Pedro Sánchez no ha viajado a China avalado por la UE, aún menos como su embajador. Se trata de un bulo más de los voceros del Gobierno y de sus medios de comunicación adictos. Todo lo contrario. La Comisión Europea desconocía las intenciones del presidente español y muchos de sus dirigentes criticaron la inoportunidad del líder socialista de intentar negociar un acuerdo con el gigante asiático en medio de la guerra comercial desatada por Trump.
Pero Pedro Sánchez siente debilidad por las dictaduras comunistas como la Venezuela de Maduro y la inefable Delcy Rodríguez. De ahí su ocurrencia de visitar Vietnam y rendir homenaje ante su tumba a Ho Chi Min, uno de los mayores genocidas de la Historia. Dedicó este año a organizar un ya olvidado seminario en recuerdo de las víctimas del fascismo de Franco, y, ahora, lleva flores a la tumba de un asesino; eso sí, comunista.
Este viernes, se ha reunido con el líder de la mayor dictadura comunista del mundo, un país en el que los derechos humanos son pisoteados por el régimen, se extiende la represión más feroz y, naturalmente, no se celebran elecciones democráticas ni de ningún otro tipo. La voz del pueblo no existe. Las declaraciones del secretario del Tesoro de Estados Unidos indican el callejón sin salida en el que se ha metido el presidente español:” Sería como cortarse el cuello”.
Como suele ocurrir, tras celebrarse el encuentro entre Pedro Sánchez y Xi Jinping, Mocloa ha expresado el éxito político, económico y diplomático del presidente español. Ha obviado, sin embargo, que el viaje ha sido organizado por José Luis Rodríguez Zapatero que ha pasado de ser el embajador de Venezuela en el mundo a intentar protagonizar el mismo papel en China. Porque de eso se trata.
Las negociaciones europeas con el gigante asiático dependen de la Comisión Europea, en la que Sánchez ni está ni se le espera. Pero el viaje le servirá para recuperar cierto protagonismo y para venderlo como un gran logro, como si su intermediación pudiera ser decisiva para paliar los efectos del terremoto provocado por los aranceles de Trump. Pero su presencia en China de nada ha servido. Sólo para el enésimo relato propagandístico de su enfrentamiento suicida con el presidente norteamericano. Pero, a la hora de la verdad, el jefe del Ejecutivo español tendrá que plegarse a las decisiones del líder de la primera potencia mundial sin rechistar. Porque, mal que le pese, España todavía depende de Estados Unidos económica, política y militarmente; para empezar, por las bases norteamericanas en suelo español. China, como la todavía segunda potencia económica y también militar, busca extender su imperio comunista al margen de la democracia y de las leyes internacionales. Y, a la chita callando, también intenta dominar el mundo.
Pero Pedro Sánchez, como siempre, prefiere tratar con los regímenes totalitarios que con las democracias liberales. Porque, lo acepte o no, con Trump o sin él, Estados Unidos sigue siendo la mayor democracia del mundo. Y China, la mayor dictadura comunista.