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TRIBUNA

Vargas Llosa

Juan José Vijuesca
miércoles 16 de abril de 2025, 19:49h

En ocasiones hay tiranteces entre palabras escritas. Son rivalidades sanas cuando el autor sabe a lo que juega. No resulta fácil entender esta contienda a menos que seas Vargas Llosa. La tinta de su pluma ha sido como el atribulado sentido de los celos entre el escritor y el ardor político. Ganó siempre la libertad.

Creo que fue un día de junio del 2007, en la Feria del Libro de Madrid, cuando tuve el honor de estrechar la mano del genio, del humilde, de quien rechazaba todas las dictaduras, del genuino ser libre, del laureado Maestro: —“Gracias por venir” —me dijo, a mí, que soy un simple aprendiz de letras. Pero leí algunas de sus obras porque lo módico aprende entre el talento torrencial y la plétora de pensamiento. Mi libro favorito es “La llamada de la tribu”; si no lo leyeron antes, creo que es un momento perfecto para hacerlo, ahora que los ataques a la libertad vienen de todas partes.

Mario Vargas Llosa ha sido el instructor del orden liberal, y se nos ha ido por esa peregrina costumbre de tener que morir, pero sus lecciones permanecen como arma frente al desasosiego identitario de los totalitarismos y los extremos. Por eso los personajes que elegía para sus obras eran odiosos tiranos, dictadores del sufrimiento y la muerte, o gobiernos corruptos, entre otros de parecido pelaje. La suya es una literatura densa pero jalonada por un armazón literario sofisticado de prolífica creatividad.

Tantas obras como reconocimientos hacen de él la universalidad de las letras. Un referente para cuantos tratamos de encontrar la ficción que nos permita allanar el camino de la vida. Por eso, en el espejo que refleja la imagen del genio conviene asomarse de vez en cuando, eso sí, con total humildad; yo diría que hasta con cierta timidez.

Como dijo don Mario en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 2010: “Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión”. Y es que la literatura, ese mundo de las letras cuando éstas son osadas en decir verdades, son reprimidas o cuanto menos vigiladas por los inquisidores del poder. De ahí la riqueza del honorable verbo en el decir, pero atrevido en la conciencia del autor.

En él, su obra perdurará porque la libertad es optimismo y la fantasía es más rica que la de la rutina diaria. Según dijo: “Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola”. En efecto, Mario ha muerto. Su grandeza humana y su valentía sobre los renglones permanecen entre nosotros.

Mi modesto homenaje.

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