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TRIBUNA

El hombre circunstancial, fungible

Antonio Domínguez Rey
jueves 22 de mayo de 2025, 17:49h
Actualizado el: 24/05/2025 09:51h

En enero de 1911, escribe José Ortega y Gasset un artículo certero que retrata, como otros suyos, parte de lo que acontece hoy día en el ágora española. Lo titula “Vejamen del orador”. Glosa un libro del “señor Cuartero, redactor-jefe en El Imparcial, y antes en otros periódicos”. El asunto gira sobre la facundia huera, “balumba de palabras”, dice el entonces joven filósofo, de los tribunos políticos. Y no solo estos, se entiende. También sobre sus deudos y corifeos de prensa. El “charlatanismo”, resume José Cuartero Cifuentes (1868-1946), autor de El orador (1910) y conocido periodista de la primera mitad del siglo XX.

Pensemos en la retahíla de parlamentarios municipales, autonómicos y cortesanos, sus voces actuales, cronistas, tertulianos. Todos ellos a sueldo. Ortega resalta el quid de la cuestión suscitada por Cuartero: “Hacerse cargo de las circunstancias”. El evento y sus condiciones, preámbulos. El estar al día, pero solo para engolar la palabra y lucirla retumbando en lo anodino, circunstante. Y según mueven la cola, como lagartijas, los sucesos, imperativos del momento. O según resuenan, unas y otras, las frases egregias de regidores, síndicos, ediles, diputados, presidentes, jefes, directores telemáticos. Conforme giran los acontecimientos, así las expresiones. Y no porque busquen la justicia referenciada de las cosas en las palabras, su concepto. Más bien, para apoyarse en los vocablos como trampolines de ascenso laboral y espejo de facundia o de un rostro agradecido por el cargo, prebenda, guita colgante.

El discurso hilado solo al rumor de sucesos, decires, polos contrapuestos de consignas y disputas de partido, intereses sin fijación de conceptos precisos, es “makrología o hablar largo” opuesto al dialógico y crítico de la dialéctica. Busca este, como Sócrates con la mayéutica, el hablar “fino, severo”, que palabra tras palabra ajusta su extensión léxica, la medida conceptual de las cosas, sucesos. La métrica de las ideas halla en el filtro de sus relaciones “una divina identificación”, la identidad de lo conversado. Aquello que centra y endereza el flujo de comentarios, opiniones, pareceres, actitudes mentales prohijadas por la inquietud psicosocial, o partidista, y no por la verdad surgida del análisis que transparenta preguntas y respuestas. El cristal de las palabras transubstancia entonces, comenta Ortega explicando el método socrático, a los interlocutores. Los une e identifica en su ser humano: “el Hombre”.

Hablar exclusivamente del entorno, del tema cotidiano, opinable, circuye al hombre, lo dispersa y fragmenta, divide, si del cúmulo de acciones y lances no resulta la razón o cociente mental que los categoriza: la “divina identificación” de las palabras y conceptos en el transcurso del diálogo. El “hombre serio”, el filósofo, procura la trabazón interna de las ideas, que es el perfil ordenado de las cosas y temas según el grado de realidad mentalmente discernida. Esto es, al comprenderla y expresarla con criterio fundado.

Frente al dialéctico, “el hombre circunstancial”, el orador con su “personalidad innumerable”. Tantos atributos personales cuantos son los predicados dispersos del momento. El discurso procede de mata en mata, a saltos. El filósofo procura, en cambio, determinar la cadena y vínculo de casos, de tal modo, que evalúa el contexto y educe su razón vital. Descubre el fundamento del acontecer objetivo de las cosas y su reducción a charla capciosa o, por el contrario, desvela en ellas la relación, el quicio que realmente las centra. Ver y discernir el poso de los actos humanos, la eficacia expresiva de las palabras, es ejercicio hermenéutico. Quien no analiza y acierta el principio de las acciones, disuelve su persona en corriente de atributos y predicados flotantes. Yerra. Tiene personalidad innúmera, no definida. Le cuadran tantas determinaciones cuantas sean las contingencias. Su fondo es tábula rasa, superficie sobre la que escribir cualquier cosa.

Este ejercicio dialéctico explica el fenómeno del hombre sin atributos, como en la novela de Robert Musil, por no tener ninguno humanamente fijo, siquiera algo que sirva de resonancia y raíz de actuaciones que lo concreten. Sin ellos, flamea entre accidentes, sin crédito y confianza en sí mismo. Por tanto, tampoco es hombre socialmente fiable.

