Aunque aparentemente Nieva sitúa la mayor parte de sus obras dramáticas en la pura fantasía, en un universo literario personalísimo y singular, todas ellas, sin embargo, tienen vínculos con realidades concretas. El que nosotros no las encontremos, o que el autor en algunas ocasiones no las haya querido manifestar, no es óbice para no poder sostener lo que aquí estamos afirmando. Así, por ejemplo, la pequeña obra – pequeña sólo por su extensión, no por su arte depuradísimo -, El hijo sin madre, Nacho Tozuelo (Corrido mejicano), escrita en 1984, aunque pudiera estar pensada antes sin llevarla a la pluma, alude a una realidad histórica, La Guerra de los Cristeros en el Méjico del primer tercio del siglo XX, larga guerra civil que tuvo su actividad principal entre agosto de 1926 y junio de 1929. Esta guerra produjo la espantosa cifra de alrededor de 250 mil muertos, y terminó gracias a la cesión de las dos partes, tanto del gobierno de Méjico como del Vaticano, teniendo como árbitro a los EEUU. Francisco Nieva nos pinta aquí dos personajes esperpénticos, que personifican de modo crítico y desquiciado esas dos partes, un gobierno anticatólico e ideológicamente totalitario y una iglesia mejicana ultramontana con el infierno en ristre. El teniente Camacho simboliza aquel Estado con pretensiones totalitarias, fanatizado de anticlericalismo, que por su naturaleza unidimensional es inculto y ajeno a la ilustración, y el Padre don Pito, apellido anglonormando, representa la vieja Iglesia opresora de las conciencias, siempre con el infierno en ristre, como decíamos. Un personaje ausente, además del misterioso insurgente Nacho Tozuelo – el apelativo de Nacho remite al jesuitismo misionero -, es Pío Nono, “el Diablo con tiara”. Hay que recordar que Pío IX es el más enigmático y cuestionable papa del siglo XIX. Fue extremadamente hostil, intolerante y combativo. Su encíclica “Ubi urbaniano” contra Rusia es incluso agresiva y sañuda; muchas de sus frases, dirigidas contra el Imperio Ruso de Alejandro II con una contundencia que produjo escuela, volvieron a ser utilizadas contra la Rusia comunista. Colaboró en un antirrusismo atemporal e incircunstanciado en la Europa occidental, que todavía hoy sirve a la retórica de Úrsula von der Leyen, y que esperemos sea superada por el Papa León XIV.
Francisco Nieva vivió en una España de posguerra cuyo ambiente católico e intransigente llegó a conocer muy bien por sufrirlo él mismo. Ello explica que en una gran cantidad de sus obras aparezcan frailes, monjas o curas reprimiendo a los personajes que buscan la libertad, o introduciendo algunas veces una idea de la religión tan descabellada, que a veces también nos aparece como la única poesía en un mundo plano de prosa. No siempre la religión en Nieva, como sentimiento arcaico, tiene connotaciones malas, sino que representa una sensibilidad que pugna por un allá más acogedor, pero siempre las tiene surrealistas. Nieva escribió El hijo sin madre, Nacho Tozuelo, después de leer el Tirano Banderas, de Valle Inclán, y exageró los rasgos esperpénticos para convertirlos en el grado sumo de lo grotesco e irracional. Aquí la Iglesia simboliza, desde el estereotipo que hizo de ella la masonería liberal, la institución que defiende el orden viejo, esto es, l´ancien regime, y la reacción a toda modernidad.
En una famosa entrevista que le hizo José Monleón en la Universidad de Granada en 1976, Paco Nieva afirmó: “Para mí no es ninguna obsesión atacar el dogma católico ni desde fuera ni desde dentro. Sólo creo que España ha sido por mucho tiempo ceremonialmente supersticiosa, de modo pintoresco. La fijeza y el patrón dogmático ha sido, en parte, como si fuéramos el antiguo Islam, zurriago politizado y arma de combate. Sin ser católico” – la familia de Nieva era protestante – ,“tengo pruebas, como todo el mundo, de que ciertos tipos y ciertas ceremonias pertenecen a un mundo que hay que llamar preconciliar. Pero nuestro catolicismo es también formalista y conservador, y nuestro papismo tiende incluso a paternalizar sobre el papado” (vid. Cuatro autores críticos, pág. 106).
Pero el texto nievano más dependiente, sobre todo, formalmente, del Tirano Banderas es La Pascua Negra, una pequeña narración de violencia inaudita, quizás el texto más violento que escribió Nieva en su vida, y en donde nos volvemos a encontrar con la figura descoyuntada del teniente Camacho, un gallo de mucho cuidado, y que tras escalar a capitán, luego, una Revolución del populacho lo convertiría en el Presidente brutal de una República bananera, heredera de esa semilla guerracivilista que España dejó sembrada en su viejo imperio (Pizarro/Almagro, Lope de Aguirre/ Pedro de Ursúa, etc., etc.), y que aún perdura. Camacho es uno de esos devoradores de Repúblicas, que tanto abundan en las Américas legendarias. ¿Y no sería esa triste iglesia llena de polvo de Don Pito la ermita de Nuestra Señora de la Cortina? A Camacho le rechinaban los dientes de miedo cuando se acercaba a esa ermita. De esta truculenta narración, violenta hasta el espasmo, inició Nieva una obra de teatro que, desgraciadamente, dejó a medio terminar.
En el fondo, para Nieva el Estado totalitario de Camacho sería como un hijo bastardo – y un aprendiz – de la peor tradición de la Iglesia-Estado, representada por don Pito, la Iglesia poseedora de la falsa donación de Constantino: el funcionario papal Cristóforo hizo posible la transferencia abierta de la corona imperial a las sienes del papa. Luego Francia, a través de Pipino, entregó “de facto” y “de iure”, al papa los territorios enumerados en la falsa donación. Después la propia Iglesia aportaría cosas a la Historia del Teatro del Horror, como el fantasmagórico Sínodo horrendo en marzo del 896. De la magia negra e infernal de don Pito no ha sido ajena la Iglesia, por desgracia. Así, si los períodos de pêniocracia (el poder de los pobres) en la Iglesia han sido siempre períodos de expansión (los franciscanos, etc.), en donde los papas y los clérigos se han parecido más a Jesús, los períodos de “pornocracia”, expresión del cardenal Baronio, del siglo XVI, para calificar la época del papado gobernado por la Marozia y sus hijas, han solido poner a la Iglesia en la situación límite del ocaso con sus prácticas satánicas de veneración a Mammona, al que no se ha llegado porque la Iglesia es una institución sobrenatural a la que a veces Dios tiene que enviar un Francisco. Y Francisco fue un papa que gustó a Francisco Nieva.
Finalmente, desde el punto de vista de la lengua, en el Hijo sin madre, Nacho Tozuelo, Nieva crea dos palabras nuevas. Don Pito emplea el término “desgavilado” para referirse al presunto salvador de la nación Nacho Tozuelo; esta palabra se crea a partir del vocablo poco usual “gávilos”, que significa “fuerza” o “brío”. También tenemos el término “percatanza”, creado a partir de “percatar”, y que don Pito, un cura oscuro con muchos latines, la usará en un irónico y cruel juego de palabras.