En mi última recorrida por la España bohemia he encontrado a una amiga vallisoletana, gran actriz ella, que dice que ya no se encuentran por el mundo teatrero los proyectos ilusionantes, pues el drama es otra cosa menos épica, hasta enjuta y vestida de aquella manera gris y deprisa. Se refería mi querida Laura Hernando, que es una artista como la copa de un pino y castellanísima y cultísima, a la alta comedia, la comedia sofisticada, los grandes del humor y de la generación de la Codorniz a nuestros días, porque todo va como cuesta abajo. Elocuentes y desenvueltas, saben que sus talentos y su formación son como los botones de la filigrana textual, joyas únicas de una liturgia necesaria y original, las sacerdotisas del culto cultural. Parece que van a estar toda la vida dedicadas a esta labor que les ha tocado en suerte; pero su misión, aparentemente liviana, que es la de entretener al respetable, necesita de una realidad perentoria, multiplicada y honorable, que es la del vivir de lo que una sabe hacer mejor.
La actriz es una creación de la ilusión netamente española, que se sostiene en pie cuando ya parece que la prosa de la política y los recortes presupuestarios no iban a hacerlo posible, y en Madrid hay artistas que parecen escapadas de una comedia de los hermanos Quintero, Arniches, Valle-Inclán, Jacinto Benavente, García Lorca, Miguel Mihura o Jardiel Poncela… Pero en la capital, como decimos, se congregan, juntan sus personalidades atractivísimas, mezclan sus conversaciones frente a una jarra de cerveza o de buen vino y están avaladas por su infinita cultura y ganas de trabajar. Aprovechan, sin dudarlo un instante, sus mejores años, y en plazoletas y patinillos, en la esquina de los teatros, hacen ellas eses oasis limpio de fantasía y festivo, en que se encuentran Mesalina con Santa Teresa, María Magdalena con sor Juana Inés de la Cruz, Catalina de Aragón con María de Zayas. Con su mirada encendida parecen resucitarlas a todas, y qué vivas se vuelven gracias a la palabra hablada. Confieso que me comunican una sensación de esperanza en una España renacida.
En España el Ejecutivo evita presentar los Presupuestos generales, en una prórroga de una etapa de incertidumbre: la cultura es la hermana pobre presupuestaria y ahora hace más falta que nunca un acuerdo de país entre los grandes partidos para invertir en ella, pero no, en su lugar el debate se centra en el aumento del “gasto en defensa”, que viene siendo en fabricar armas para venderlas a la UE y a Ucrania, según le reclaman la OTAN y Bruselas a Pedro Sánchez. Las cuentas siempre están sujetas a una negociación a cara de perro, es decir, que se presentan envueltas en inestabilidad y bronca permanente, porque lo de presentar las cuentas públicas es un mandato constitucional, una obligación de gobierno. Pero el nuevo orden mundial es el mundial desorden bélico, los planes de defensa, el rearme, y para eso parece que sí hay dinero, así como para el control de las empresas privadas. Así que si los niños le dicen a sus progenitora aquello de “mamá, quiero ser artista”, ahora les contestan que mejor capitán de los ejércitos o ingeniero de IA, que parece que el chat GPT va a pensar por todos nosotros, tanto que ya hay un periódico italiano ya en marcha, Il Folio, que desarrolla a su aire la inteligencia artificial, enmendando la plana a todos aquellos predicadores, espumosos de optimismo, que hasta hace nada cantaban las bondades de los avances de la autonomía de las máquinas sobre los humanos, mientras dormitaban los cachorros de la nueva política en sus escaños. Es tremendamente injusto para los que pagamos la fiesta de los políticos con nuestros impuestos asistir a este aquelarre bélico-tecnológico.
Los titulares más inquietantes se apeñuscan alrededor del dinero público, que se destina a todo menos a lo que realmente importa: la sanidad, la cultura, la educación… Y quizá este abandono hace que estas realidades se destaquen más y se las observe por la clase dirigente como actividades de interés secundario frente a hacer la guerra, dónde va a parar, por favor. Es que a estas tres las congrega el embudismo de la intelectualidad y de la ciencia, que viene a ser como anecdótico y arcano para el resto de los mortales. En el profundo valle gris del debate presupuestario, sus señorías triscan, ramonean, revelan que son una especie parasitaria precisamente por su ausencia en estos ambientes. En el estado en que está el mundo de la cultura, ver actrices inquietas por realizar nuevos proyectos como la grandísima Laura Hernando optimiza el espacio público, y resultan como gérmenes de futuros dramas de lujo, esas piezas en que relucen las grandes cuestiones humanas. Evolucionará la cultura y evolucionará el hombre.