Pedro Sánchez vive permanentemente en campaña electoral. Y pilla al vuelo las oportunidades para arañar unos votos por aquí o por allá. No podía, pues, dejar pasar una nueva oportunidad, como es la conmoción mundial provocada por la guerra comercial emprendida por Trump. De nuevo, ha encontrado una buena excusa para mostrarse cual estadista internacional, como el héroe capaz de plantar cara al enemigo americano.
Y, así, el entero Gobierno y hasta el bedel de Moncloa han puesto manos a la obra. Para empezar, ya tienen un eslogan para el caso. Dice así: “Nuestros valores no están en venta. Nuestros productos, sí”. La pancarta gigante se situó tras el atril que ocupó Pedro Sánchez para presentar sus planes de contingencia ante la andanada de Trump. No había plan alguno, pero la parafernalia desplegada para el discurso presidencial poco tenía que envidiar a la de Trump con sus cursis adornos en el Despacho Oval o en los jardines de la Casa Blanca. Al menos, en Moncloa no había nada dorado.
Y a la hora prevista, el presidente apareció sonriente con sus habituales andares de cowboy en la sala preparada al efecto. Allí se encontraban los ministros del Gobierno, prácticamente sin ausencias, los líderes sindicales que ya forman parte inseparable del equipo Frankenstein y los aduladores de turno y de nómina; todos ellos ocupaban la primera fila de la sala para aplaudir a rabiar a su jefe.
Y pronunció un discurso que, no por muy elaborado, contenía algún valor político. Dedicó la primera parte de su intervención a una clase magistral sobre geopolítica trufada de críticas constantes a la ideología del presidente americano: pullas a su negacionismo climático y científico y a sus medidas proteccionistas “del siglo XIX”. No propuso nada más (y nada menos) que invertir 14.000 millones de euros en las empresas españolas más afectadas por la guerra comercial; la mitad saldrán de préstamos del ICO a la espera de que la UE contribuya con la otra mitad. Tiró como siempre de chequera; de chequera ajena.
Pero lo más chocante de su intervención llegó cuando, con cara seria, con los ojos clavados en el infinito, amenazó a Trump alzando la voz: “Tiene que rectificar-dijo- y sentarse a negociar”. Con esa mezcla de chulería y populismo tontorrón, se dirigió al presidente norteamericano como si le fuera a escuchar, como si tuviera la menor intención de sentarse a su vera, dispuesto a rectificar, a declinar su anuncio de imponer un carrusel de aranceles a diestro y siniestro. Pero aunque suene a sarcasmo, la cuestión es seria. No se dirigía al presidente americano, pues hasta él sabe que no le va a escuchar. El amago de amenaza forma parte del show organizado por Moncloa para recuperar la imagen deteriorada del presidente. Se trata, como decíamos, de un mero espectáculo electoralista; uno más.
Sin duda, el Gobierno español tiene que ocuparse de tomar medidas ante las nefastas consecuencias para la economía que traerán los aranceles impuestos por Estados Unidos. Aunque, para ello, tiene que trabajar. Tiene que consultar con los expertos y, en efecto, trazar un plan coordinado por la UE. Pero debería ahorrarnos sus efectistas apariciones en la Moncloa arropado por sus ministros y aduladores varios que, como era de esperar, al final se rompieron las manos aplaudiendo los lugares comunes que empleó Sánchez para aparentar que estaba esforzándose por salvar España de la tormenta económica que se avecina.
Por una vez, Pedro Sánchez debería haberse comportado como un político serio, comedido sin recurrir a sus aspavientos propagandísticos y electoralistas con el pretexto de la guerra comercial que se ha desatado. Porque la parafernalia organizada por Sánchez en La Moncloa, en realidad, era un calco a la de Trump en los jardines de la Casa Blanca. Y es que, son tal para cual. Pues mientras ellos hablaban y hablaban, para empezar, las bolsas de todo el mundo se desplomaban. Pero uno sigue creyendo que “América es lo primero” y, el otro, que “nuestros valores no se venden”. La verdad es que Sánchez nada vende. Sólo compra, pero con el dinero de todos los españoles. Compra escaños para seguir en La Moncloa. Para poder aparecer ante su público, ante sus adictos, y así aparentar que gobierna. Otro espectáculo circense para impulsar la imagen de Sánchez. Otro acto meramente propagandístico ante las próximas elecciones generales. Pero ni una idea, ni una palabra sensata para afrontar la crisis económica que pronto nos azotará.