designios, bien desactivado en términos militares. No, el paréntesis de la conclusión de la URSS no equivalía a su desaparición, sino más bien a una temporal desactivación.
Sólo el tiempo y el resultado de las negociaciones impulsadas por el presidente estadounidense nos dirán hasta qué punto Putin tendrá éxito con su última iniciativa. Lo cierto es -como ya queda expresado- que Ucrania le ha hecho frente, que Europa -hasta el punto de sus posibilidades- también, que la América de Biden ha apoyado de manera clave a la reacción ucraniana… pero no ocurre lo mismo con Trump, para quien las guerras heredadas en Gaza y en Ucrania se resuelven muy pronto y a través de medidas imaginativas, además.
Pero la ilusión respecto de la que ahora la presidenta de la CE manifiesta una cierta melancolía se basaba en la protección del paraguas americano… ¿para qué un ejército propio cuando ya disponemos de protección suficiente y sin apenas contribuir económicamente a ella?
Además, el Tratado de la Unión Europea dejaba fuera de sus competencias la política exterior y de defensa. Y eso no suponía que no se pudieran adoptar decisiones al respecto, pero sí que debían producirse por consenso. Un acuerdo más que difícil, pues supondría de manera inevitable concluir cuáles son los intereses comunes a proteger, cuáles, en consecuencia, las amenazas a combatir, qué posiciones ideológicas se encuentran en el variopinto tablero político europeo -no es lo mismo la Hungría de Orban que la Polonia de Tusk.
Era, como siempre acontece con las decisiones presupuestarias, una opción por exclusión. No tenía demasiado sentido emplear recursos en una materia cuando había algún país que sí estaba dispuesto a hacerlo. Y las advertencias que nos lanzaba en el sentido de que el paraguas habría un día que se iba a cerrar, nos sonaban como las de un cobrador recalcitrante que nos parecía un pesado y al que convenía no prestar excesiva atención por aquello de prolongar nuestra felicidad sin contratiempos numerarios. Todo esto servía mientras no aparecía el cobrador del frac, vestido con toda su parafernalia de ropajes y dispuesto a atragantarnos nuestro sabroso aperitivo a base de percebes y de cigalas.
Esos percebes y cigalas que suponían el extra del que nos beneficiábamos para construir nuestro estado del bienestar. Un sistema producto en sus primeros tiempos de los partidos conservadores y liberales, y que la social democracia apuntalaría después de la Segunda Guerra Mundial. Un sistema que todavía hoy funciona, si bien con necesidad de operar sobre él no pocos ajustes, y eso que aún no nos había llegado la advertencia de punto final de nuestro principal aliado al otro lado del Atlántico.
Y era también la sensación -que ya hoy se demuestra rotundamente falsa- de que vivíamos en el mejor de los mundos. Un espacio en el que los derechos humanos y las libertades democráticas estaban protegidos, en el que el estado del bienestar nos proporcionaba seguridad desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, en el que la paz era nuestro derecho incontestable después de dos guerras civiles que convertimos en mundiales.
El final de la ilusión nos advierte también de que debemos tomar decisiones muy rápidas, y en materias de complejidad enorme, aun cuando ya estaban encima de la mesa desde hacía tiempo. ¿Un ejército propio europeo?, ¿una nueva OTAN reequilibrada quizás con un nuevo Tratado?, ¿un ejército de la Unión, quizás con la incorporación del Reino Unido y eventualmente de Turquía?, ¿tantos ejércitos como países, pero más coordinados?
El final de la ilusión, cualquiera que haya sido ésta, es la hora de las decisiones.