La misión del Papa como jefe de la Iglesia católica se reduce a una tarea muy sencilla --aunque de suyo complicada--: ser el Pastor de una feligresía que suma más de mil 500 millones de creyentes en diferentes grados de participación, además de convertirse en una inevitable voz a favor de la paz y la estabilidad del planeta.
Sin embargo, las circunstancias mundiales han potenciado las tareas del Papa en la misión de cargar sobre su espalda cuatro cruces: la de la fe sin usar la maldición del infierno, la posmodernidad de una sociedad que no puede regresar a los fundamentos oscurantista de la Edad Media, la geopolítica entre potencias mundiales que siguen disputándose la economía sin que exista una voz estabilizadora y la disfuncionalidad de la Curia como organización terrenal.
El Colegio Cardenalicio con capacidad de voto, hay que reconocerlo, está configurado por figuras terrenales, con pasiones, egoísmos, interpretaciones genealogías y coyunturas y al final los Papas se escogen por la suma de equilibrios y la resta de desequilibrios, y todos --cardenales electores y cardenal electo Papa-- padecen de modo inevitable la pesada carga de una decisión presionada por la coyuntura y tratando de conciliar las posiciones irreconciliables de los votantes.
El tema de la fe es vital para la iglesia católica. Han disminuido los feligreses, se ha desdramatizado la fe en la resurrección, solo en momentos últimos se aparece el fantasma del infierno y la iglesia católica atraviesa por una severa crisis de formación de sacerdotes. No es que la gente deje de creer en la religión, sino que paulatinamente los feligreses les exigen más a sus pastores y éstos no han podido adecuar sus funciones en la nueva sociología de la religión. En este escenario, la católica no ha podido lograr una síntesis entre las dos grandes corrientes que la dominan: la de la fe pasiva y la de la fe proactiva, es decir, entre la teología tradicional y verticalista y la teología de la liberación por los cada vez más pobres y marginados que les exigen a sus iglesias mayor lucha contra las raíces de la desigualdad social.
La posmodernidad ha sido inevitable. En Estados Unidos, por ejemplo, ha disminuido la asistencia de los feligreses a los templos porque pueden tomar misa en sus casas o por la radio y la televisión, se pueden autoconfesar y asumir por sí mismos los rezos necesarios para el perdón de sus propios pecados y cada vez hacen más preguntas racionales sobre la fe y la realidad que lo circunda, además de la liberación de prácticas que antes con facilidad eran marginadas: el aborto, la homosexualidad, el control natal, la lucha de la medicina contra la muerte, la pederastia y la coexistencia inevitable con otras religiones permitiendo oscilaciones pendulares.
El Papa Juan XXIII encontró las circunstancias adecuadas para buscar, en 1962-1965 --quizá una época de ruptura generacional y de prácticas sociales, además de conflictos bélicos que pusieron una temblar al mundo por las amenazas nucleares-- una reinserción de la Iglesia en la realidad a través del Concilio Vaticano II y su objetivo fue resumido en la palabra aggiornamento, un concepto que se puede traducir como actualización, apertura o reinserción.
El desafío de Concilio Vaticano II resultó gigantesco porque implicaba una revisión de la existencia misma de la Iglesia en escenarios separados por mil 600 años, pero partiendo de que la fe católica tenía sus valores originales que no estaban en debate, sino que parecían no dar respuestas a una sociedad que en los años sesenta del siglo XX inició una liberación de conciencias que no ha tenido fin a la fecha y que cada vez plantea más y complejos desafíos a los dogmas originales del catolicismo.
La geopolítica es más confusa. A pesar de ser cabeza del Estado Vaticano, el Papa es en realidad el Pastor de una religión para conducir a una feligresía, además de que tiene la función adicional de que esas dos tareas --pastorear y fe-- sin duda que tienen un efecto en los equilibrios nacionales y geopolíticos. El Papa Pío XII no pudo participar en la Conferencia de Yalta donde se repartió el mundo en función de ideologías y sistemas productivos, pero el Papa Juan Pablo II pudo ejercer su liderazgo moral y polaco para contribuir a la liberación de Polonia del yugo soviético como satélite dictatorial de Moscú, pero teniendo a su favor el modelo militar del presidente Reagan que reventó las finanzas soviéticas.
El mundo se equilibra --más bien: administra los desequilibrios-- en organizaciones plurinacionales que convierten a los países en piezas de poder. Tuvo razón en Stalin el preguntar que cuántas divisiones militares tenía Roma para querer participar en Yalta, pero no las ha necesitado cuando la voz del Vaticano llama, advierte y reclama amenazas de guerra nuclear.
A estas tres tareas que tendrá que cargar todo su tiempo el nuevo Papa León XIV se agrega una cuarta: el gobierno interno de la institución terrenal de la Iglesia con una configuración disfuncional por razones misma de la organización del Vaticano, entre curias, sacerdotes, episcopados, diáconos y gobiernos nacionales que responden a lógicas locales de manera inevitable. Los Papas en funciones y las estructuras del Vaticano no siempre coinciden y a veces van en rumbos encontrados con relativos choques de trenes. La designación de los Papas en un cardenal implica la exclusión de los otros, sin que haya tiempo de negociar equilibrios.
Pero el principal problema del Papa León XIV no se encuentra en estas cuatro cruces, sino en una quinta que pululó en los pasillos del Cónclave: la arbitrariedad --en modo de política imperial-- del presidente Trump para tratar de influir en el rumbo de la votación y ya ha comenzado a tratar de acotar los márgenes de maniobra del nuevo Papa. La fotografía oficial de Trump vestido de Papa y la gestión en modo de presión del vicepresidente Vance en una audiencia insólita en el Vaticano buscaron cerrarle el espacio a Roma.
Los cardenales se construyen, pero los Papas se reinventan por sus entornos terrenales.
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