Aplíquese el análisis al nivel político que aún nos circunda como a comienzos del siglo XX. Sobran los referentes. En ellos brilla solo el resplandor de superficie, su roce. Sin embargo, la idea cribada, dice Ortega en otro contexto filosófico de rica tradición histórica, transparenta la realidad. Relativizamos el valor de los juicios ponderados, el hecho de que el hombre “se hace cargo de las circunstancias”. Ocupación que pesa, es carga, pues cada hombre vive envuelto en el entorno con un germen de historia que lo impulsa según el vínculo de atributos que lo sujetan. Así lo reconocemos como sujeto de predicados y derechos. Y esto es la razón de ser persona, algo más que puro historicismo. Ortega asume algunos años después la contingencia del hacer(se) como entidad adjunta del individuo al definirse él mismo en un párrafo de Meditaciones del Quijote (1914), tal vez el más conocido de su obra, como: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Suele cortarse aquí la referencia, pero el filósofo añade una frase en latín lapidaria, por cierto, poco conocida: “Benefac loco illi quo natus es, leemos en la Biblia”. Y no hay modo de encontrarla en el Libro sagrado, por lo menos quien esto suscribe.

Existe otra figura próxima del ser circunstante y de “la personalidad innumerable” del orador retórico, la del intelectual fungible. Se refiere Paul Valéry con esta denominación de 1925 (Propos sur l’intelligence) –de ella hemos hablado en artículo precedente– a quien desempeña una función culta sin relieve alguno. Un hombre sustituye a otro en competencias políticas, cargos múltiples de la administración, publicaciones rutinarias, sin que la historia se inmute. No aportan nada al cometido que sostienen. Se revisten con el hábito que decide y justifica su función. Transcurren en usufructo anodino de existencia. Son los cortesanos, los de pan y agua: los paniaguados. La balumba de mediadores, asistentes o empleados designados a dedo, asesores. Y desde la prebenda oportuna requieren ideas que los avalen, acrediten sus puestos y relevancia. Carecen de una sola ocurrencia en estado puro, auténtica. Van casi todos desnudos, como el emperador y su nuevo traje en el relato de Hans Christian Andersen. Nadie del entorno se atreve a decir lo evidente. La mentira se ha vuelto norma, escudo. Y con ella, el cinismo. Ya lo reconocía Cicerón al advertir que los discursos no se basan en convicciones propias, sino en el decurso y causa de los sucesos: omnes enim illae orationes causarum et temporum sunt, cita Ortega de Pro Cluentio.

La praxis de conducta según vigencia de episodios y sin categoría que los determine salvándolos de su precariedad, define la situación social de nuestras vidas. Su resultado es la banalización de valores y principios. La apariencia, el disimulo. Sálvese quien pueda. Por eso se incrementa tanto la virtualidad entendida como apariencia de funciones o artificio de algo potencialmente válido. Hay una expresión reveladora al respecto y que inunda hoy las opiniones con aires de suficiencia doctoral: “poner en valor”. La admite la Real Academia por haberse extendido entre los hablantes. Sustituye al verbo directo “valorar” o “apreciar”, “resaltar”, etc. Siempre se usó el equivalente “dar(le) valor (realce, importancia) a algo” como perífrasis de “valorar”. El rodeo lingüístico plasma la acción mental, su transcurso. Pero “poner algo en valor” resalta la coyuntura y cosifica lo valorado, como quien coloca un objeto en un estante sin percibir ni resaltar directamente su contenido interno. Y esto a pesar del matiz relevante de la idea, cosa u objeto apreciado que se pretende ver académicamente en esta expresión. Reduce el criterio y riqueza léxica, semántica, del castellano. Remeda además, tal vez sin saberlo, por analogía con otras construcciones de “poner + preposición”, el esnobismo gálico de la expresión “mettre en valeur” o quizás la inglesa “put into value”, “place value”, etc. El castellano siempre fue más directo al hablar de valores.

El hombre circunstancial y fungible, innúmero, prima entre nosotros como antaño. Nuestra democracia repite clichés pretendiendo avances políticos con perífrasis de progreso. Basta analizar los títulos de muchas leyes, decretos, normas. Su retórica entorpece y retarda la eficacia del objetivo.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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