Si fuera cierta la vieja idea de la anaciclosis podríamos pensar que estamos al filo de un cambio de ciclo. La democracia se degrada en oclocracia y se inicia un nuevo curso cuya fase próxima sería virtuosa. Hay algo ingenuo en semejante esperanza que juzga adventicia la crisis y aguarda una resolución más o menos próxima. Pese a que toda nueva resolución conocerá asimismo la crisis sucesiva en constantes ciclos recurrentes. La ingenuidad radica paradójicamente en la visión de unos seres humanos constreñidos por una estructura que los lleva de un régimen político a otro, pero son por lo mismo inocentes. Su acción podría, a lo sumo, ralentizar o acelerar esos corsi e recorsi: alterar su ritmo, no modificar su forma.
Frente a ese fatalismo cíclico la historia no parece repetirse, ni siquiera como farsa y tiene forma antes de espiral, que de círculo. Naturalmente hay condiciones que, por genéricas, aparecen en toda sociedad histórica. Todo ser humano ha de afrontar la muerte, o – un punto menos genéricamente – toda sociedad ha conocido la distinción entre gobernantes y gobernados. Son muy distintos los modos de aceptar y conducir la muerte, como son muy diversas las formas de legitimación del mando y de obtención de la obediencia.
Más allá de esas genéricas condiciones cada presente histórico ofrece un perfil singular e inconfundible. El rasgo más visible de nuestra actualidad me parece verlo en una rotunda y miserable vulgaridad que afecta tanto al aspecto moral – una escabrosa impudicia – como a su inseparable aspecto intelectual – una necia banalidad –. La más impúdica sandez es nuestro signo.
Nada es más intempestivo que la demanda de una hidalguía del espíritu[1]. Enrique García-Máiquez, que no teme ser intempestivo y puede resultar intemporal, no sólo demanda esa dignidad insobornable, sino que la ejerce de un modo ejemplar. Su gracia elegante cumple una función política de primera importancia. Resiste el marasmo de depravación de nuestra vida y establece el canon al que puede someterse nuestra acción. Su ejemplo, si no único, sí escaso, tiene eficacia política; siempre que no estrechemos la idea de la política a la administración del Estado y entendamos que político refiere siempre al bien común. El cuidado de la lengua en la que nos comunicamos sería el primer objetivo de una política así entendida. La elegancia podría relacionarse tanto con la elección como con la lectura, lo cual parece pertinente en estos tiempos de elección masiva e iletrada.
¡Caballeros! ¡cuidemos nuestras maneras! Veremos cómo se deshacen en ceniza y se hunden en llanto y rechinar de dientes las erinias más despiertas: esa gente que clama contra la caballerosidad como sistema patriarcal de gestos y actitudes, los delatores de micromachismos y prejuicios sistémicos. No me refiero solamente a vestir corbata o a exhibir maneras extremadas. Es otra cosa: la elegancia austera de un monje, la valentía serena de un caballero, la dulzura firme de un padre o de una madre, porque donde hay caballeros, tiene que haber damas.
La presencia de un caballero en medio de la rehala de una comisión parlamentaria imantaría todas las miradas y acabaría siendo despedazado, convertido en chivo expiatorio. Según algunas doctrinas antropológicas – R. Girard – se seguiría su divinización y la resolución de la crisis de rivalidad mimética entre los dos lados de la charca partidista. La apoteosis de la hidalguía sería el efecto de tan doloroso sacrificio.
Conservemos la esperanza de que la consagración de la cortesía no exija tales martirios. En cualquier caso, cuidemos la palabra y restauremos la nobleza de espíritu: seamos la vanguardia de un nuevo ciclo virtuoso.
[1] Enrique García-Máiquez. Ejecutoria. Una hidalguía del espíritu. CEU. Ediciones. Madrid. 2024